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Paco Delgado - 15/06/2017

Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos de la feria de  San Isidro. Una de esas tardes que quedan en la memoria y que se  recuerdan toda la vida. Uno de esos momentos que no se olvidan y que  hacen grande la tauromaquia y... al autor de la hazaña, que, aunque  parezca mentira, más de treinta años después de haber iniciado su  carrera, sigue creciendo y demostrando la misma ilusión y las mismas  ganas que dejó ver una ya lejana tarde de agosto de 1986 en Baeza.  Bueno, ilusión, ganas... y muchas más cosas que han hecho de Ponce un  torero que marca una época.

Fue el pasado día 2 de junio cuando, quince años después, Enrique  Ponce volvió a traspasar a hombros la Puerta Grande de Las Ventas. Y  aunque es un logro al alcance de muy pocos, lo hecho por el torero  valenciano fue mucho más allá.

Nada más romperse el paseíllo, en el tendido 7, cómo no, se desplegó  una pancarta en la que se advertía que “el toro de Valencia no es el  de Madrid”, en clara alusión a Enrique Ponce, que era sobre quien  recaía el peso de la tarde. Como si sólo triunfase en Valencia, como  si no supiesen que ha sido el torero que más veces se ha enfrentado  en Madrid a toros de ganaderías duras, como si a lo largo de  veintiocho años no hubiese lidiado astados de todo tipo y condición…  
Y, para quitarles la razón definitivamente, por toriles fueron  saliendo seis toros como seis camiones, serios, espectacularmente  armados, cuajados, fuertes, que hicieron que los de la pancartita no  volvieran a enseñarla en toda la tarde, no en vano el encierro dio un  promedio de ¡más de 600 kilos!.

Fueron las suyas dos faenas distintas como distinto fue el material  del que dispuso. Ya con su primer oponente dejó ver sus intenciones y  toreó de capa con reposo, cadencia, gusto y gracia,  sacando luego  una faena suave y templadísima, encadenando los muletazos de manera  natural y sin artificio alguno antes de cerrar su labor con unos  doblones y cambios de manos que acabaron por poner de acuerdo a una  plaza que se rindió a sus pies como antes hizo el toro a su muleta.

El burraco cuarto, cornalón, casi cornipaso, tremendo, pareció  imposible de salida y así seguía cuando tocaron a matar. Pero allí  estaba el de Chiva, que tiró de sabiduría, valor y técnica - combinación infalible- para terminar metiendo en el engaño a un  astado del que nadie esperaba nada y al que nadie hubiese sido capaz  de exprimir como hizo él, dejando patente una vez más su enorme  capacidad y solvencia, logrando, como decía José Luis Ramón en su
crónica de 6 Toros 6, que “la fiesta se viviese en su máximo  esplendor y Las Ventas hiciese suyo a Ponce”.

San Agustín decía que explicar cómo era Dios era como si un niño  tratase de meter todo el mar en un hoyo de la playa. Explicar a Ponce  es como tratar de comprimir en un solo muletazo la historia de la  tauromaquia.

Aquella tarde, con una de las corridas más serias y más fuertes de  San Isidro, con un cuarto toro al que nadie más que él podría haberle  sacado un pase, demostró quien es: el más grande, el mejor, el más  capaz… EP, el extraterrestre, un torero de otra dimensión y que  explica por sí sólo qué es la inmensidad.

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