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Paco Delgado - 12/05/2016

Anda el mundo no sé si perdido, pero evidentemente bastante despistado y con las ideas, al menos, confusas y poco claras. Por aquí, tras hacer el ridículo en la cosa política, seguimos perseverando y avanzando si no hacia el desastre, como en el chiste, sí en la contumacia y el despropósito.

Por si no teníamos bastante con nuestras seculares y descomunales taras -la envidia, el rencor, la ignorancia, la mala idea, el y tú más, etcétera, etcétera, etcétera-, el concepto de buen rollito y lo políticamente correcto han servido para aumentar la tontería y el bochorno. Los ciudadanos y ciudadanas de este país al que ya tantos se avergüenzan de llamar por su nombre asisten, impasibles e impasiblas, a un chalaneo que, en nombre del progreso, busca el quítate tú para ponerme yo que tú ya has chupado y ahora me toca a mí la teta. Cuestión tan grave y asombrosamente pasada por alto que a su lado poco importa que se nos esté vendiendo una descomunal moto a cuenta de los supuestos derechos de los animales. Y de las animalas, por supuesto, no se ofendan.

Resulta que ahora -y, por favor, llevamos miles de años enfangados en el error- una vaca, una abeja o un ratón tiene los mismos derechos que usted, usted, usted y usted. Naturalmente. Se quiere prohibir en una Comunidad Autónoma -no diré el nombre para que no se molesten los habitantes sensatos de la misma y a los que tanto duelen estas estupideces- que las mulas tiren de un carro -¡intolerable crueldad!-; se pena, con puede que hasta cárcel, el apartar de una patada a un perro que se nos está meando en el camal; no hay que fumigar a las avispas ni pisar a las cucarachas. Espantar a tiros a un buitre que acaba de atacar a una oveja es delito de lesa Naturaleza y la protección desmedida y sin límites de algunas especies está acabando, de manera idiota y suicida, con otras. Que, a estas alturas, se sigan permitiendo las corridas de toros, por favor, qué escándalo.

Hasta los cuentos infantiles de toda la vida - de toda la puta vida me apetecería escribir- están siendo revisados y reescritos para no traumatizar a nuestros futuros idiotas y se está haciendo todo lo posible para que el lobo no se coma a la abuelita, ni intente hacer lo propia con la adorable niñita de rubios rizos ni que el apuesto cazador que pasaba por allí lo impida a tiro limpio; ni que otro malvado canis lupus intente zamparse a tres ingenuos y rollizos cerditos que, finalmente, lo escaldan en una olla de agua hirviendo; ni siquiera el escorpión tiene el carácter que tan grotesca e injustamente se le atribuye, que es un ser cariñoso y entrañable que sólo te quiere regalar parte de lo que tiene.

No es raro, por tanto, que una de las noticias que más han llamado la atención de los medios de comunicación estos días haya sido el que un empresario y filántropo chino, presidente de un potente grupo empresarial multinacional, haya elegido España para invitar a cerca de 2.500 de sus empleados a disfrutar de unos días de descanso, actividades lúdicas y culturales, invirtiendo para ello más de 7 millones de euros en 1.650 habitaciones de hotel, 70 autobuses o cuatro trenes AVE completos.

Estos afortunados -al menos mientras haya durado el viaje- trabajadores asiáticos disfrutaron de un completo programa de actividades culturales y lúdicas durante su estancia en España, en el que no faltó una paella gigante ni, cómo no, una corrida de toros celebrada en la plaza de Moralzarzal. ¿Una corrida de toros? Sí, una corrida de toros, con sus alguacilillos, su presidente, delegados gubernativos, veterinarios y toreros, por supuesto, vestidos de luces. Pero no se alarme, señora -o señorita, o señor de tan buen corazón-, fue una corrida en la que no hubo daño alguno para los toros lidiados, animales simpatiquísimos, nobles -de buen corazón- y que hasta se dejaron hacer selfies con las compañeras del Celeste Imperio. Naturalmente, los animales que saltaron al ruedo madrileño no fueron picados, protegidos con grandes superficies de tela rematada con velcros para pegar allí las banderillas y, tras las consiguientes elegantes y artísticas faenas, devueltos al corral para, de allí, volver a cenar al campo con su familia y comprobar con arrobo que las notas obtenidas por sus becerritos han sido excelentes este trimestre.

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