inicio
Paco Delgado - 11/05/2017

Que los tiempos cambian es algo sabido y admitido. Y que con ellos  también lo hacen los gustos y las modas, también.

Y no iba a ser el ámbito taurino la excepción a esta regla que sólo  rompe la parca, inasequible al desaliento y perseverante en su labor  a través de los siglos y por ellos amén.

Se dice que ahora se torea mejor que nunca, y es verdad, y también  que ahora el toro que se lidia es más bravo y embiste más que el de  hace cincuenta o cien años. Y también es verdad, aunque aquí haya que  matizar y hacer distingos. Pero no todo es tan positivo y de color de  rosa.

Dejando al margen la labor empresarial -cuya evolución tiene mucho  que analizar- y poniendo nuestro foco en lo que pasa entre toro y  torero hay que dejar constancia de una realidad palpable: no sólo han  cambiado ellos: también lo ha hecho, y de manera notable, el público,  el tercer elemento imprescindible para que funcione el espectáculo.  Aunque en este apartado el paso de los años no haya servido para  pulir a la gente que va a la plaza. Al contrario, ahora la masa sabe  menos de toros. Y la prueba está en que se tolera todo y se traga con  cualquier cosa. Y, por el contrario, no admiten algo que antes era  frecuente y tenido como vara de medir: la lidia. Hoy en día nadie  quiere ver cómo se lidia y sólo se pide y espera que el torero  ejecute muchos pases bonitos, elegantes y de fino trazo pero que, la  mayoría de las veces, no encierran sino humo.

Siempre en el toreo las cosas han tenido un sentido y todo se hacía  por algo. Todo marcado, naturalmente, por la condición y disposición  del toro, auténtica vara de medir de lo que sucedía en el ruedo. Con  la dulcificación del toro, y con la homogeneización de sus  características y comportamiento, se ha perdido en gran parte el  sentido de la lidia, que tendía principalmente a la reducción de la  fiereza del animal y que obligaba al diestro a poner en liza su  técnica, cabeza y valor.

Ahora el toro, más grande, sí, pero con menos agresividad, permite un  toreo mucho más artístico, más bonito también, aunque sin la emoción  de antaño. Ahora se quiere que se toree igual a un astado que se  queda corto, que protesta, que mide o que va al bulto que al que  embiste con nobleza y sin crear problemas a su matador. No se admite  ya el toro que no sea colaborador, manejable que se dice, el que no  embista sin preguntarse a dónde va, ni provocar excesivos apuros a su  matador. Y no se admiten, por ejemplo, las faenas que buscan el poder  al animal brusco o deslucido a base de entereza y decisión y una  serie de fundamentos técnicos que de siempre se han utilizado para  domeñar a ese tipo de oponentes de complicado trato. Lo que se  conocía como faenas de aliño, aquellas que se limitan a dar unos  muletazos al toro buscando no el lucimiento artístico, que con esa  clase de materia es si no imposible casi, sino el prepararlo para la  última suerte. La inutilidad del animal, el que éste haya sufrido  algún tipo de accidente en los tercios anteriores o el que,  simplemente, su condición no sea la idónea para la gollería,  legitiman este tipo de labor que antes se reconocía en lo que valía.  Otra cosa es que se busque abreviar ante la imposibilidad del torero  por ver claro cómo sacar las castañas del fuego.

Una expresión esa de “faena de aliño” que, como tantas otras -casi  cuatrocientas recogió en su día Antonio Bretones en su estudio El  lenguaje taurino metafórico de uso coloquial-, ha pasado desde el  argot taurino a engrosar nuestro lenguaje y a enriquecer nuestro idioma.

  Votar:  
Resultado: 4,8 puntos4,8 puntos4,8 puntos4,8 puntos4,8 puntos   8 Votos

Próximos eventosmás eventos
Desde Hasta
© Gestor de contenidos HagaClic

Email: redaccion@burladero.tv Tel. Redacción: 911 412 917 ext. 1
Email: administracion@burladero.tv Tel. Administración: 911 412 917 ext.2 Fax: 91 141 21 33
Publicidad: publicidad@burladero.tv


Prohibida la reproducción y utilización, total o parcial, de los contenidos en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización,
incluyendo su mera reproducción y/o puesta a disposición con fines comerciales, directa o indirectamente lucrativos.