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Paco Delgado - 19/05/2016

Entre el pasado día 15 de mayo y el 21 del mismo mes se cumplen 50 y 25 años respectivamente de dos de las más grandes gestas que se recuerden de las acaecidas en el ruedo de Las Ventas.

Se trata de la ya mítica faena de Antoñete al llamado toro blanco de Osborne, trasteo del que se cumple medio siglo y que convirtió a toro y torero en iconos de la tauromaquia moderna, y de la consecución consecutiva de cuatro salidas a hombros por la puerta grande de Las Ventas de César Rincón, acontecimiento éste ocurrido hace cinco lustros y que sirvió para que el diestro bogotano, entonces prácticamente desconocido en España pese a sus ya por entonces muchos años como matador, se convirtiese no sólo en figura, sino en nombre indispensable para contar la historia del toreo de entonces para acá. 

Ambos sucesos encumbraron a sus protagonistas, entre los que existe, además y por si fuera poco, un importante nexo de unión: el maestro madrileño fue el padrino de alternativa del más destacado torero colombiano hasta la fecha.

El día de San Isidro de 1966 tuvo lugar una de esas gestas que ya quedan grabadas a fuego no sólo en las antologías del toreo sino en la memoria colectiva. Ese día, en la plaza de Las Ventas, Antonio Chenel "Antoñete" realizó la histórica faena a "Atrevido", el toro blanco de la ganadería de Osborne. A lo largo de algo más de seis minutos y con sesenta muletazos, el torero madrileño, dio una auténtica lección de temple, dominio y poderío a un toro tan peculiar como bravo y noble, cuajando una faena, basada casi exclusivamente en naturales, que ha quedado ya como ejemplo de toreo del caro. Antoñete protagonizó una de las tardes más memorables de la historia no sólo de la Monumental madrileña, sino que firmó un hito extraordinario en la historia del toreo.

Según Díaz-Cañabate, aquel día Antoñete tocó el cielo con las manos: «Eso es torear sencillamente, con la sencillez de la elegancia, de lo delicado, de lo fino, de lo sutil», escribió el entonces cronista de ABC. El no estar del todo acertado con el estoque le costó el no poder redondear aquella faena con un gran triunfo. Pero dio igual. Su labor quedó para la historia y nadie se acuerda ya de que fue premiada con una sola oreja. Todo el mundo recuerda la inmensidad y perfección de aquel trasteo. Con aquel éxito se disiparon sus proyectos de hacerse banderillero y el torero del mechón blanco, que hasta ese día no había toreado nada desde el 30 de septiembre del año anterior, toreó aquella temporada otras cuatro corridas más en la Monumental madrileña, saliendo a hombros el día el día 24 de mayo y en la Corrida de la Prensa, celebrada el día 4 de junio y en la que cortó cuatro orejas.

Veinticinco años más tarde, César Rincón -a quien Antoñete dio la alternativa, en presencia de Manzanares, en Bogotá, en diciembre de 1982 y con tan sólo 17 años- protagonizaría una de las hazañas más asombrosas en la historia de la tauromaquia y todavía no superada a día de hoy.

En lo que fue del 21 de mayo al 1 de octubre de 1991, Rincón actuó cuatro tardes en la Monumental de Las Ventas. Dos de esas tardes correspondieron a la Feria de San Isidro, otra a la Corrida de Beneficencia y la cuarta a la Feria de Otoño. En las cuatro salió a hombros, consiguiendo una marca histórica y algo que nadie hasta entonces había logrado, salir por la Puerta Grande de la plaza más importante del mundo cuatro veces consecutivas. El suyo fue el nombre propio que se escribió con mayúsculas en aquella temporada. Ya en abril de aquel año, en corrida de pre feria, se encargó de abonar de esperanza el ruedo de Las Ventas. Y en dos fechas consecutivas en San Isidro, una por contrato y otra por derecho propio, se encargó de sacudir el escalafón con tal determinación y seguridad en lo que hacía que el negocio taurino no tuvo más remedio que permitir el paso a esa fuerza profesional que significaba el diestro americano.

El 21 de mayo, alternando con Curro Vázquez y Armillita Chico, logró su primera salida a hombros en Las Ventas al cortar dos orejas a un toro de Baltasar Ibán, logrando algo más que ser el primer colombiano que traspasaba a hombros aquel lugar.

La sustitución de Fernando Lozano le permitió tomar parte en la corrida del día siguiente, junto a Ruiz Miguel Y Espartaco, y volver a triunfar al desorejar a un astado de Murteira Grave.

La Corrida de Beneficencia, en la que triunfó mano a mano con Ortega Cano, y un festejo de la Feria de Otoño -con Manzanares y Luguillano de compañeros y toros de Sepúlveda, Moura y Murteira-, sirvieron para completar esa jugada maestra que quedó inmortalizada en el azulejo que le dedicó la Comunidad de Madrid en Las Ventas y, sobre todo, en la memoria colectiva de la afición.

 

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