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Paco Delgado - 21/05/2015

Con motivo de la actuación en solitario de uno de los principales ases de la tauromaquia -figura en el argot- vuelve a repetirse el desafuero y el error campa a sus anchas.

No sé bien cuál es el motivo, pero parece que a quienes escriben sobre toros les suena bien la palabra y, pese a las muchas veces que se ha advertido de la equivocación, siguen firmes en su yerro y les importa un pito. Expresión esta, por cierto, que viene de los tiempos en que los Tercios de Flandes mantenían a raya a los enemigos del entonces inmenso imperio español. Un pito era el soldado -por lo general uno de los más jóvenes y nuevos del batallón- que tocaba el pífano o pito en el ejército. Su paga era ínfima y su opinión no contaba. Y, sin embargo, cualquier pito de los de entonces tenía arrestos y redaños para librar durísimas batallas tras no menos demoledoras marchas a pie. Ahora, cualquier pito se cree mariscal y, por ejemplo, escribe como le sale de las narices y, si eso pudiera, por lo menos, hacerle creer que está en la pomada, te casca encerrona en menos que canta un gallo.

Me rechinan los dientes y me sublevo cada vez que que leo, o escucho, la palabrita de marras, un vocablo que ha causado furor en las redacciones taurinas y cuyo empleo parece que da empaque a quien la utiliza y sensación de saber de esto o -quien no se consuela es porque no quiere- de estar enterado.

El objetivo de un medio de información -y aquí debe incluirse por derecho propio a los que tienen como soporte la red de redes- es
triple: informar, formar y entretener. Y mal se cumple con el segundo precepto cuando se da al lector un texto que contiene un error tan de bulto como el que vengo denunciando -naturalmente en vano, como se puede apreciar- desde hace ya ni me acuerdo.

Hace años era habitual, en la redacción de cualquier periódico, la figura del corrector, que te sacaba los colores cuando, al presentarle tu trabajo, detectaba errores o faltas de ortografía.
También existía un libro de estilo, que marcaba las pautas por las que los profesionales de ese determinado medio debían guiarse. Ahora parece que cada cual va por libre, escribe como le da la gana y pone cualquier barbaridad sin que nadie le corrija. Y, lo más grave, sin que a nadie parezca importarle.

Por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo...
etcétera. Sigamos por este camino y llegaremos a empobrecer un idioma que utilizan más de quinientos millones de personas.
Sigamos con esta moda y el pretendido reconocimiento del espectáculo taurino como hecho cultural será tomado a pitorreo por quien corresponda.
Sigamos con esta absurda manía de emplear unas palabras por otras que nada tienen que ver con los que queremos expresar y seremos tenidos por ignorantes pretenciosos.
Sigamos empleando términos equivocados o erróneos y, si ya damos por bueno el que toro esté entipado o sea enclasado, por ejemplo, y, sin que nos demos cuenta daremos por bueno, cierto y perfectamente aceptable que para denominar una corrida de toros en la que actúa un único matador se utilice la palabra encerrona.

Sigamos así, y en vez de ser Burladero.tv nos pareceremos a la competencia. ¿Es eso lo que se pretende?

 

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