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Paco March - 19/11/2015

Hubo una vez una Barcelona abierta, que vivía y dejaba vivir, ejemplo de libertades incluso cuando estas eran negadas y perseguidas. En aquella Barcelona que lenta, inexorable y tristemente se está perdiendo también había corridas de toros, hasta en tres plazas a la vez.

En esa Barcelona y en pleno barrio chino (antes Distrito V , ahora Raval ), en 1929, Leopoldo Gil, turolense y ferroviario de la CNT, fundó en la calle Aurora el precedente de lo que siete años y días antes de aquel negro 18 de julio de 1936, sería, hasta ahora, Casa Leopoldo. Hasta ahora porque su nieta Rosa ha dicho basta.

Rosa Gil se puso al frente de Casa Leopoldo en los noventa, tras la muerte de su padre German Gil “El Exquisito”, torero de postguerra en campos de Salamanca para huir de los campos de concentración. Según cuentan quienes le trataron , pocas veces un apodo responde con tanta fidelidad a la persona, a la personalidad.

Rosa siempre ha sido, sigue siendo (pese a la aparente derrota que supone el cierre de Casa Leopoldo, al menos como hasta ahora lo conocimos) una mujer echá p’alante. Se casó con José Falcón, torero portugués de recio valor y el matrimonio duró sólo ocho meses pues el 11 de agosto de 1974 cayó mortalmente herido por el toro “Cuchareto” de Hoyo de la Gitana , siendo así el último torero muerto en la Monumental de Barcelona.

José Falcón se había establecido en España huyendo de Portugal pues (aconsejado por Rosa ) y pese a que estaba prohibido, había matado un toro en su país, en festejo mano a mano con Amadeo dos Anjos. Tomó la alternativa en 1968 y hasta la fecha fatídica de Barcelona, su carrera estuvo marcada por la entrega, el valor, los percances y el mal trato de las empresas.

Por Casa Leopoldo han pasado putas y militares, obreros e intelectuales, falangistas y comunistas.

Allí acudía diariamente a comer (siempre con una puta distinta) y escribir su novela “Al margen”, André Pierre de Mandiargues. En sus mesas se sentaron Lorca, Dalí, Buñuel, cupletistas, hombres de negocios, políticos, músicos, futbolistas, toreros…

Pero, sin duda, fue Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho quien lo puso en las guías turísticas y gastronómicas.

Vázquez Montalbán devolvió a los rojos el placer de comer bien sin tener que justificarse y Casa Leopoldo fue su templo.

En Casa Leopoldo , por ejemplo, el pescado era el que, diariamente, se compraba en el vecino Mercado de la Boquería, cuando la Boquería era mercado y no carne de selfie. Sus recetas, sus platos, herenciade la antigua casa de comidas, la del abuelo Leopoldo en la sala y las mujeres en la cocina. Rosa siempre estuvo arriba, entre las mesas, con los clientes.

Allí, en un rincón de uno de los salones decorados con fotografías y carteles de toros (últimamente menos, por cierto, signo de los tiempos), la mesa de Vázquez Montalbán (con su foto en la pared, acompañado por Eduardo Mendoza y Juan Marsé) objeto de deseo a la hora de hacer la reserva por parte de los más fetichistas.

Y allí, también tertulias organizadas semanal, mensualmente, por grupos de habituales, para hablar de todo, en celebración lúdica de amistad y conocimiento. Una de las que duró hasta el final, la de “La lamentable peña”, con crítico teatral, escritor, periodista, abogado y hasta un maestro chocolatero entre sus componentes.

Traigo aquí, a este portal taurino, a Casa Leopoldo, en recuerdo y como homenaje pues fue durante años lugar de encuentro taurino en la ciudad ahora de la prohibición. Los aficionados, de aquí y de otras geografía taurinas, acudían a Casa Leopoldo por su gastronomía y porque allí la conversación estaba arropada por la historia, el ambiente. En Casa Leopoldo el toreo se sentía, se olía, se escuchaba. Y se saboreaba en el estofado de rabo.

Pasaron todos, toreros, apoderados, ganaderos, empresarios (el viejo Don Pedro fue gran amigo del abuelo Leopoldo), periodistas, aficionados. Estos, por ejemplo, en su mensual “Tertulia del Tendido 2”.

Rosa cierra Casa Leopoldo mientras el barrio se llena de burgers, kebabs y dudosos restaurantes sin historia. Frente al local ahora cerrado, a Vázquez Montalbán le dedicaron una plaza que el bueno de Manolo hubiera detestado en vida.

Casa Leopoldo, el signo de los tiempos. ¿Qué tiempos?

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