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Paco March - 30/12/2015

La diferencia entre que te den una medalla o que te la pongas es que la primera opción supone recompensa a méritos contraídos y la segunda ejercicio de autocomplacencia. A Pablo Hermoso de Mendoza el Ministerio de Cultura le acaba de conceder la Medalla de Bellas Artes y  bien está.

Uno-  que en eso de las medallas siempre ha preferido la escena de "El Gran Dictador" en la que Chaplin se las va quitando a un general- piensa que el reconocimiento al rejoneador navarro no sólo es de justicia sino que llega en el momento oportuno, para él, el toreo a caballo y la Fiesta.

Para él,  porque aunque mejor hubiera sido la temporada anterior, en la que cumplía 25 años de alternativa, en el año que ahora acaba no sólo ha seguido manteniendo su primacía sino que lo ha hecho dejando tardes para el recuerdo y una de ellas, en la Feria de la Vendimia de Nîmes,  para la historia del toreo a caballo, al concederse el indulto al toro que con jinete y caballos hicieron que el Coliseo romano de Nîmes fuera marco de un cuadro de excepcional y emocionante belleza.

Y es que con Hermoso de Mendoza el rejoneo pasó a ser reconocido como toreo a caballo, consecuencia lógica de la magnitud artística alcanzada y que ha tenido después otros nombres que lo justifican. La irrupción del torero -sí, torero-  de Estella  marca un antes (de muy grandes rejoneadores) en el que la doma de alta escuela y clavar en los lomos del toro rejones, banderillas y adornos en buena cantidad y con precisión era el fin primero y último. Y un después, el del toreo  templado, en el que las cabalgaduras pisan terrenos inverosímiles, cara a cara caballo y toro y  ajuste en la reunión (al estribo). Se torea a caballo porque  hay derechazos, naturales o trincherazos con la grupa, el cite es- a veces- en corto, otras dando (el caballo) el pecho…

También para la Fiesta es buena la distinción. Que la Tauromaquia es Cultura- así, con mayúsculas- sólo lo discuten y lo combaten los necios, que, desgraciadamente, crecen, se multiplican y tienen poder. Pero es que además en el toreo a caballo intervine un factor añadido al del toreo a pie: el caballo, animal de una belleza que multiplica la natural del toreo. Por eso, en tiempos como estos, todo lo que suponga valorarlo bienvenido sea. Lástima, claro,  que ese Ministerio de la cosa cultural y el Gobierno de turno se queden en la Medalla sin ir más allá y eviten, Ley en mano, ataques, mentiras, agresiones y prohibiciones. Pero ese es otro tema.

A Pablo Hermoso de Mendoza la Tauromaquia le debe admiración artística y reconocimiento profesional. También suertes de su invención (la última, la hermosina, un prodigio) y aportaciones de diversa índole, entre las que destacaría dos: la supresión casi definitiva de las colleras, ese abominable ejercicio de humillación al toro y la aparición en los callejones de las plazas del cartelito con el nombre del caballo que en ese momento está en el ruedo, pues así el espectador puede identificar, hacer suyo, admirar, al que es  precisamente, el factor diferencial con el toreo a pie.

Ha querido el destino que entre finales del año anterior y el pasado agosto murieran los dos caballos esenciales de la cuadra de Hermoso de Mendoza, "Chenel" y "Cagancho". Si "Cagancho" fue la revolución, "Chenel" la elegancia y ambos la constatación de que  lo sublime se puede expresar desde distintas coordenadas pero siempre confluye en un punto: la emoción de la verdad hecha expresión artística y con la vida en juego.

A Pablo Hermoso de Mendoza le han dado una Medalla de Cultura y "Cagancho", su caballo cuatralbo,  sigue galopando, galopando…hasta enterrar en el mar a quienes niegan la belleza.

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