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"Aunque la línea que separa ambos conceptos es, en el caso que nos  ocupa, tan delgada que ni siquiera el funambulista Puigdemont podría  hacer equilibrios sobre ella, el tratar de ver siempre la botella  medio llena obliga a pensar que estamos ante un claro ejemplo de  afición antes que frente a una hecho incomprensible para nadie"
Paco Delgado - 30/11/2017

Aunque la línea que separa ambos conceptos es, en el caso que nos  ocupa, tan delgada que ni siquiera el funambulista Puigdemont podría  hacer equilibrios sobre ella, el tratar de ver siempre la botella  medio llena obliga a pensar que estamos ante un claro ejemplo de  afición antes que frente a una hecho incomprensible para nadie.

La cosa es que, según publica el Ministerio de Educación, Cultura y  Deportes en su Anuario de Estadísticas Culturales, en la temporada  taurina correspondiente a 2016 se celebraron 1.736 festejos, de los  que casi 400, 394, fueron corridas de toros, 184 consistieron en  corridas de rejones y 232 novilladas con picadores. En el resto se  incluyen corridas mixtas con rejones, becerradas, novilladas sin  picadores o espectáculos cómico-musicales. Bueno, sigue la curva  descendente, pero más allá de eso no parece que haya nada raro. Pero  sí que parece haberlo si se tiene en cuenta otro dato que aparece en  esa relación ministerial: y es el número total de profesionales  taurinos inscritos en el Registro General de Profesionales, que  ascendió a un total de 10.481 personas dedicadas de una u otra forma  al toreo. 820 se corresponden con matadores de toros; 3.083  novilleros con o sin picadores; 401 rejoneadores; 2.893 banderilleros  y picadores; 176 toreros cómicos y 3.108 mozos de espada, cifra que  representa casi la tercera parte del total de inscritos en el Registro.

Visto desde fuera y con cierta perspectiva, se diría que hay una  evidente desproporción entre el número de festejos celebrados y el de  gente que se dedica a esto. Si, por ejemplo, nos paramos en las  corridas de toros, vemos que la relación entre funciones y matadores  es de casi el doble de toreros que de corridas, siendo mayor el  asombro si se observa que de esos  más de 800 diestros sólo hubo  menos de 150 que torearon en al menos una. Y algo parecido, o más  exagerado todavía, sucede con las novilladas -categoría en la que más  de 3.000 aspirantes se repartieron de forma desigual los poco más de  dos centenares de festejos de este nivel que se celebraron- o con los  festejos de rejones, de los que siempre me ha asombrado la enorme  cantidad de rejoneadores dada la poca -y en muchos casos nula-  rentabilidad -al menos de manera directa, es decir el cobrar por  rejonear- que tiene el participar en este tipo de espectáculos. ¿Qué  hay detrás de este rito que atrae no sólo al público, sino a tantas  personas a dedicarse, o a intentarlo, a ello?

Está claro que no se pueden analizar estos datos a la fría luz de la  economía o la ciencia: ser torero es algo a lo que no se puede  dedicar cualquiera -ser torero es imposible y figura, un milagro,  dicen que decía Juan Belmonte...- pero tiene algo mágico que atrae:  el torero sigue siendo mítico y cuando expresa la valentía, el pueblo  se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen, explicó Enrique  Tierno Galván, sociólogo, jurista, ensayista y alcalde socialista de  Madrid (y autor de un libro sobre tauromaquia, para que luego vengan  los progres y digan que, entre otros disparates, hay que prohibir los  toros porque son un espectáculo de derechas...). Tampoco es  sospechoso de ser conservador Pedro Almódovar, cuya producción tiene  un buen número de cintas con el toro como fondo, y que tenía claro  que los españoles respetan mucho más el mundo de los toros que el de  la religión: “Si tuviera que decidir, el español no beatificaría al  inventor del Opus Dei, sino a un torero”.

Y aunque esta profesión ya ha dejado de ser el único modo de  ascensión social que hubo por estos lares hasta no hace tanto, está  claro que engancha, que atrapa y que tiene algo muy especial, hasta  el punto de hacer realidad no sólo una función en la que un hombre  vestido con medias rosas y armado sólo con un trapo y un estoque se  enfrenta a un animal que quintuplica su tamaño, sino también a dar  sentido a unas cifras desproporcionadas, disparatadas e ilógicas.  Pero no reflejan incongruencia, demuestran bien a las claras la gran  afición que, pese a todo y a tantos, en este país todavía llamado  España sigue habiendo afición. Mucha.

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