inicio
Paco Delgado - 13/10/2016

Hace más o menos un siglo, Ramón y Cajal decía que la hazaña máxima del hombre sería la conquista de su propio cerebro, saber cómo funciona y, en consecuencia, corregir defectos y eliminar así muchos de los males que nos aquejan. Que no son pocos.

Pero más de cien años después ese reto sigue en pie. Se han conseguido avances pero lo que quería el sabio aragonés sigue sin solución. No sabemos qué pasa por nuestras cabezas. Y mucho menos por las de algunos ejemplares de raza humana que se comportan como no se sabe como qué. Porque lo de los animalistas que han dejado escrito en distintas redes sociales que quieren que muera un niño de ocho años por haber cometido el crimen de gustarle los toros es otro reto para la ciencia. ¿Qué hay en esas molleras? ¿De dónde sale tanto odio? ¿Cómo pueden pretender tanto mal para un ser humano quién se dice defensor de los animales? ¿No es ello una incongruencia mayúscula? ¿No es su planteamiento en sí y de raíz incongruente?.

Mucho antes que Ramón y Cajal, Jean-Jacques Rousseau en su novela Emilio o de la educación, publicada en 1762, dejó una afirmación que cayó en gracia y creó escuela: "El hombre es bueno por naturaleza", en su obra, el filosofo francés explicaba que los seres humanos no son buenos ni malos, el ser humano está orientado naturalmente para el bien, pues el hombre nace bueno y libre, pero la educación tradicional oprime y destruye esa naturaleza y la sociedad acaba por corromperlo. Y se apoyaba su tesis en la antropología judeocristiana, según la cual los seres humanos son creaciones de Dios, a su imagen y semejanza.

Aquella afirmación se oponía a otra idea, diametralmente opuesta, esgrimida el siglo anterior por Thomas Hobbes, según la cual el hombre, en cambio, era malo por naturaleza, pues siempre privilegia su propio bien por encima del de los demás, y, en un estado salvaje, vive en medio de continuas confrontaciones y conspiraciones, cometiendo crueldades y actos violentos para asegurarse la supervivencia.

Dudo que los anormales que han proferido esos exabruptos contra el pobre Adrián sepan quiénes son Rousseau, Hobbes ni Ramón y Cajal. Ni mucho menos que les hayan leído. Y eso que uno de ellos se dice osteópata, aunque más bien parece ser un psicópata que no puede estar ni un minuto más atendiendo a nadie. Y, en cualquier caso, son malos por naturaleza. Algo en su cabezas, bajo su pelo y osamenta craneal, está deteriorado, oxidado, roto. Tampoco creo que la sociedad les haya perturbado hasta ese punto de preferir la muerte de un chiquillo a la de cualquier animal. Y es cierto que hay personas que muestran patrones persistentes de actitudes negativas. Y estos mal llamados animalistas las exhiben muy a menudo, sin importarles hacer el ridículo y exponer al mundo su miseria moral, ya que sus iguales les jalean y no tiene otra expectativa que su grupo, es decir, que al igual que animalistas son animales y de ratas les tildaba Alfonso Ussía en La Razón. Y no ha sido el único que ha salido a replicar. Muchos han sido, distinguidos y anónimos, célebres y humildes, aficionados y profesionales, quienes se han rebelado contra esta salvajada y han dicho que ya está bien de consentir estos ataques impunes.

También, cuando se insultó la memoria del infortunado Víctor Barrio, se dijo que se iban a tomar medidas y castigar a los miserables que profanaron su muerte y su heroicidad y todo ha quedado en agua de borrajas. Como la aspiración de nuestro Premio Nobel de Medicina, que está aún por conseguir, mientras hay mentes averiadas que siguen escandalizando a la gente. Y haciendo daño.

 

  Votar:  
Resultado: 5 puntos5 puntos5 puntos5 puntos5 puntos   9 Votos

Próximos eventosmás eventos
Desde Hasta
© Gestor de contenidos Gestor de contenidos HagaClic

Email: redaccion@burladero.tv Tel. Redacción: 911 412 917 ext. 1
Email: administracion@burladero.tv Tel. Administración: 911 412 917 ext.2 Fax: 91 141 21 33
Publicidad: publicidad@burladero.tv


Prohibida la reproducción y utilización, total o parcial, de los contenidos en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización,
incluyendo su mera reproducción y/o puesta a disposición con fines comerciales, directa o indirectamente lucrativos.