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Paco March - 19/02/2016

La memoria sentimental crece en el alma y se guarda en el corazón. Desde ella nos reconocemos en lo que somos y con ella avanzamos por la vida, nada que ver con la nostalgia paralizante.

Los toros (hoy en la picota) y el boxeo (casi en el olvido), son esencia  de la memoria sentimental de quien esto firma. Advertido queda pues el lector de lo que sigue.

En la España de las dos décadas entre los cincuenta y setenta del anterior siglo (también antes, con Paulino Uzcudun e Ignacio Ara como grandes nombres del boxeo nacional), las veladas boxísticas llenaban pabellones y los boxeadores eran ídolos de masas. Lo mismo ocurría con la tauromaquia.

La crítica taurina y la especializada en boxeo contaban con grandes nombres. De aquella, quien más quien menos que se haya acercado al toreo conoce nombres relevantes, por eso me detengo en la del deporte de las doce cuerdas y en ella subrayo dos nombres ilustres de la época mencionada (después vendría Julio César Iglesias y, también, desde otros ámbitos, José Luis Garci): Néstor Luján y Manuel Alcántara.

Resulta llamativo que ambos, auténticos maestros del periodismo  entre sus múltiples facetas literarias,  fueran (Alcántara aún vive) grandes aficionados taurinos, que en el caso de Luján (gastrónomo avant la lettre ) se plasmó en obras como su imprescindible "Una historia del toreo"(1954).

Si a los toros acudí (como tantos y tantos) primero en brazos y luego de la mano de mis padres, para después ya no dejar de hacerlo, la relación con el boxeo lo fue más desde la distancia, aunque en alguna ocasión, ya en la juventud,  acudía a los combates que se daban en el Price y el Palacio de los Deportes de Barcelona y, eso sí, no me perdía ninguno de los que la televisión única y española tenía a bien retransmitir, que no fueron pocos. Como también las corridas de toros, claro.

Eran los años, junto a púgiles norte o latinoamericanos, también ingleses, húngaros, italianos, como el grandioso Cassius Clay (lo de Muhammad Alí vino después y no fue lo mismo), Georges Foreman, Henry Copper, Carlos Monzón, Mando Ramos, Nino Benvenutti, Lazslo Pap…en los que brillaban  españoles  como Fred Galiana, Luis Folledo (nacido en el barrio madrileño de Ventas y que toreó con caballos en la plaza de Carabanchel) o Ben Alí, definales de los cincuenta e inicios de los sesenta,  a los inmediatamente posteriores Miguel Velázquez, Pedro Carrasco, Juan Albornoz "Sombrita", Tony Ortiz, Dum Dum Pacheco o Pepe Legrá, aquel peso pluma cubano que llegó a España en 1963 de la mano de Kid Tunero con su boxeo que mucho tenía que ver con el de Clay ( al margen del peso), alegre, desafiante, de constante juego de piernas y deslumbrante capacidad para esquivar los golpes. Después vendrían Urtain y Perico Fernández.

Eran deportistas que llegaban desde las clases populares y el pueblo les hacía suyos. Igual sucedía con los toreros.

Los medios de comunicación, queda dicho, dedicaban al boxeo y los toros el trato que en justicia correspondía a su categoría como espectáculos de masas (sí, el boxeo llegó a serlo) y los intelectuales de la época no les hacían ascos, sino todo lo contrario.

 Podrido por dentro, en manos de mafias, cada vez más alejado de su esencia como "noble arte",  el boxeo fue perdiendo presencia social hasta convertirse en un apestado. La prensa y, a partir de ella, la opinión pública, utilizó su peor imagen para  al poco, pasar a ignorarlo. Sólo una muerte en el cuadrilátero le daba presencia. Las innegables sombras del boxeo ¿acaso sólo las tiene el boxeo? ocultaron su belleza, le alejaron de la cultura y le marginaron de la sociedad.

El pintor Eduardo Arroyo, amigo del alma de Eduardo Urculo,  otro gran artista y amante del boxeo, muy presente en su obra, hablaba así hace un par de años con motivo del décimo aniversario de la muerte de Urculo: "Dejaron morir el boxeo como están haciendo ahora con los toros, aunque espero que esta disciplina tenga un poco más de éxito y pueda sobrevivir".

Difícil está el deseo de Arroyo.

Los nuevos mandarines de la cultura, obedientes a un puritanismo “de izquierdas” que se cisca en la cultura popular, ya han bajado su pulgar imperial para dictaminar el fin de la tauromaquia , ante la pasividad de palabra y obra de un sector incapaz primero de prevenir y luego de reaccionar.

Un sector que aplaude desaforado,   como su nuevo mesías,  a Andrés Calamaro,  un argentino - vaya hombre, como Anselmi-  al que le ha  bastado seguir unas cuantas corridas de postín en los callejones de las plazas, para convertirse en abanderado de la causa. Se le agradece, faltaría más, pero...

El boxeo, en España pero no solo, es residual, casi una rareza que asoma de vez en cuando para operaciones de márketing bautizadas como "combate del siglo". El toreo aún está a tiempo , tic tac, tic tac, primero de frenar, luego de revertir, una deriva amenazante.

Aquel boxeo ya no volverá, pero nadie podrá borrarlo de mi memoria.

Como en mi memoria siguen las tardes de toros en Las Arenas. Y en la Monumental, que cumple un siglo, sola y cerrada.

 

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