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Paco Delgado - 10/08/2017

Uno de los sucesos más comentados de la última feria de julio de  Valencia -brillante y al final con muchas más cosas positivas que  negativas- fue, sin duda, la actitud del presidente encargado de la  corrida celebrada el día 22, negando, de manera absurda -lo hecho por  Paco Ureña, herido por su otro toro, saliendo a matar al segundo sin  permiso de los médicos, con tres costillas rotas, magullado, medio  conmocionado... y firmar una faena portentosa, se mire por donde se  mire, rematada con una estocada inapelable era para ser tenido en  consideración- y arbitraria -sí, de acuerdo que la segunda oreja es  potestad presidencial, pero la petición era abrumadoramente  mayoritaria y no había motivo alguno para negar ese segundo trofeo:  si siempre se ha dicho que una buena estocada vale por sí sola la  oreja, la faena, emotiva, templadísima, honda, etcétera, etcétera,  también era merecedora de premio...-, la puerta grande para un torero  que no sólo se justificó, sino que, a la postre, fue tenido como  triunfador de la feria... y autor de la mejor faena del serial,  precisamente por la labor que se menospreció desde el palco.

Y es que, otra vez, el palco presidencial de la plaza de Valencia, a  cuenta de la actuación de uno de sus titulares, vuelve a ser motivo  de discordia y discusiones, si bien en esta ocasión las posiciones se  sitúan como ocurre en el cuento de Astérix con su bardo: él cree que  es genial y el resto de sus vecinos opinan que es insufrible.

Y no es nada bueno para la plaza -ni para esta ni para ninguna- que  haya tan gran disparidad de criterios cuando se turnan varios usías  en la misma poltrona.

No es nueva la situación. Ya hace cuarenta años, Jacinto López-Acosta  era tenido como un presidente a evitar por su estricto sentido de la  aplicación del reglamento y no cabía interpretación alguna. También  fue exigente Francisco Corrales, quien, en 1982 -y lo cuenta Vicente  Sobrino en su imprescindible Memoria de luces- tuvo sus más y sus  menos con Antonio Ignacio Vargas a cuenta de una oreja y la cosa  acabó en denuncia, aunque luego se hicieron amigos.

Un abismo mediaba entre lo que hacía Óscar Bustos y la actitud de  Constantino González, que ya antes en Albacete había dejado  constancia de su rectitud y formalidad, tratando de dar seriedad a  todo lo que se hiciese en festejos bajo su responsabilidad, pesase a  quien pesase. Aunque, claro, la mano que mece la plaza dijo hasta ahí  podíamos llegar, y movió los hilos precisos y necesarios para que  fuese cesado. Faltaría más.

Por entonces fue designada Amparo Renau, que no llegó a coger el  pulso al taurinismo y acabó dimitiendo muy dignamente tras una  fenomenal bronca a cuenta de una petición de indulto denegada.

No es fácil contentar a todos -y bien lo sabe otro de los buenos  presidentes que tuvo en los últimos años el coso de Monleón, Juan  Moreno, que entre otros disgustos tuvo que lidiar con unos toros de  Samuel Flores que no se aclimataron para nada al clima valenciano y  que cuando fueron al reconocimiento previo eran pellejo y huesos,  siendo rechazados y Moreno atacado en varios frentes- pero es al  público a quien hay que defender. Porque es en todo lo que rodea a la  función y en sus preliminares donde se juega buena parte del éxito de  un espectáculo, no siendo de recibo, por ejemplo, el comportamiento  de determinado presidente que consolaba a un ganadero de postín -que  había traído una corrida impresentable- asegurándole que “esa corrida  la vamos a defender”. ¿Vamos? ¿Defender? Venga, hombre...

Halcones y palomas. Mala pareja. Unidad de criterio y personalidad,  eso sería lo ideal. Pero me da que el palco de esta plaza es  particular, y cuando llueve sólo algunos se mojan.

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