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Paco Delgado - 20/04/2017

Como ya saben, es una de las noticias del año, hace unos días el Consejo de Ministros decidió bajar el IVA de los espectáculos taurinos. Se ha conseguido, por fin, que se baje del 21% al 10% en un epígrafe en el que el Gobierno ha incluido a los “espectáculos en vivo” -de los que las corridas de toros son ejemplo perfecto-, dando así marcha atrás a una de las decisiones más contestadas de la anterior legislatura.

Una de las tan esperadas medidas “salvadoras” para la fiesta nacional, por fin, ha sido aprobada. Algo que, según el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, estaba "siendo demandado" y "por fin la situación y el escenario económico" permite llevarlo a cabo. 

Pues claro que estaba siendo demandado, y a gritos. Como espectáculo cultural y porque el sector necesita oxígeno a espuertas. O a bombonas, mejor. Ya era hora de que la Administración se acordase de los toros no sólo para recaudar. Hay que tener en cuenta que la tauromaquia es una industria cultural muy rentable, que genera más de 1.600 millones al año, cuya contribución directa a la economía española es de más de 400 millones de euros, que da trabajo a más de 200.000 personas y que es el segundo espectáculo por número de espectadores. Y que del presupuesto del Estado sólo recibe 30.000 euros...

Bueno, pues ya tenemos esa reducción de once puntos del IVA, un concepto por el que las los festejos taurinos proporcionan alrededor de 50 millones de euros a la Agencia Tributaria sólo por la recaudación en las taquillas de las plazas. Sin contar otras partidas, que también aportan lo suyo.

Ahora bien -y, ojo, que como dice Petit Caro, en el camino que queda por recorrer no van a faltar escollos a salvar-, hay que ver cómo afectará esa rebaja realmente al sector. Ya veremos por dónde van los tiros y qué empleo se da a ese porcentaje con el que se alivia la carga fiscal que soporta el espectáculo taurino. Falta por saber a qué se destinará ese descuento que a partir de ahora se rebaja. Hay que esperar a ver si se destina, como tanto se ha pregonado, a fomentar la cantera y se dotará a las distintas escuelas que funcionan -y muchas malviven de manera algunas de forma heróica- de un mayor presupuesto; si se aprovechará para que se pueda volver a organizar novilladas en mayor número y condiciones y en más sitios; si se lleva a cabo una reducción del precio de las entradas, haciendo que sean más las personas que acudan a las plazas al ser más asequible el acceso a una localidad o a un abono; o si se empleará en promover una campaña de difusión y promoción de la fiesta a gran escala, haciendo que tenga presencia en las televisiones y medios generalistas y no limitando la publicidad -la propaganda, como todavía dicen muchos taurinos y asimilados- a la inserción de carteles o anuncios en las revistas profesionales. Y haciendo grandes campañas publicitarias que ilusionen a la gente con la idea de ir a los toros y que permitiesen volver a dar festejos fuera de ferias...

No es pequeño el dilema y en su acertada resolución vamos a tener un futuro más o menos halagüeño. Porque si esta rebaja para lo único que va a servir es para que los empresarios se embolsen esa diferencia, habremos hecho un pan con unas tortas. Ya se sabe, y así está siendo desde que alguien decidió cobrar por presenciar estos espectáculos, que la filosofía imperante en este negocio es amarrar hoy lo que se pueda y mañana Dios dirá. Se habrá conseguido la rebaja del impuesto, sí, pero el espectador, el verdadero soporte del tinglado, se quedará compuesto y sin que le llegue migaja alguna de la prebenda. Y así tampoco se podrá dar otro paso adelante.

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