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Paco Delgado - 12/02/2015

El Consejo de Ministros, a propuesta del ministro de Educación, Cultura y Deporte, aprobó el otro día la concesión de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2014 a Manuel Benítez "El Cordobés", uno de los toreros más importantes que ha dado la tauromaquia, aunque sólo sea por el extraordinario tirón popular que tuvo y por haber sido el último diestro que, de verdad, ha mandado en la fiesta.

Su conquista de la gloria, la fama y el dinero sirvió, también, para recordar que el toreo había sido hasta no hace tanto uno de los pocos medios de ascensión social del que disponían los menos favorecidos. Más cornás da el hambre, decía el pobre Espartero, que tuvo la gloria pero no pudo disfrutar de ella por que un toro de Miura le mató en la plaza de Madrid.

A punto estuvo también El Cordobés de ver truncado su sueño en Madrid, cuando, el día de su confirmación -hace ya más de cincuenta años, Dios mío- y ya famoso, un astado de Benítez Cubero, “Impulsivo”, casi acaba con su vida en una corrida televisada en directo a toda España. Pero no pudo con él. Se recuperó y aquel percance, lejos de quitarle el sitio -el valor de los toreros se va por los agujeros de las cornadas, dicen-, le catapultó y su nombre se hizo ya indispensable para un espectáculo que en aquellos años empezó a contar con un aliado formidable: la tele.

Manuel Benítez, analfabeto, pobre de solemnidad y sin oficio ni beneficio -”si seré desgraciao que ni pa coger cebollas sirvo”, se lamentó cuando no fue incluido en un cupo de trabajadores reclutado para ir a recolectar esta planta herbácea bienal perteneciente a la familia de las amarilidáceas-. Puede que no estuviese llamado para coger cebollas, está claro, pero su inteligencia natural, y su valor, le sirvieron mucho más que los jornales que hubiese podido cumplir doblando el lomo en un bancal y acabó siendo el torero más poderoso del siglo XX y puede que de la historia. A su casa fueron en peregrinación los empresarios más importantes e influyentes de entonces, a rogarle que no se retirase, tal como había insinuado. Y, tras consultarlo con la almohada, decidió seguir en activo. Eso sí, multiplicando su tarifa. Y aunque no fue el dinero algo que le cegara -supo divertirse y gastarlo como correspondía- no dilapidó lo mucho que ganó y amasó una fortuna que hizo malo aquel dicho de la puta y el torero, a los que había que esperar a la vejez, suponiendo que tras sus días de vino y rosas llegaría la miseria y el desastre.

También fue generoso con sus compañeros y, al contrario que pasa hoy con muchas de las figuras, que sólo piden para ellos, siempre tuvo mucho cuidado, sobre todo cuando toreaba en plazas de menor categoría -o cuando, en otro arranque de genialidad, montó con Palomo la guerrilla y toreó una temporada sólo en plazas de pueblo o portátiles-, de que sus compañeros de cartel cobrasen lo que les correspondiese, al igual que al empresario: “a este hombre que le quede lo suyo”, ordenaba a sus secretarios y ayudantes administrativos.

Fue un genio, desde luego. Loco, decían algunos que estaba, pero siempre recuerdo que mi padre, en contra de aquellas opiniones, le llamaba El cuerdo, explicándome que era una de las personas más listas que había en España. Y algo de eso debía haber cuando aprendió a leer y escribir en tiempo récord, a pilotar su propia avioneta, se codeó con Franco o los Kennedy, fue portada de los principales rotativos no ya españoles, sino europeos -París Macht- o hasta norteamericanos -Time ó Life- y, en fin, supo no tirar el dinero sin privarse de nada.

Pero, como dice Javier Cercas, todo es comparable y en el fondo es casi imposible pensar sin comparar ¿con quién se podría comparar a El Cordobés? Yo creo que con nadie, que fue único. Tras el tumulto que causó Manolete, la conmoción que provocó Benítez fue algo inaudito y con él sí que cada día de corrida era una jornada de fiesta. Nadie quería perdérselo y es cierto que hubo quien empeñó colchón y joyas para ir a verle. Excéntrico y heterodoxo a veces, tuvo un sensacional sentido del temple, una cintura prodigiosa y una muñeca izquierda portentosa. No fue por nada que le concedieran un rabo, nada menos, en La Maestranza de Sevilla o que saliese un montón de veces por la Puerta Grande de Las Ventas, liderase el escalafón cuatro campañas, fuese nombrado quinto Califa del toreo ... y, ahora, le hayan dado esta Medalla. Enhorabuena. 

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