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Paco March - 09/10/2015

Nadie recoge firmas por ella, ni editorializa en los medios taurinos, ni se menciona en twitter, ni, por supuesto, recibe un mísero euro de instituciones públicas o privadas. Parece como si la Escuela Taurina de Catalunya (ETC)- que de ella trato- no existiese, pero no de ahora sino desde que un grupo de románticos, con el aficionado Luis Alcántara a la cabeza y profesionales ya retirados como Manuel Salmerón o Luis Cantero entre otros, tiró para adelante con la idea. Fue en la mañana del 20 de febrero de 1999 en la plaza de toros de Girona (cuando en Girona había plaza, cuando en Catalunya había toros), hubo becerras de Caridad Cobaleda regaladas por Manolo Martín y luego, ensábado y domingo,dos novilladas picadas también obsequio del propio Martín (por cierto, el mismo al que algunos siguen cargando el mochuelo del principio del fin).

Como muy bien detalla en su libro “Catalunya taurina” (Ed. Bellaterra 2010) el torero catalán Raúl Felices, empeñado en rescatar del olvido y la manipulación la historia de la tauromaquia en Catalunya y Baleares, los primeros alumnos (Serafín Marín entre ellos) entrenaban en la montaña de Montjuic y, al poco, pudieron hacerlo en un campo de fútbol de L’Hospitalet(ahora están en Badalona, sobreviviendo).Al final de la temporada 2009, la Escuela, sus alumnos, se presentaron en la plaza de toros de Tarragona (cuando en Tarragona había plaza- ahora, para los castellers- y en Catalunya había toros).

El 16 de abril de 2000, la Monumental de Barcelona (cuando en la Monumental se daban toros y no “grandes corridas culturales” de música, shopping y gastronomía, cuando en Catalunya había toros)abrió sus puertas para una novillada sin picadores con alumnos de la Escuela, algo que no había ocurrido en tres décadas y en Las Arenas (cuando en Las Arenas había toros y no era un platillo volante consumista, cuando en Catalunya había toros).

Por la ETC (hermanada desde 2010 con la Escuela de Nîmes) , que ahí sigue, en la lucha (buscando tentaderos para los chavales a cientos de kilómetros) , sin que la miren ni, como al coronel del cuento de García Márquez, le escriban, han pasado , entre otros muchos, el ya citado Serafín Marín (algo así como el buque insignia) , Jiménez Caballero, Raúl Cuadrado, López Díaz, Enrique Guillén, Cristian Alemany, el reciente matador Jesús Fernández y un novillero de la proyección de Abel Robles.

Alemany, Fernández y otros como El Rosaleño, compartieron cartel en abril de 2002 con la también alumna de la Escuela, Elisabet Piñero que resultó herida de consideración y asombró por su valor y buenas maneras, lo que confirmó con creces en su debut con caballos, dos años después, alternando en festejo mixto con Sánchez Vara y Andrés Sánchez, causando tal impresión que el crítico de La Vanguardia, Antoni González llegó a escribir que con el toreo de la novillera de Mataró “surgió la magia”, por su valor, duende y un temple inusual que “alimentan la esperanza”.

Mujer, catalana, torera, demasiados inconvenientes que acabarían con el (corto) paso del tiempo por hacer renunciar a su sueño a la joven Elisabet .

La tradición de Escuela Taurinas viene de lejos en Catalunya. La primera fue idea del banderillero Antonio Alsina quien, entre 1909 y 1914, impartió sus clases en el solar entre dos calles próximas a la Plaza España.

Mediado el siglo, el periodista José María Villapecín fundó otra escuela, dirigida por el banderillero Andrés del Campo, que tuvo Las Arenas como lugar de encuentro y en ella ese inició el gran Joaquín Bernadó.

También por esos años cincuenta y hasta el inicio de los setenta fue muy `nombrada la escuela creada por el matador eibarrés Pedro Basauri “Pedrucho”, popular en la Barcelona de la época por su porte y cortesía . Las clases no tenían un lugar fijo, de Las Arenas a Montjuic, pasando por el campo de fútbol de la barriada de San Martí. Y hasta allí iba en ocasiones el mismísimo Pedro BalañáEspinós, atento a matadores como Fermín Murillo, José Mª Clavel, el citado Bernadó, Luis Barceló, Enrique Molina y muchos banderilleros.

Hubo más escuelas (enumera Raúl Felices), en distintos barrios de Barcelona y en ellas estuvieron Enrique Patón , Roberto Espinosa, Manolo Amaya y, entrados en los ochenta, impulsada por el Club Taurino de L’Hospitalet y el popular mozo de espadas Miguel Marcos, se creó en dicha ciudad una pequeña escuela dirigida por el banderillero Rafael Ataide “Rafaelillo”.

Llámenle surrealismo, pero que en la tierra en la que la política y los mercaderes consiguieron cobrar su primera pieza contra la Tauromaquia; siguen (muy) activas, entidades y peñas taurinas (esas que, sistemáticamente, ignora la pomposa Real Federación Taurina de España en sus anuales premios Cossío) ; la Federación de Entidades Taurinas de Catalunya ( que sigue el camino marcado por Juan Segura Palomares y recordado Luis Mª Gibert) que las agrupa, genera actividad constante ( y la que vendrá, incrementada en cuanto se pronuncie el TC, otro que tal) y la Escuela Taurina, que en 2012 recibió el aire (económico y moral) de la solidaridad de José Tomás, insiste en formar toreros para un futuro más incierto que nunca, sólo se explica desde esos inescrutables parámetros que nacen del irrenunciable derecho a ser uno mismo. Y plantar cara a quien lo quiera impedir.

Y, por todo eso y más, lo escribo.
 

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