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Paco March - 27/05/2016

Las Ventas como pasarela. Las Ventas rojigualdas. Las Ventas y el emérito. Las Ventas y los brindis…

Todos a brindar al rey que reinó, más asiduo este año que nunca y el que no lo haga (caso de Talavante en su primera tarde) queda señalado (algunos le gritaron ¡comunista!). En cada uno de esos brindis la misma retórica de agradecimiento por tan egregia presencia como garante y defensor de esa Fiesta (Nacional, por supuesto) perseguida por los enemigos de España una, grande y libre. Y la ovación de la plaza para subrayarlo.

Junto al emérito, la hija que heredó (junto a otros bienes, claro) la afición del padre y la hija de la hija, tan contenta. En los tendidos de sombra y al sol que más calienta,  gente guapa (o no tanto, pero aparentan)  y rostros (iba a escribir caras) de la política, del partido gobernante, por supuesto.

El emérito, su hija, la nieta y los políticos están ahí guiados por su afición taurina, nadie lo duda (o sí) pero también (barrunto) buscando ( los políticos) una rentabilidad electoral entre aquellos que, como ellos mismos, asocian la Tauromaquia con una cierta idea de España.

Y ahí llevamos la penitencia. También, claro, con la inestimable colaboración de una izquierda que puesta a malbaratar su historia abjura de principios morales y culturales en los que la Fiesta de los toros se reconoce.

Pero, ya digo, de lo que se trata es de lucir palmito de esencias patrias mientras el taurinismo lo jalea : A la Infanta acaban de darle el Premio Nacional de Promoción y Fomento de la Tauromaquia, sin duda en reconocimiento a sus tardes venteñas (de gañote, que esa es otra y de tantos).

Ayer mismo, jueves, hubo (entre otras) dos noticias buenas y una mala en el discurrir de la tarde isidril  La mala tiene que ver con lo que pasó en el ruedo (que pudo ser peor en el caso de la tremenda cogida de Padilla) y las buenas con las resoluciones de los Ayuntamientos de Bilbao y Castellón en las que se rechazaron las mociones para un referéndum sobre la continuidad o no de las corridas de toros (en el caso de Bilbao )y la declaración de la capital de La Plana como contraria  a los festejos taurinos. Dos batallas (de momento) ganadas en una guerra cada vez más virulenta y extendida, a las que sumar el anuncio de que José Tomás estará, para revitalizarla ,  en la Semana Grande donostiarra, sobre la que pende la amenaza de lo rechazado en Bilbao. Caso significativo este, por cierto, pues los mismos que en Bilbao  votan en un sentido, en San Sebastián dudan o lo hacen a la inversa.

Más. La Presidenta de la Comunidad de Madrid entregó a José Tomás el Premio de Cultura que el torero de Galapagar recogió para, en fidelidad a sus palabras al hacerlo " nadie puede tener libertad sin tener cubiertas sus necesidades básicas", entregarlo a causas sociales. Bien están los premios pero también hay que subrayar que la Comunidad de Madrid recibe pingües ingresos en concepto del canon de Las Ventas,  lo que le otorga un deber administrativo y moral (sí, moral)  para con la Fiesta que en ocasiones queda en entredicho.

No parece que brindar toros al rey emérito (que, por cierto,  lo es por decisión propia que tiene que ver con la edad, la salud y, también, por una acumulación de escándalos de gran repercusión social) o que los sonrientes rostros de políticos de un partido que día sí día también suma "supuestos" delincuentes en sus altos cargos, sean los argumentos y las armas idóneas para afrontar el desafío anti. Todo lo contrario, me temo.

El desapego de la sociedad con la Fiesta es tan evidente que sólo los necios y/o los mercaderes se niegan asumirlo y combatirlo con otras formas y desde otros ámbitos. Si a eso le sumamos (basta asomarse al vértigo de las redes sociales o escuchar casposos y grandilocuentes juicios de profesionales, comunicadores y aficionados sabelotodo) la incapacidad manifiesta por salir de un caverna en la que muchos parecen sentirse en su salsa, el panorama es como para echarse a temblar y guardar la memoria de lo vivido como único consuelo.

Y consuelo no es, sino todo lo contrario, que ese Tribunal Constitucional cuyos tiempos ( y resoluciones me temo que también) los marca el poder político (en manos de los supuestos defensores/salvadores de la Fiesta) lleve cinco años cinco sin pronunciarse sobre la ilegalidad de la prohibición catalana.

Aunque sólo fuera por aquello de la victoria moral. 

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