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Paco March - 14/08/2015

Lo que son las cosas, ir a los toros se ha (lo han) convertido en un ejercicio de libertad. Y es así porque, empeñados como están en acabar con ellos (con las corridas, digo) los que en nombre de la libertad animal (sic) se ciscan en la libertad del humano, cada tarde de toros, en cada plaza, en cada pueblo, en cada ciudad de este “país de todos los demonios” (Gil de Biedma) es una afirmación por la libertad, de todas las libertades, la del toro incluida.

Cayó Barcelona (“si Barcelona cae…”, escribía en su momento, recordando al gran César Vallejo), ganaron ellos y su loco frenesí prohibicionista ya es un fantasma que recorre el mapamundi de la tauromaquia. Donosti fue su siguiente objetivo y con la complicidad de Bildu y la habitual dejación del sector, el mismo año (2012) en que La Monumental se cerró al torero, Illumbe vivió su última corrida, aquel 17 de agosto. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Cataluña, lo que allí (escribo mientras desde la ventana contemplo los fuegos artificiales en La Concha) fue Ley aquí sólo resultó una alcaldada con fecha de caducidad: las elecciones municipales del pasado mes de mayo. La nueva mayoría, más el trabajo sordo de los herederos de Manolo Chopera y las resistencia taurina donostiarra han devuelto a la ciudad lo que durante más de un siglo fue la seña de identidad de su Semana Grande, creada precisamente a partir de las corridas de toros.

No se llenó Illumbe (y hubiera sido lo deseable) pero la ovación con el público en pie durante todo el paseíllo fue un canto a la libertad, que se repitió antes de la salida del primer toro como agradecimiento a la terna por estar allí. El público de toros es lo que tiene, no se parece a ningún otro, por sensibilidad (sí, sensibilidad), respeto y natural disposición a emocionarse
Que en uno de los amplios palcos del callejón estuviera el anterior Rey y parte de su familia (con la inevitable consecuencia de los brindis de la terna) invita a distintas lecturas.

Y como este es un artículo de opinión ahí va la mía: insistir en legitimar la Fiesta de los toros desde los viejos clichés no sólo no ayuda sino que se vuelve a la contra. Y no lo digo ( o sí ) por la pocas decenas de manifestantes que a las puertas de Illumbe vociferaban bandera tricolor e ikurriña en ristre. Sino por el empecinamiento en seguir identificando toreo con España una, grande y libre.

Que al ex Rey o a alguno de su familia le guste los toros está muy bien y libres son de ir a las plazas, pero dudo mucho que su presencia contribuya a parar ataques. Antes al contrario.El discurso identitario es tan nefasto (no sólo taurinamente) en un sentido como en otro.

Pero, en fin, la buena nueva es que mientras por la piel de toro se cierran cosos, en San Sebastián se recupera Illumbe. Ahora sólo falta que en los tres festejos siguientes la gente responda, los toros embistan y los toreros estén a la altura de su bien ganado cartel. En Illumbe la corrida se vivió con normalidad (mención hecha del emocionante paseíllo) y ahí está el meollo del asunto.

Ir a los toros es tan legítimo y debería ser tan normal como acudir al fútbol, al cine, al teatro…sin que, a las puertas de las plazas, te llamen asesino, fascista y otras lindezas, que también se repiten en distintos medios de comunicación con una impunidad asombrosa en un estado de derecho.

Mientras no sea así, cada tarde de toros, en cualquier plaza, continuará siendo, además, un hermoso ejercicio de libertad.

Y La Monumental mira a Illumbe..
 

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