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Paco Delgado - 26/11/2015

Se cumplen cien años -cien años, un siglo, una eternidad- desde que Albert Einstein, desarrollando estudios previos de Poincaré y Lorentz, diese al mundo, en una conferencia en la Academia de Ciencias Prusiana, la ya celebérrima ecuación E= mc2 que describe la física del movimiento en el marco de un espacio-tiempo plano. Una fórmula que revolucionaba el mundo científico conocido y permitía explicar en parte los orígenes de nuestro pequeño mundo. Una teoría que pretendía originalmente dar a conocer ciertas anomalías en el concepto de movimiento relativo. Para muchos significaba el futuro por desvelar junto con la mecánica cuántica. Pero para otros, también muchos, se trataba -y se trata- de una simple obra teórica que no sirve de nada y que, además, aun no ha sido comprobada realmente.

Como ven, todo es relativo. “Pon tu mano sobre una estufa caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica bonita durante una hora y te parecerá un minuto. Eso es la relatividad”. Así explicaba, de manera muy gráfica y sencilla, el mismo Einstein su aportación a la ciencia.

Y el mundo del toro, naturalmente, no podía quedar fuera de esta relatividad. Todos se quejan, todos nos quejamos, de que esto está muy mal, que todo son ataques, que nadie echa una mano, que no se ayuda lo suficiente, que esto se acaba... pero la realidad, tozuda como una mula, nos demuestra que los primeros que atacan -a su propio
negocio- son quienes precisamente deberían fortalecerlo y defenderlo - ¿qué hizo el taurinismo para defender Cataluña? ¿qué ha hecho para impedir que se acaben en la Coruña o Mallorca? Nada: en realidad les ha venido muy bien-; son también ellos los primeros que escurren el bulto cuando hay que echar una mano -no digamos si lo que hay que echar son euros...-, se esconden y meten la cabeza en un hoyo esperando que pase el peligro y que Dios provea.

Llegan estos días noticias de actuaciones y festejos celebrados en plazas americanas y se nos avisa e informa de los grandes triunfos y excelsas faenas llevadas a cabo por la mayoría de los diestros por allí actuantes. Unos éxitos que, si se examinan más de cerca y con algo más de objetividad que la ofrecida por medios y portales publicitarios, resulta que no son ni tantos ni tan extraordinarios, llamando la atención, por la categoría del protagonista, una supuesta tremenda actuación de una figura española en Méjico que, en realidad, lo fue ante unos animalitos a los que hay que denominar toros haciendo un gran esfuerzo.

Pero ya se sabe que el toro en América no es como el que se lidia en España y de siempre, y en buena parte por eso, los toreros del otro lado del Atlántico han tenido muchas dificultades para triunfar en plazas de esta orilla, y sirva como ejemplo, ahora que se cumple también su centenario, el caso del gran Silverio Pérez, “El Faraón de Texcoco”, una gran figura en Méjico pero que apenas pudo brillar en España. Y como él la mayoría de sus paisanos.

No son pocos los teóricos del toreo que alguna vez han dejado caer la posibilidad de que no sería mala idea el que el ganado español se fuese pareciendo al de allí, mucho más templado, pastueño y manejable. Pero, como dijo aquel otro gran físico, Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, no hay que tender a la igualdad, sino a una menor desigualdad. Otra vez nos damos cuenta de que todo es relativo.

Se cumplen cien años -cien años, un siglo, una eternidad- desde que Albert Einstein deslumbrase con su descubrimiento y parece que todo sigue igual y nadie ni se entiende ni se aclara. Ya lo dijo el propio
Einstein: “"Desde que los matemáticos han invadido mi teoría de la relatividad ni yo mismo la entiendo".

Y en esto del toro otro tanto. Lo que es bueno y positivo para el taurino es malo y decepcionante para el aficionado. Como escribió el filósofo holandés Baruch Spinoza, una misma cosa puede ser al mismo tiempo buena, mala, e indiferente. Por ejemplo, la música es buena para la melancolía, mala para los que están de luto, y ni buena ni mala para las personas sordas ¿O es una percepción mía y todo es según el color del cristal con que se mira?

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