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Cuando estas letras salgan a la luz ya se habrán celebrado las  elecciones catalanas, un nuevo episodio de este esperpento que no  tiene visos de que acabe (y menos felizmente...) y que está costando  miles de millones a los españoles, incluídos, naturalmente, los  catalanes.
Paco Delgado - 21/12/2017

Cuando estas letras salgan a la luz ya se habrán celebrado las  elecciones catalanas, un nuevo episodio de este esperpento que no  tiene visos de que acabe (y menos felizmente...) y que está costando  miles de millones a los españoles, incluídos, naturalmente, los  catalanes.

La cosa arranca en el siglo XVIII -con la Guerra de Sucesión, en la  que la nobleza y aristocracia catalanas toman partido por el bando  equivocado- y adquiere fuerza a finales del XIX y principios del XX,  cuando España pierde sus colonias y con ellas los ricos empresarios  catalanes ven mermadas sus fortunas, pidiendo -y logrando-  compensación y prebendas a un gobierno inútil que se descosía por  todas sus costuras y que, tras la Transición, y aprovechando el  momento de ingenuidad democrática de aquellos años, consigue que un  nacionalista que no cree en el Estado de las autonomías llamado Jordi  Pujol accediese a Presidente de la Generalitat y sólo utilizase el  Estatuto para construir una nación que debía acabar siendo un Estado,  aprovechando el café para todos para hacerse con el control de, entre  otras cosas, la Educación de millones de catalanes a los que miente  descaradamete y enseña una historia inventada con la que tapa sus  propios chanchullos y que desemboca en el descontrol y pantomima  actual, logrando no sólo fracturar la sociedad catalana sino  enfrentar a una buena parte de ella a España, a la que culpan de unos  supuestos males y un expolio del que, para hacerlo corto, él -y sus  sucesores, acólitos y secuaces- es uno de los principales responsables.

Bueno, pues con todo, los partidos políticos -ese otro gran monstruo  que la democracia, especialmente la nuestra, ha creado y engordado  hasta límites que ya son muy peligrosos pero que parece que nadie  puede ya controlar-, buscando apoyos y ventajas que, como en el  pasado, les beneficien en el futuro, en vez de atajar el mal de raíz  y de una vez por todas, se dedican a poner paños calientes y arreglos  de tente mientras cobre, dejando que la bola siga creciendo y dando  otro pasito no tan pequeño hacia el desastre.

Un desastre que, en el aspecto taurino, se consumó hace unos años,  cuando se sacrificó vilmente una tradición ancestral en aras de un  beneficio político y sin que nadie haya mostrado interés después en  solucionarlo. Y si la democracia, tal como se nos  ha dado entenderla  a la moderna, tiene su más alta consumación a la hora de votar para  elegir a nuestros ¿representantes? es en ese momento y acción cuando  hay que ver a quién y en quién nos interesa dar y depositar nuestra  confianza.

No es, sin embargo, fácil encontrar a ese quien. A la hora de  defender la cultura del toro, el espectáculo taurino o la fiesta  nacional -sí, la fiesta nacional-, si se estudia con un poco de  detenimiento y atención el asunto, vemos con tristeza y desesperación  que no hay en nuestro espectro político quien se tome la molestia de  la defensa del tema toros. Con seriedad y de verdad, nadie, aunque  algunos levanten la mano y digan yo hice esto o lo otro... Nadie. La  izquierda radical, desde luego, es enemiga mortal de la tauromaquia,  por ignorancia, inquina, rencor o vaya usted a saber porqué, la cosa  es que mentarle los toros es como un insulto. El PSOE se ha mostrado  como un experto intrigante que ahora apoya y luego no; aquí sí pero  allí se niega; en este momento me interesa, pero mañana ya veremos,  etcétera, etcétera... y los partidos conservadores... bueno, su  política en este aspecto ha sido, y es, tan errática y melíflua como  en todo lo que tocan, no vayan a molestar.

Pero, no nos engañemos, nadie, tampoco del negocio taurino movió un  dedo, ni lo mueve ahora, para, primero, intentar parar aquel golpe  ni, luego, poner remedio alguno a un desmán que tampoco parece que  tenga ya solución, pese a los esfuerzos y sacrificios de un puñado de  aficionados que luchan solos y sin prácticamente medios ni ayuda.

Cataluña, si Dios no lo remedia, que parece que no, se nos va. Como  en su momento se nos fue allí la fiesta ¿para no volver? Pues así  parece.

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