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Paco March - 11/01/2016

"No es tiempo de cobardes", fue una de las cosas que, flequillo al viento, dijo discurso de investidura el nuevo presidente-astronauta (esto último, su sueño de juventud) del Gobierno de Cataluña.

Pues de cobardía vamos a hablar.

El nuevo presidente-astronauta de Cataluña formará nuevo gobierno en las próximas horas y se da como seguro que en él estará (ya lo estaba hasta ahora, como Conseller de Medio Ambiente) Santi Vila, que fue alcalde de Figueras.  Ahora, Santi Vila será-dicen- Conseller de Cultura

Santi Vila se reconoce públicamente aficionado a los toros, una afición que tiene que ver con la tradición taurina de su tierra natal, la provincia de Gerona que, como explicaba hace unos días el periodista Joan Colomer en un acto organizado por la Federación taurina catalana, tuvo su auge (Olot al margen) en las décadas de los sesenta y setenta en las plazas de poblaciones de la Costa Brava, de Sant Feliú de Guixols a Lloret de Mar, pasando por Tossa y, claro, desde luego, la capital,  Gerona.

Santi Vila conoció y se aficionó a  la fiesta de los toros, en su tierra, en sus años de niñez y adolescencia, precisamente aquellos que marcan (no sólo en lo taurino, claro) en gran medida la personalidad . Santi Vila, que-dicen- será el nuevo jefe de lo cultural en Cataluña, pudo, en esos años decisivos, saber y, en consecuencia, elegir, algo que bien se encargó el Gobierno y el partido al que pertenece y ha hecho carrera,  en negar a los niños y adolescentes de Cataluña, prohibiéndoles su acceso a las plazas de toros durante los años previos a que esa prohibición, esa negación de libertades esenciales, llegara también al resto de la población.

Santi Vila iba a los toros, cuando en Cataluña los toros no estaban prohibidos, y también a Ceret, en lo que llaman Cataluña Norte. A Ceret, apenas  a 40 km de Figueras, hora y media desde Barcelona, acudía (como hacían y siguen haciendo muchos catalanes) Vila a ver toros, entre senyeras (no esteladas) , música de cobla, Santa Espina y Segadors y areneros con barretina. Y, desde el tendido, podía ver una  pancarta que preside cada tarde de toros en Ceret, con la imponente silueta de la Sierra del Canigó recortada al fondo: catalanes y aficionados.

El partido de Santi Vila, Convergencia Democrática de Cataluña, con su fundador , el conocido patriota Jordi Pujol al frente (del partido, del “país) tuvo desde el primer momento (inicio de la década de los 80 del anterior siglo) el objetivo de ocultar, negar y, llegado el caso, prohibir todo aquello que remitiera a España. El toreo, por ejemplo.

Y se entregaron en cuerpo y alma  a la causa (cuando otros asuntos más prosaicos y delictivos lo permitían). Prohibieron las plazas portátiles;  la entrada- ya decíamos- de menores;  manipularon, mintieron y silenciaron sobre y de la cuestión taurina desde los medios de comunicación que controlaban/siguen controlando (casi todos); se pusieron al servicio de grupos animalistas (sic) de oscura (por evidente) financiación hasta,  la culminación en julio de 2010 con la prohibición ¿definitiva? de las corridas de toros en Cataluña. Siempre nos quedará Ceret…

Ocurre que en marzo de ese año,  sólo cuatro meses antes de tan infausta fecha, la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña, entonces presidida por el recordado Luis Mª Gibert, entregó, en su decimosexta gala anual, los premios Pere Balañá Espinós,  que reconocían a destacados profesionales, aficionados y entidades taurinas. Y uno de ellos fue a manos de Santi Vila.

Compartió premio Santi Vila con Albert Rivera, el dirigente de Ciudadanos, entonces aún un partido embrionario. "Premio a la defensa de las libertades", nada menos.

En su discurso, recuerdo, Santi Vila , además de agradecer la distinción, invocó a su afición por los toros desde recuerdos de juventud y se comprometió  (el premio obligaba a ello) a seguir aportando en cuanto estuviera en su mano para evitar lo que ya estaba en el horizonte inmediato: la prohibición.

El día de la votación de la Ley que prohibió el toreo, Santi Vila, desde los escaños de CiU, apretó el botoncito del no, aunque ya todos sabían que la suerte estaba echada (su partido, con  la complicidad socialista, bien se ocupó de ello), con lo que ese gesto no era más que (en término taurino, como tantos otros, curiosamente, muy utilizado en política) un brindis al sol, sin mayor trascendencia.

Consumado el liberticidio, Santi Vila, cobardemente, siguió en el partido (“altas tareas “lo exigían), en la alcaldía de Figueras,  hasta llegar a Conseller, primero de Medio Ambiente y ahora- dicen- de Cultura.

Así las cosas, nada cabe esperar de su gestión al frente de dicho departamento-  llegado el caso- en lo que se refiere a la Tauromaquia, incluso si el Tribunal Constitucional se pronuncia de una p…vez, porque ya han avisado, él y lo suyos, que se lo pasarán por el forro.

¿Defensa de las libertades?. ¡Amos anda!

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