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"Se acaban de cumplir 110 años del nacimiento de Vicente Barrera  Cambra -Valencia, 3 de diciembre de 1907-, tras el desafortunado  Granero, el gran nombre de la tauromaquia valenciana hasta la  aparición de Enrique Ponce"
Paco Delgado - 07/12/2017

Se acaban de cumplir 110 años del nacimiento de Vicente Barrera  Cambra -Valencia, 3 de diciembre de 1907-, tras el desafortunado  Granero, el gran nombre de la tauromaquia valenciana hasta la  aparición de Enrique Ponce.

A la hora de valorar lo hecho por este torero hay que destacar su  voluntad indomable, dotado de un carácter fuerte y una gran  personalidad que le hicieron vencer siempre las dificultades que le  fueron saliendo al paso, pese a pertenecer a una familia de  carniceros, acomodada y sin graves problemas de orden económico.
Dificultades que aparecen ya cuando, siendo él todavía un niño,  fallece su padre  y él se empeña en ser torero por encima de todo y,  naturalmente, por encima de la opinión de su madre y tíos, lo que le  lleva a escaparse de casa y provocar un serio disgusto doméstico.
No fue obstáculo, sin embargo, y sacando a relucir esa fuerza de  voluntad y empeño, terminó convenciendo a sus familiares que no sólo  consienten y aceptan su decisión sino que le apoyan hasta  profesionalmente, convirtiéndose su tío Arturo su apoderado y su tío  José en su administrador.
Tras tres temporadas como novillero -debutó en 1924-, en las que ya  destaca en un tiempo en que compite con Gitanillo de Triana, Enrique  Torres o Félix Rodríguez, el 17 de septiembre de 1927, toma la  alternativa en Valencia de manos de Juan Belmonte, que le cede la  muerte del toro “Romano”, de Concha y Sierra.

Fue, indudablemente, un diestro de una gran capacidad y no poca  calidad, depurando, con el paso de los años, un estilo que llegó a  ser personal, propio y fácilmente identificable, no siendo casualidad  que a lo largo de su larga ejecutoria -desarrollada, además, en un  momento en el que la fiesta de los toros vive tiempos complicados y  difíciles, coincidiendo, por si fuera poco, con grandísimas figuras y  teniendo que lidiar por medio con una guerra civil- siempre estuviese  en los primeros puestos del escalafón, tanto en número de corridas  como en trofeos obtenidos, toreando en las más importantes plazas,  tomando parte en las principales ferias y, siempre, con el favor y  beneplácito del público.

Se le censuró el mover mucho los pies, lo cuál -y sobre todo en sus  primeros tiempos en la profesión- hacía entre pase y pase, lo que le  valió agrias críticas, sobre todo por parte de quien entonces estaba  considerado como el gran santón del periodismo taurino, Gregorio  Corrochano, que le llegó a motejar como “El torero gorrión”, siendo  César Jalón “Clarito” quien con más frecuencia le elogiaba,  teniéndole como uno de los diestros más destacados de su época:
“¿Qué tiene esa muleta que, nacida en Valencia, cecea tan a lo  sevillano? ¿Qué hay de mágico en esa muleta de Barrera que, dura con  el fuerte y suave con el débil -como los hombres de corazón-, tan  pronto se apodera de los toros?” escribió el que fuera cronista  taurino de El Liberal y que llegó a ser Ministro de Comunicaciones  durante la II República.

Al margen de su inmenso amor propio, fue un torero de valor, un valor  que nacía, precisamente, de aquel orgullo y dignidad profesional y  que se sustentaba tanto en un sólido conocimiento del toro como en  una ágil y despierta inteligencia, siendo muy pocas las cornadas que  recibió a lo largo de su trayectoria en los ruedos y en unos años en  los que la dureza del toreo era extraordinaria y muy frecuentes los  percances graves y hasta fatales. Un valor que arrancaba del dominio  que hacía de su propio miedo, siendo famosos los malos ratos que  pasaba antes de hacer el paseíllo y su posterior transformación en  diestro arrojado y valerosísimo, sin teatro ni excusas.

Ya retirado se dedicó a sus negocios agrícolas aunque en 1956, se le  descubrió un tumor cerebral que, en apenas seis meses acabó con su  vida, siendo, medio siglo más tarde, su nieto, Vicente Barrera Simó,  quien desempolvó sus viejas glorias en el ruedo y añadió lustre al  apellido.

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