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Paco Delgado - 04/06/2015

Hace unos años, como treinta, nada menos, Germán Coppini y Teo Cardalda, adaptando y versioneando una obra del poeta y dramaturgo alemán Bertold Brecht, pusieron de moda una canción, Malos tiempos para la lírica, que no sólo hizo furor entonces sino que hoy sigue sonando y siendo escuchada con agrado. Un tema que además de un éxito fue profético aunque se quedó corto: si entonces la lírica no atravesaba su mejor momento, ahora la cosa está muy chunga también para la política, la economía... y los toros.

A la ya habitual y contumaz dejadez de los responsables del negocio taurino, que practican de manera ejemplar si no fuese suicida el carpe diem, el vivir el momento sin pensar en el mañana, el arramblar con todo lo que puedan hoy sin invertir un céntimo en el futuro, sin fortalecer ni reforzar los cimientos de un edificio que por muy sólido que parezca tiene una edad y precisa mantenimiento, arreglos aquí y allá y etcétera, hay que añadir una situación sociopolítica muy pero que muy preocupante.

La prepotencia, arrogancia, dejadez en muchas cosas y mano larga en otras muchas de nuestros hasta ahora gobernantes ha conseguido que sean no pocos millones de votos los que cambien de signo el panorama en esta España nuestra, un país que parece atontolinado y que todavía no acababa de dejar atrás la crisis -la más grave de cuantas por aquí se han sufrido desde la guerra civil- que dejó como herencia un presidente -y su cuadrilla- iluminado, visionario, atolondrado y en las nubes; el peor, sin duda y con diferencia, de los habidos desde la transición. Y ese bandazo a la izquierda nos depara una coalición presumiblemente gobernante -no se esperan milagros, jugadas maestras ni desencuentros tales que lo hagan imposible- radical, dogmática, demagógica, inexperta, revanchista y talibán que, y hablo ahora sólo del tema toros, no augura nada bueno para el sector. A lo mejor tampoco para otras muchas cosas, pero esa es otra historia.

Ya lo han avisado y proclamado en sus programas e idearios: las corridas de toros no tienen sitio en su ideal que pretende purgar todo aquello que, según ellos, huela, precisamente, a España. A la España que no les gusta ni quieren. Hay que eliminar todo lo que, para estos nuevos rectores de la moral y la rectitud, no entre en sus esquemas, dando una admirable demostración de democracia, pluralidad y tolerancia como hacía tiempo que no se veía por estos lares tan dejados de la mano de cualquier Dios misericordioso.

Poco importa que los toros sea un hecho cultural incuestionable y archidemostrado, ancestral y arraigado firme y sólidamente en nuestras tradiciones y costumbres; que sigan siendo el segundo espectáculo en número de espectadores; que sirve para que siga existiendo una especia única y un ecosistema que desaparecería a la par que el animal al que dicen defender y proteger; que genere millones de euros que sirven para mantener miles de puestos de trabajos y proporcionan pingües beneficios a las arcas estatales. Y menos aún que sea la afición de millones de españoles.

¿Cómo se puede negar algo tan evidente como el que, durante treinta días consecutivos se llene un recinto de 25.000 asientos para presenciar un espectáculo que es televisado? ¿Cómo se puede obviar que la corrida televisada el día 31 de mayo tuvo una extraordinaria audiencia? ¿Cómo se puede no ver que, pese a la manida crisis, haya aumentado el número de espectadores en lo que va de temporada? ¿Cómo se puede ignorar que, por ejemplo, en la Comunidad Valenciana hay festejos populares siete de cada diez días? Y así podía estar hasta quedarme sin folio.

Pero da igual, su idea es acabar con esto y como alguien con poder, responsabilidad e interés no tome cartas en el asunto, acaban. No quiero ser agorero, tremendista ni apocalíptico, pero tiempo al tiempo.

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