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Paco Delgado - 02/06/2016

Una vez más, y van once -que no son cuatro ni cinco, ni seis...-, el Real Madrid volvió a ganar la más prestigiosa (por difícil, complicada y enrevesada) competición del fútbol mundial a nivel de clubes. La Copa de Europa, la ahora llamada Champions.

Y una vez más, en las portadas de todos los periódicos (nacionales e internacionales), informativos de todas las televisiones y, a través de internet y sus millares de canales y soportes, en todo el mundo, apareció la imagen de un futbolista expresando su alegría y satisfacción manejando una capa de torear. Las verónicas de Sergio Ramos, ejecutadas con aplomo y garbo con un capote de su amigo Alejandro Talavante, sirvieron para dejar claro que lo de los toros es algo que los españoles llevan inscrito en su ADN, mal que les pese a unos cuantos que reniegan hasta de su origen. También sirvieron para demostrar que es este un espectáculo que se conoce en todo el mundo y que nadie se escandaliza por la demostración torera de un futbolista. Porque, además, su exhibición evidenció que toros y fútbol no son incompatibles, como sí lo son con la realidad la cerrazón mental y la intransigencia de quienes niegan lo evidente.

Ya antes fueron otros jugadores de fútbol quienes hicieron lo que el sábado hizo Ramos: Juanito -cuya no tan secreta ilusión fue la de haber sido torero en vez de futbolista-, Raúl, Joaquín -como el anterior otro gran aficionado a los toros- y, mucho antes, por ejemplo, Montalvo, miembro que fue hace años de la plantilla profesional del Real Madrid, no en vano era costumbre hace años que los jugadores organizasen y tomasen parte en festivales taurinos cuyos beneficios iban a distintas causas caritativas.

Ramos, que además fue elegido el mejor jugador de la final de 2016, hizo la pascua a todos aquellos que abominan de la fiesta taurina, sobre todo de los que lo hacen por oscuros motivos que camuflan con fines ecologistas o de defensa de los animales. Sus lances sobre el césped de San Siro llevaron a millones de espectadores una realidad tangible e incontrovertible, que por mucho que lo intenten no se puede ni negar ni esconder: España es tierra de toros y toreros, aunque vayan en camiseta y pantalón corto y calcen borceguíes en vez de manoletinas. Ahora que a tantos (bueno, no a tantos, pero que hacen mucho ruido) se les llena la boca con las palabras abolición y prohibición, el futbolista sevillano se la cerró demostrando que es el de la cosa taurina patrimonio de todos y no sólo de los que se ofenden (o se hacen los ofendidos) por él.

Hizo también la pascua a quienes -comidos por un rencor injustificado que sólo se puede explicar por la envidia malsana o una mente dotada de muy pocas luces- critican y maldicen a su equipo -que es el mío- por haber cometido el pecado de ganar; a quienes insultan no sólo a los jugadores que se batieron el cobre en el campo, sino a los sufridos seguidores; a quienes se creían con el derecho moral de vencer por el simple hecho de haber llegado a la final y a quienes no admiten la derrota y rechazan airados y violentos la mano que les tiendes en señal de comprensión y fraternidad. Ramos, antes de dar rienda suelta a su alegría y entusiasmo, y en nombre de sus compañeros, como capitán de todos ellos, fue a consolar y confortar a sus rivales, con los que se las había tenido tiesas unos minutos antes, como corresponde a quien defiende unos colores, dejando claro que saben ganar también fuera del terreno de juego y que si ayer fue a ellos a quien benefició la fortuna, mañana puede ser a los otros, que, desde luego, ya se lo merecen.

Esa final del pasado 28 de mayo, por si fuera poco, dejó en evidencia, una vez más, a los taurinos, incapaces de mover un dedo para conseguir que un espectáculo como el que manejan, infinitamente más bello y apasionante que la mejor final del mejor campeonato de fútbol, y que, al contrario que el balompié, no hay forma de promocionar, difundir ni publicitar sino a niveles muy modestos y locales. Y eso cuando se puede, que no siempre es el caso. Ramos les mostró un camino. Pero hay que andarlo

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