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04/05/2017

Siempre se ha dicho que la democracia, al margen de ser una forma de  gobierno del Estado donde el poder es ejercido por el pueblo -ojo: el  pueblo-, mediante mecanismos legítimos de participación en la toma de  decisiones políticas, garantiza el que se respete la igualdad de  todos los ciudadanos. Y aquí hay que subrayar lo de todos. Todos.

Pero, ay, se conoce que esto sólo lo es en condiciones ideales. Y que  en Valencia no se dan. Porque aquí no todos somos iguales para el  Ayuntamiento. Especialmente los aficionados a los toros, espectáculo  legalmente reconocido y una de nuestras más antiguas señas de  identidad. Amén de tradición ancestral y manifestación mayúscula de  nuestra cultura.

Bueno, pues para el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Valencia,  los aficionados y profesionales del mundo del toro no cuentan. Son un  cero a la izquierda. O peor, una lacra a la que hay que eliminar. Si  ya se significaron cuando prohibieron -¡qué contradicción en quienes  se desgañitaron gritando aquello de prohibido prohibir!- la  celebración de festejos populares, ahora se están luciendo al  permitir que la barbarie antitaurina siga campando por sus respetos.  Hace más de un mes que pintarrajearon, otra vez, la estatua que  representa a Manolo Montolíu en la explanada que hay frente a la  plaza de toros. Y así sigue. De nada han servido las llamadas desde  el Centro de Asuntos Taurinos de la Diputación. De nada han servido  las protestas de la familia y amigos. De nada han servido las quejas  de los aficionados. De nada han servido los intentos de mediación de  algún concejal con sentido común. Ni desde Patrimonio ni desde  Mantenimiento se ha movido un dedo, mostrando no sólo su rechazo  frontal y total a la cosa taurina, sino queriendo ejemplarizar a la  población permitiendo esta vergüenza. Y consintiendo que el día del  vigesimoquinto aniversario de la muerte de Montolíu luciese sucia y  astrosa. La estatua sigue embadurnada de pintura blancuzca sin que,  de momento, todo esto haya servido para nada. Bueno, sí que ha  servido para que desde la alcaldía se deje caer la amenaza de que si  se limpia o recompone, el Ayuntamiento retirará la efigie de un toreo  que dio la vida por su profesión. Así de tremendo y así de lamentable.

Una de las principales funciones de la democracia es velar por el  respeto y la protección de las libertades civiles y de los derechos  individuales. ¿En Valencia esto se puede aplicar en términos  absolutos? Alguien tendría que recordarle al señor alcalde que lo es  para los valencianos en su conjunto y totalidad y que no sólo  gobierna para los de su cuerda.

Eurípides, el clásico griego autor de, entre otras grandes obras,  Medea, Electra, Hipólito, Las Bacantes o El Cíclope, consideraba que  la democracia era la dictadura de los demagogos. Y por esta parte de  España -otra palabra que rechina a oídos de nuestros próceres  municipales- parece que sigue vigente el aserto de uno los grandes  poetas trágicos de la antigüedad. La demagogia sigue imperante y  anula la razón. Los espectáculos taurinos son una salvajada impropia  ya de nuestro tiempo y quien toma parte en ellos o gusta de su  visión, retrógrados y reaccionarios de la peor calaña a quienes hay  que negar el pan y la sal. ¿Y ellos? pues además de ignorante e  incultos, unos demócratas de pega.

¿Cuántas veces hemos pensado, y hemos deseado, que Dios nos pille  confesados? pero lo vas dejando, lo vas dejando, y al final nos  encontramos con esto...

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