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Paco Delgado - 05/05/2016

Vuelve la polémica y el intentar dañar la imagen del espectáculo taurino -y hasta su legitimidad- con la muestra "Otras tauromaquias. En el 200 aniversario de la Tauromaquia de Goya", expuesta en la sede de la Academia de Bellas Artes, y en la que su comisario (al que no haré la gracia de citar su nombre y cuyo apellido no parece corresponderse con su condición-. O a lo mejor sí que habría que hacerlo, para que más gente conozca de su estupidez) llega a defender la tesis de que Goya fue el primer antitaurino, dejando caer que sus Tauromaquias son "una metáfora visual de las fuerzas de la ignorancia y su sometimiento a la razón encarnada en el torero"

En la monumental -e imprescindible- enciclopedia de José María de Cossío se recoge que uno de los biógrafos franceses -Iriarte- del pintor aragonés afirmaba haber visto una carta de Goya dirigida a su amigo Zapater firmada por el pintor como "Don Francisco, el de los toros".

Se ha escrito que Francisco de Goya y Lucientes salió por primera vez de Fuendetodos, el pueblo de Zaragoza en el que nació, unido a una cuadrilla de torerillos de los que iban de capea en capea. Al final de su vida, durante el exilio en Burdeos, manifestó a su amigo Leandro Fernández de Moratín que "había toreado en su tiempo" y se dice que, al viajar a Italia en 1771, deseaba ganarse la vida como torero.

Otro de sus primeros y más importantes biógrafos, Matheron, afirmó incluso que "se contrató como miembro de una cuadrilla para alcanzar el sur de España sin gastos", mientras que Xavier de Salas, en el Archivo Español de Arte, XXXVI, nº 144, 1963, aporta que "... y se improvisa como torero: él mata, dicen, sus toros como un viejo matador". Referencias, que unidas a sus pinturas y estampas, sirven por sí solas para tener al artista como un incondicional aficionado a los toros.

De entre toda su obra, la serie de estampas de la Tauromaquia - treinta y tres, publicada en 1816- constituye la mejor expresión de su visión del mundo taurino tras la Guerra de la Independencia y para los defensores de la tesis antitaurina en ella aparece como protagonistas la violencia, la crueldad y la muerte, tres realidades presentes en la vida, que, no se olvide, no otra cosa viene a representar la tauromaquia.

Para José Manuel Matilla, jefe del Departamento de Dibujo y Estampas del Museo del Prado "la tensión dramática de su Tauromaquia, unida a su excepcional desarrollo formal, las convierten en un icono del drama que constituye la esencia de las corridas de toros desde la mirada genial e independiente de Goya".

Las planchas de su Tauromaquia (cuya intención inicial fue, según diversos autores -Valerian von Loga, Juan de la Encina, Ventura Bagüés -nuestro Don Ventura-, Sinués Urbiola...- la de ilustrar algunos pasajes de la Carta histórica sobre el origen y progreso de las corridas de toros en España, que Nicolás Fernández de Moratín dedicó en 1777 a Ramón Pignatelli, si bien Goya sobrepasó su idea inicial y completó la serie con hechos y recuerdos personales taurinos no aludidos en la obra de Moratín, como algunos lances y pasajes de corridas) fueron realizadas en los años difíciles de la postguerra napoleónica y Lafuente Ferrari apuntaba motivos para su realización: "Su clientela se ha reducido y su trabajo de pintor de cámara le ocupa, en verdad, muy poco tiempo. Ha quedado viudo y solo. Desconectado de su ambiente normal del que han desaparecido -muertos, emigrados o perseguidos- muchos de sus mejores amigos. Sus recuerdos le asaltan, piensa en su juventud y su necesidad de creación le hacen acometer La Tauromaquia".

Valentín Cardedera, escribió para "La Gazette des Beaux-Arts", de París, 1860-1863, que "es en La Tauromaquia donde el genio y el gusto de Goya emprende más libremente su vuelo. Las corridas de toros eran su distracción favorita".

En esta serie de aguafuertes, y al contrario que otros artistas que se han acercado a la fiesta taurina como inspiración o motivo, no pintó a toreros, como retratos aislados o en grupos, sino que recogió la dificilísima y emotiva lidia de los toros.

Pero no son los grabados que conforman su Tauromaquia su única referencia a los toros. Ahí están Corrida en un pueblo, Corrida de pueblo en plaza partida, Suerte de varas, La capea u, otro ejemplo, La novillada, pintada en 1780 y considerada como obra precursora del impresionismo, una tela que escenifica uno de los habituales quehaceres del ámbito taurino en la España de Carlos III, cuyos consejeros reales encargaron esta pintura para obsequiar a los entonces Príncipe de Asturias, Carlos IV y María Luisa de Parma. Con que antitaurino...

Aunque ahora les mole -y sea políticamente correcto- no parece precisamente que el divino sordo tuviese aversión a los toros. Pero, claro, si hasta se ha publicado que Cervantes era catalán y el majadero que lo escribió sigue cobrado un sueldo del Estado...

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