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Paco Delgado - 01/06/2017

Dicen que nos encontramos en uno de los mejores momentos de la  historia de la tauromaquia, tanto por el alto grado de toreabilidad  que presenta el toro actual como por la perfección técnica alcanzada  por los diestros que hoy se visten de luces. Y a tenor de lo visto en  algunas plazas, con algunos toreros frente a determinados toros, no  se puede oponer reparo alguno ni hacer objeciones. Es así.

Pero cuando nos topamos con la madrileña plaza de Las Ventas,  especialmente en su feria de San Isidro, y aún más si son figuras las  que aparecen en el cartel, aquella aseveración se nos hace difícil de  encajar, sobre todo si volvemos la vista atrás y comparamos.

Si hay que destacar una edición especialmente brillante de esta  feria, esa es la de 1966, una de  las más interesantes de todas las  celebradas. Pródiga en grandes faenas y prolífica en concesión de  trofeos: cuatro orejas en la primera corrida del abono, el día 14 de  mayo; tres los días 16 y 17, cuatro al día siguiente; cuatro más el  21, tres el 24, seis el 25 y cuatro el 28.

Fue la feria en la que Antoñete pasó a la historia por la faena al  toro “Atrevido” de Osborne. Diego Puerta cortó tres orejas a toros de  Urquijo. Litri y Andrés Vázquez se llevaron cuatro orejas de la  corrida de Marqués de Domecq. El Viti realizó una extraordinaria  faena, por la que se llegó a pedir el rabo, a un toro de Garzón.  Sensacional también la de Paco Camino a un toro de Juan Pedro Domecq,  aunque no hubiese corte de orejas. Antoñete triunfó de nuevo el día  24, ahora con dos toros de Felipe Bartolomé. Y al final de la feria,  el día 28, en un mano a mano entre Antonio Bienvenida y Curro Romero,  por caída del cartel de Antonio Ordóñez, ambos salieron a hombros.

¿Y qué decir de la de hace medio siglo? en aquel serial se vio una de  las más grandes faenas dibujadas en el ruedo venteño, la de Rafael  Ortega a un toro de Miguel Higuero. Y al día siguiente Diego Puerta,  Curro Romero -que venía de dormir en el calabozo por negarse a matar  un toro el día anterior- y Paco Camino protagonizaron, frente a reses  de Benítez Cubero -cuyo mayoral acompañó a los tres espadas  sevillanos en su salida a hombros por la puerta grande-, una de las  corridas que bien podrían denominarse como históricas... Y sólo son  dos ejemplos.

¿Qué ha cambiado? Para empezar el toro. Ahora se lidia un toro más  suave, que permite, efectivamente, torear mejor, más despacio, sí,  pero al que se le ha desprovisto casi por completo -con honrosas y  puntuales excepciones- de casta, de emoción, que es lo que a fin de  cuentas llega al tendido, dándosele, a cambio, un mucho mayor volumen  y una aparatosidad que, sin embargo, condicionan en gran medida su  juego y no tapan sus carencias.

Y tampoco es el mismo público el de ahora que el de hace cincuenta  años. En ambas épocas había grandes aficionados, pero entonces me da  que el respetable entendía más, bastante más que ahora.

Viendo imágenes de aquellas ferias de mediados de los años sesenta  del pasado siglo -y posteriores...- es impensable que ahora el  público de Madrid admitiese al más serio de entre los más serios  toros que por aquel tiempo se lidiaran. Y un muy significativo sector  de la plaza, ya antes de que hiciesen el paseíllo, estaría intentando  reventar la actuación de las figuras. Aunque en este aspecto tampoco  es que haya cambiado tanto la cosa... recuerden que, ya mucho antes,  Guerrita recomendó que en Madrid “atorease” el santo labrador,

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