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Paco Delgado - 11/08/2016

Que la mujer del César no sólo debe ser honesta sino también parecerlo es una de esas expresiones que se aplican en todo caso en el que alguien es sospechoso de haber cometido alguna ilicitud, aún cuando no hubiera dudas respecto de su inocencia. También en el mundo del toro se puede usar en referencia a uno de sus ingredientes imprescindibles: el toro. No sólo debe serlo, sino también parecerlo.

Algo que, por desgracia, no siempre suele suceder.

Desde finales de los años sesenta del pasado siglo una corriente de opinión, impulsada desde ciertas tribunas y medios de comunicación, se fue imponiendo y en poco tiempo el toro había aumentado de tamaño de forma ostensible, logrando que en pocos años cambiase la morfología del toro de lidia, convertido ya en un animal de unas dimensiones mucho más amplias que las hasta entonces tenidas como lógicas y, sobre todo en determinadas plazas, haciendo inadmisible todo aquel ejemplar que no aportase una apariencia descomunal. Y, como todo enseguida se copia, ese ejemplo cundió y el toro descompasado y a menudo destartalado y fuera de tipo se fue imponiendo.

Hace unos días, Morante de la Puebla retomaba la cuestión y afirmaba que "‘Las autoridades quieren un toro demasiado grande y el público no", abundando el torero sevillano en el tema: "En El Puerto se han puesto las autoridades en un plan… quieren un toro demasiado grande y el público no lo requiere. Cuando el toro se sale de tipo suele embestir menos. Uno viene con mucha ilusión a esta plaza y se encuentra con dos toros así y se va para casa sin haberse podido gustar... Es una pena sobre todo porque a los toreros de corte artístico y sensibilidades el toro de hoy en día se lo carga. Se está haciendo un toro para un torero de mucha técnica y a mí eso me aburre. Y creo que a la mayoría de los públicos de aquí abajo también’.

Efectivamente. La condición de cada uno o los defectos naturales no se pueden encubrir ni cambiar con mejoras meramente externas. El poeta español Tomás de Iriarte en su fábula La mona lo dejaba bien claro y aludía a esta reflexión con otra de las frases que son ya patrimonio de la humanidad: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Y el toro, aunque sea enorme, lo que debe hacer es embestir. Claro que ese tamaño muchas veces se lo impide, con lo que se pierde el fin a cuyo objeto se cría. Porque también aquel cambio supuso otra modificación en el toro de lidia, ya que a cambio de aumentar el volumen se rebajó, de manera alarmante y ya hasta muy peligrosa, la casta.

Basta repasar vídeos o tirar de hemeroteca para comprobar que el toro de los años cincuenta y sesenta, normalizada ya la cabaña brava tras el desastre que supuso la guerra civil, era mucho más pequeño que el que ahora suele salir en cualquier plaza pero tenía una movilidad muchísimo mayor y una acometividad ahora prácticamente desconocida. También es aleccionador comprobar cómo las faenas de entonces eran forzosamente más cortas -el torero estaba sometido a un nivel de exigencia mucho mayor- y asimismo la frecuencia de percances era más elevada medio siglo atrás. Por no hablar de los años anteriores a la contienda española, cuando a los ruedos saltaba el toro más fiero y serio que ha habido a lo largo de la historia de la tauromaquia y que proporcionó la más alta tasa de cogidas, a menudo fatales.

Claro que es preciso volver a un toro más racional en cuanto a dimensiones, pero también hay que devolverle ese otro componente esencial, la casta, sin la cual el espectáculo brilla por su ausencia. No sólo hay que dotarle de apariencia, sino que se debe mantener su esencia. El toro, como explicaba Plutarco con respecto a la mujer del César, no sólo debe serlo, sino también parecerlo

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