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Paco Delgado - 14/04/2016

Mucho se ha escrito y debatido sobre la devaluación de la recompensa simbólica que obtienen los toreros, que tienen que aclamarse a publicistas y voceros -que se desgañitan insultando al presidente, a su juicio, cicatero o rácano- para que sus actuaciones -o no recompensadas o no con la suficiente fuerza para ser tenidas muy en cuenta- tengan cierta repercusión y algo de eco, sobre todo en el público o en el aficionado poco exigente o avisado.

Una depreciación que viene, también, motivada por la disminución de la calidad del material del que disponen para la elaboración de su obra y, por otra parte, por la falta de educación taurina del espectador, cada día más profano y huérfano de conocimientos sobre la disciplina que contempla.

Hay que recordar que la oreja, prueba tangible hoy de un triunfo, fue, en su origen, en el siglo XVIII, prenda y señal que se daba al matador por una tan magnífica actuación que le otorgaba el derecho a quedarse con el cuerpo del toro que acaba de matar y disponer de los beneficios que obtuviese por su aprovechamiento, la venta de su carne y piel. Fue esto debido a una costumbre puesta en vigor por los Caballeros Maestrantes de Ronda y de Sevilla, propietarios de las respectivas plazas de toros de estas ciudades, cuando regalaban el toro muerto y arrastrado al espada que se había lucido en su lidia, para que este invitara con las carnes del animal a su cuadrilla, amistades y acogidos a centros benéficos, siendo la primera oreja concedida en España la entregada en Madrid al matador de Algeciras José Lara "Chicorro", por su faena al toro "Medias Negras", de Benjumea, el 29 de octubre de 1876.

Era, pues, reconocimiento de algo extraordinario y, por tanto, de concesión esporádica y excepcional, contándose con los dedos de una mano las orejas concedidas no ya en una temporada, sino en varios años. Ahora, en cambio, se conceden orejas por sistema, por faenas no ya corrientes y de lo más normal, sino por auténticas vulgaridades que nada tienen de especial ni de mérito (excepto, eso seguro, que se hayan terminado, evitando un mayor sufrimiento tanto al toro como al espectador entendido).

Sería lógico, en consecuencia, que la concesión de orejas fuese algo poco frecuente.Y sin embargo sucede todo lo contrario. Cosa extraña por cuanto es evidente el descastamiento de los toros, con lo que se dificulta sobremanera el lucimiento de sus matadores.

Pero el público busca rentabilizar el precio de la entrada y, al no encontrar satisfacción en lo que contempla, considera que la concesión de orejas justifica los euros pagados en taquilla, logrando con esta inflación el que este premio se haya depreciado tanto que apenas tenga ya importancia o trascendencia ¿Para qué sirven las tantísimas orejas paseadas en cada tarde, feria o temporada? 

Generalmente para nada. Y a los hechos me remito: diestros hay que han obtenido un montón de ellas a lo largo de una temporada sin que ello haya servido para que toreasen más o en mejores condiciones.

Creo, sinceramente, que la obra realmente brillante no necesita de orejas para su reconocimiento, y sólo hay que recordar, por ejemplo, que la extraordinaria faena de  Antoñete el día de San Isidro de 1966 al ya inmortal "Atrevido" fue premiada con una única oreja, lo cuál no fue impedimento para que el trasteo por el que se concedió haya pasado a la historia. Y, más cerca en el tiempo, ahí mismo tenemos lo hecho por Morante hace sólo unos días en Sevilla y que no necesitó pasear despojos en su mano para que se le reconozca la importancia de su obra.

 

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