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Paco Delgado - 05/11/2015

Valencia rinde estos días homenaje a Enrique Ponce. Sus veinticinco años como matador de alternativa lo merecen, vaya que sí. Y más si se tiene en cuenta que a lo largo de este cuarto de siglo no ha tomado ni un respíro, no ha cogido un año sabático ni descansado. Ha dado la cara en todas las plazas y en todas las ferias. No ha rehuído ganadería alguna y ha aceptado torear con quien fuese. Nunca ha puesto pegas y siempre ha dado toda clase de facilidades. Es el único diestro en la historia del que se puede explicar todo lo anterior. Pero es que, además, su estadística es, símplemente, extraordinaria y de muy difícil superación, siendo, al margen de su capacidad, inteligencia, valor, estética, etcétera, etcétera, dos las notas que marcan su trayectoria: su extraordinario compromiso con la profesión y su grandísima afición.

Un libro -Los discursos del maestro, obra de Paco Villaverde, que le conoce como pocos, y en el que se recopilan las distintas intervenciones de Ponce en actos públicos, analizando, además, la intencionalidad y estilo de su oratoria y acompañándola del paralelismo que pudiera guardar con su tauromaquia- y una exposición -organizada por Avance Taurino en la que se hace un recorrido por esos cinco lustros en los que el torero de Chiva ha demostrado ser un torero irrepetible, dejando una trayectoria brillantísima y un balance tan triunfal como apabullante- sirven para que la ciudad del Turia, le recuerde en un momento tan significativo.

De lo poco que tenemos claro y certeza plena es que en esta vida nada hay para siempre -excepto de momento, esta evidencia, aunque todo se andará- y cuando Enrique Ponce decida poner punto final a su carrera -la más brillante e importante de la historia de la Tauromaquia- repasen libros y enciclopedias a ver si encuentran algo parecido- el toreo quedará si no desnudo sí despojado de su más emblemática figura y sin referente alguno.

No va a ser fácil, claro, que salga otro diestro como Ponce: un genio no nace así como así. Y mucho menos se hace. Pero parece buena cosa que haya, al menos, indicios de que aquella posibilidad fragüe y aparezca, al menos, un nuevo diestro capaz de devolver la ilusión no sólo al aficionado -al que le hace falta poco para ir a la plaza- sino que convenza a la gente, al público, que es quien llena las plazas y los bolsillos de toreros, empresarios o ganaderos.

Claro, que a lo mejor no basta con esperar a que cuaje una promesa. Y para que el negocio funcione haría falta que se moviesen otros resortes, hoy oxidados, olvidados o, más penoso, desconocidos. Para empezar -al margen de un urgente aggiornamiento en materia empresarial: ¿quién sabe qué es el marketing?- habría que potenciar la cantera y no esperar a que caiga una única breva, propiciando oportunidades reales de lucir a tantos y tantos chavales que pueden aportar nuevas ideas y modos y que andan parados por mor de la nula atención que se presta a las divisiones inferiores, manteniendo en primer plano a tanto y tanto mediocre -muchos instalados, como se dice ahora, durante muchos años en una abúlica comodidad; otros, recién ascendidos y que, creyéndose ya con todo hecho, se conforman con haber llegado- que no sólo no aportan nada sino que, encima, echan a muchos tibios e indecisos de las plazas. 

Tampoco sería mala cosa intentar convencer a la Administración, de una vez por todas, de la fuerza y el tirón que tiene un espectáculo genuinamente español y, pese a quien pese, seña de identidad de este trozo de Europa. Y, naturalmente, devolver su pujanza al toro, una de las tres patas sobre las que se sostiene el tinglado -el torero y, obvio, el público son las otras dos- y sin cuya colaboración -en forma de potencia y bravura- se hace inviable el sostener el invento.

Pero, mientras tanto, y en la confianza de que la afición del torero de Chiva nos siga permitiendo disfrutar de su arte y su ciencia, no viene mal recordar la regla de san Benito de Nursia, ora et labora, y, al tiempo que rezamos para que, por fin, aparezca ese nuevo mesías del toreo, se trabaje con seriedad y eficacia en establecer las condiciones necesarias para que en vez de una figura salgan, pongamos, veinte. O sea, que a Dios rogando y con el mazo dando.

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