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Paco Delgado - 18/05/2017

Aunque hay muchas dudas sobre quién fue el primero en pronunciar esta  famosa frase, lo que sí se sabe es que fue Benjamin Franklin quien la  hizo popular, o, al menos, su equivalente en el mundo anglosajón:  "Time is money". La frase alude a la importancia que debemos ponerle  a la buena utilización de nuestro tiempo. No es nada nuevo. Ya la  Biblia nos manda utilizar bien cada minuto de nuestras vidas.

El tiempo que ya pasó no volverá. Nunca. Por eso es tan importante,  por eso vale tanto. Por eso es oro. O money, como dijo el gran sabio  norteamericano. Tenemos que ser conscientes que si lo dejamos pasar  sin aprovecharlo, si lo desperdiciamos, nunca podremos  recuperarlo.Habremos perdido una gran oportunidad.

Algo tan obvio y trascendente que parece mentira que, llevando el  tema al mundo del toro, no se aplique en el mismo. Y mucho menos en  el desarrollo de los festejos. Hoy una corrida es raro que no  sobrepase de largo las dos horas. Y eso es mucho.

Ya se vio el otro día en Valencia, donde la novillada con que se  trata de recordar la tradición taurina que siempre tuvo el Día de la  Virgen en esta ciudad duró tres horas menos dos minutos. Una  barbaridad que provocó que la gente comenzase a irse no ya antes de  que doblase el último novillo, sino cuando ni siquiera había salido  de chiqueros. Y es que, encima, la función fue un tostón casi de  principio a fin. Un cúmulo de despropósitos ya desde que, al  finalizar el paseíllo, se guardó un minuto de silencio sin que nadie  advirtiese en memoria de quien, si en recuerdo a Palomo Linares, si  en homenaje a Granero -cuyo aniversario fue hace unos días- o por el  pobre Adrián. Nada. Misterio. Luego la terna actuante desaprovechó un  encierro más que apto para el lucimiento. Novillos salmantinos de los  Hermanos Sánchez Herrero, muy bien presentados -con cuajo y seriedad  sobre todo los tres últimos- y que tuvieron muchas más posibilidades  que las vistas por sus matadores. Tampoco las cuadrillas estuvieron  especialmente brillantes, lidiando de cualquier manera,  banderilleando como pudieron y apuntillando tarde y mal. Un novillo,  el tercero, estampó al picador y a su caballo contra la barrera y se  cargó un portón e hirió al chulo de banderillas. Ese mismo novillo,  husmeador y curioso, metió más tarde la cabeza en un burladero y a  punto estuvo de no poder sacarla… un novillo que se fue vivo -bueno,  moribundo- a los corrales tras escuchar Carlos Ochoa los tres avisos,  saliendo a saludar a continuación en vez de esconderse en el  callejón… Faenas interminables y sin sentido, brindis al público al  amparo de las tablas…

El espectáculo taurino debe ser algo dinámico, vivo, que deje  estupefacto y sin aliento al espectador y que comprenda que lo que se  hace en el ruedo al toro es imposible que lo pueda hacer él. Pero se  ha puesto de moda -imitando a Enrique Ponce, que con su  extraordinaria capacidad, técnica y sabiduría exprime hasta la última  gota a todo lo que le pongan delante- llevar a cabo faenas  larguísimas, las más de las veces sin sentido, con numerosísimos  tiempos muertos, períodos de reflexión y frecuentes paseos frente a  un toro estupefacto que no comprende qué pasa y porqué el de luces no  se mete con él.

Antes -y hay ejemplos para dar y regalar- una faena con veinte  muletazos ya servía para saber si había funcionado. Si era para bien,  a matar, para no estropearla. Si al contrario, ¿para qué alargar el  fracaso? Sin embargo ahora es al contrario, hay que esperar a que el  astado esté ya casi sin resuello para que el diestro trate de sacar  partido, o si lo ha hecho antes, se empeña en apurarlo, no  consiguiendo otra cosa que el animal se ponga difícil para la última  suerte. Y esta es otra, mira que cuesta que cojan el verduguillo... y  cuando lo hacen no siempre lo empelan, esperando a que el toro caiga  sólo. Nunca como ahora se han dado tantos avisos... algo que antaño  era baldón y oprobio, motivo de disgusto, y hogaño es normal y a  nadie ofende ni atribula. Pero no es sólo la faena de muleta la que  se eterniza. Toda la lidia se ha ralentizado hasta la desesperación.  Y conviene agilizarla. Por el bien de la fiesta. Y por que el tiempo  es oro...

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