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Paco March - 19/08/2015

La meteorología, en Donosti, es cambiante, también en agosto. A una mañana de sol , con la Zurriola, la Concha u Ondarreta tomadas por miles de personas, se suceden a menudo tardes en las que el cielo se cubre de nubes y ¡agua va!. Ocurrió si ir más lejos en la corrida del reencuentro de la ciudad con la fiesta de toros, tras dos veranos sin ellos, cuando un largo chaparrón minutos antes del comienzo empapó las mejores galas de quienes hacen de la corrida acontecimiento social y también de los que no tanto o nada. Entre unos y otros, dos tercios de aforo, unas siete mil personas, entre ellas el ex rey y parte de su familia en el callejón. Que no se llenase Illumbe (unos los escriben con m, otros con n) supuso una relativa decepción dadas las circunstancias pero de eso a considerarlo un fracaso de convocatoria va un trecho sideral. Porque ¿qué actividad o espectáculo, de pago, en Semana Grande, lleva a esa cantidad de público, con ligeras alteraciones al alza o la baja en cuatro días consecutivos?. Otra cosa será que de cara al próximo año, con mucho más margen de tiempo en la organización, algunas cosas se puedan hacer de distinta forma, por mucho que, a nivel de márketing, hay que aplaudir el innovador mensaje y, especialmente, los carteles anunciadores con cuatro variaciones sobre el mismo tema francamente atractivas.

Sobre la presencia de la familia real, anunciada ya días antes, mientras unos la aplauden otros la consideran inoportuna y, más aún, contraproducente. Apúntenme entre éstos.

Los que pagaron y la familia real dentro del recinto y, fuera de él, un par de centenares en un kafkiano batiburrillo de consignas republicanas, independentistas y animalistas, coincidentes, eso sí, en los insultos al toreo, los toreros y los aficionados. En los tres días siguientes la protesta(sic) consistió en que unos pocos se sentaron o tumbaron ante las puertas de acceso leyendo (o haciendo que leían ) libros de todo pelaje, en ridícula performance que – supongo- pretendía evidenciar su superioridad intelectual sobre los aficionados que con serena perplejidad y entrada en mano pasaban entre ellos. Ni que decir tiene que entre las lecturas de esos guardines de la cultura y las buenas costumbres no estaban ni Bergamín, Alberti, Hernández o Lorca, tan fachas y sanguinarios ellos.

De lo que ocurrió en el ruedo cumplida información se ha dado. Invita a la reflexión que en ninguno de los cuatro festejos hubo alguna salida a hombros pese a la proverbial generosidad y buen talante del público donostiarra y que los triunfos tuvieron una dimensión menor, en la que mucho tuvo que ver un ganado que, salvo en la corrida de Victorino, estuvo en el límite de `presentación para una plaza de primera categoría y al que tampoco (salvo escasas excepciones) le sobró ni fuerzas ni casta, antes al contrario. Se anunciaron las principales figuras con los hierros apetecidos y con los victorinos tres diestros de gran interés, pero por unas u otras razones (las apuntadas, las primeras) lo cierto es que en el ambiente flotaba una sensación de pequeño desencanto, apenas sacudido por determinados toreros, los que cortaron oreja y los que por el fallo a espadas se quedaron sin premio. Entre ellos, Morante de la Puebla, al que se le valoró más (para menos) un pinchazo antes de la estocada que una faena genial.

Cuando tantas ciudades y plazas ven su presente e inmediato futuro de negro y azabache ( Barcelona, ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo y aún con esperanza) que la Semana Grande donostiarra recupere las corridas de toros es la mejor de las noticias. Sería ese claro, ese sol del toreo, que se abre paso entre los amenazantes nubarrones alimentados tanto por la intolerancia, la mentira y la manipulación de unos como por la torpeza, inacción, cobardía, cortas miras y- también-demagogia (de distinta adscripción pseudoideológica) de los otros.

Pero, siguiendo con el símil metereológico, las nubes vienen a cuento , no sólo en San Sebastián, de ese sistema taurino que mientras , con toda razón, reclama respeto, sigue moviéndose desde premisas que devalúan la auténtica razón de ser de la Tauromaquia a estas alturas de la Historia. La reciente carta abierta de Sebastián Castella, la posible convocatoria de una gran (todo es gran hasta que los hechos lo desmienten) manifestación y otras iniciativas similares están muy bien pero no bastan si no se trasluce al lenguaje de los hechos, en el ruedo.

Las terribles y recientes cogidas de Francisco Rivera Ordóñez y Saúl Jiménez Fortes (lo que está ocurriendo en los festejos populares es preocupante harina de otro costal) son la (última, pero no desgraciadamente las últimas) prueba de la dicotomía del toreo, entre la gloria y la tragedia. Es duro pero eso es lo que le engrandece, como también a los hombres que se visten de luces y ponen la vida en el trance. Por ello es aún más urgente que tales valores no se perviertan o queden demasiadas veces en entredicho, con la sombra de la duda.
Luces y sombras, nubes y claros. En Donosti tras la tormenta salió el sol, pero la inestabilidad sigue instalada sobre la piel de toro.
 

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