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Paco Delgado - 22/09/2016

Ya hace mucho tiempo que es norma de ley considerar el número de orejas conseguido como índice de triunfo. Sin embargo, muchas veces, no debería ser así y la cosecha de despojos no debería servir para considerar quién ha estado mejor o peor. Es como si a una persona se la estimase más por lo que tiene o por lo que es que por cómo es. También el público, que pretende rentabilizar el precio de su localidad en función de los trofeos conseguidos –como si justificara el dinero invertido con arreglo a lo triunfal o brillante que hubiese sido la función– hace que sea ya práctica habitual el pedir orejas por casi todo. O por casi nada.

Algo de esto hubo en la penúltima corrida de la feria de Albacete, en la que se lidió un desigual encierro de Núñez del Cuvillo remendado con dos astados de Juan Pedro Domecq, con un toro de bandera, el segundo, premiado con la vuelta al ruedo y otros, cuarto y sexto sobre todo, parados y muy deslucidos, y de la que José María Manzanares salió a hombros merced a las muy fáciles orejas que le procuró la gente que llenó la plaza mientras que lo mejor y más importante, mucho más, corrió a cargo de un inconmensurable Enrique Ponce.

Al torero alicantino le tocó en suerte en su primer turno un toro extraordinario –«Currillo», hijo de «Dudosito», indultado en Zafra en 2009 por Miguel Ángel Perera–, bravo, siempre al ataque, incansable, repetidor, con transmisión y con el que, a mi modo de ver y dada su talla, anduvo muy por debajo. Con mucha velocidad, sin acabar de acoplarse, quitando con rapidez la muleta... Es verdad que hubo detalles y momentos de gran plasticidad, pero tuvo material para haber estado mejor. Y, además, su estocada cayó muy baja. Tampoco se centró con el quinto, al que sí mató con eficacia, contundencia y brillantez, pero su labor fue muy irregular y con muchos altibajos.

Enrique Ponce, en cambio, con un lote muy deslucido, anduvo impecable y derrochando valor, ganas y coraje. Como si estuviese empezando y necesitado de contratos. Muy templado y cuidando con suavidad y mimo a su pobre primero, al que fue sobando, acariciando su ánimo con muletazos de suave dibujo pero eficaz calado y del que sacó todo, se peleó como un jabato con el imposible cuarto, renuente y deslucido, con el que no quiso irse de vacío. El astado embistió, cuando lo hizo, rebrincado y a la defensiva, intentado quitarse la muleta de encima y refugiándose en tablas, donde Ponce le aceptó la pelea. Estuvo mucho rato ante la cara del toro, aguantando dudas y arreones y alargando, en la medida de lo posible, las embestidas de un animal al que hizo mejor de lo que fue en busca de un triunfo que no llegó por la espada, ya que pudo cortar una oreja de cada uno de sus oponentes de haber matado con prontitud. Pero para el recuerdo y la historia queda lo hecho por él.

Algo parecido sucedió unos días más tarde en Logroño, donde el torero de Chiva volvió a estar magistral ante una corrida de El Pilar de la que sólo le concedieron una oreja de cada toro cuando se pidió con mucha fuerza la segunda en ambos caso, siendo obligado el de Chiva a dar una segunda vuelta al ruedo mientras se abroncaba al presidente, que, como pasa muchas veces, tiene un criterio rígido e inflexible del que no se aparta. "Dos faenas superiores del valenciano que exhibió su temple, su mimo, esa forma tan sugerente de atacar con las muñecas de poder con la sutilidad del alma. Dos orejas, peticiones de segundo trofeo en ambos turnos y una estela de magisterio que impregnó de inteligente elegancia la tarde". Así lo contaba en diario El Mundo al día siguiente. Y no sólo pasa con Ponce, otros muchos toreros han visto frenado, a veces minimizado, su éxito por culpa de la no concesión de trofeos.

A lo mejor habría que volver a los orígenes y no contabilizar las orejas conseguidas, como tampoco habría que permitir que se abriese la puerta grande si no es por un triunfo clamoroso y multitudinario, aunque no haya premios tangibles. Igual de lamentable que no se premie con justicia lo hecho en el ruedo queda de pena ver salir a un torero a hombros de... uno de sus subalternos, porque el eco de su actuación ha sido tan escaso que, a pesar de las orejas que se le hayan podido conceder, no hay ni un triste capitalista emocionado de tal manera que lo aúpe en triunfo.

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