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Paco March - 20/10/2015

Uno empieza ya a estar harto- dicho sea con todo el cariño- de mirar a Francia y aplaudir. Hablo de toros, claro.

Mientras aquí, en la racial España, la de la Fiesta Nacional y olé, la de la Tauromaquia en FP (ese Gobierno, tan ocurrente, tan inoportunamente oportunista), acaba la temporada y estremece pensar en lo que pueda pasar en los próximos meses con el antitaurinismo galopante y unas elecciones generales por medio, en Francia, los embates taurofóbicos (que los hay y muy violentos) se combaten con la Ley y la buena gestión.

Pero es que, allí, además, no tienen reparo en reconocer al toreo en todas sus manifestaciones, eso sí, huyendo de la ramplonería casposa. Y lo hacen, por ejemplo, con altas distinciones.

Hoy se ha sabido que el director de cine Pablo Berger ha sido condecorado con la Orden de Las Artes y Las Letras, por su película “Blancanieves” rodada en 2012.

Berger es de Bilbao y poco o nada taurino. Sin embargo se embarcó en un proyecto en el que los enanos del cuento de los Hermanos Grimm se transmutaban en enanos toreros para recrear una fábula de enorme fuerza visual y superlativa carga emocional en la que la Tauromaquia, su verdad, juega papel principal.

Ambientada en la España de los años 20 del anterior siglo, un país en blanco y negro (el no color de la película) y en la que el gris apenas era un matiz melancólico, los toros , Joselito, Belmonte, llenaban no el ocio (en ese tiempo aún no se había “descubierto”) sí la vida de muchos, muchísimosciudadanos, de sombrero o gorrilla, de zapato acharolado o zapatilla de esparto. Y, con las corridas al uso y los festejos populares, también coexistían los espectáculos en los que se anunciaba a los “enanos toreros”, que desafiaban en el ruedo a toros , becerros o vaquillas, jugando con su propia tara física- sí- para deleite de los públicos, pero también desde el respeto al animal y así mismos.

En los nuevos tiempos de lenguaje y los usos políticamente correctos los enanos pasaron a ser “bajitos” y el toreo, en serio o en broma, condenable. Y desaparecieron los enanos toreros.

Pablo Berger los recuperó , aunque sólo fuera para una película que aquí tuvo éxito pero que en Francia lo multiplicó. Y por su calidad artística y la dificultad del reto asumido y ganado se lo reconocen con tan alta distinción.


Aquí no, aquí siguen en el empeño de encerrar a la Tauromaquia en un permanente gueto de irrespirable olor a naftalina, incapaces de explicar su auténtica grandeza (no la de pacotilla , soflamas y picaresca ) y dejándola abandonada a los bandazos de una clase política que la mira sólo para utilizarla.

Los contrarios, con su demagogia sin sustento argumental y los favorables sólo como uso partidario. De estos últimos hay dos ejemplos muy recientes que les delatan:

El gobernante (sic) Partido Popular haciendo- precisamente ahora- oídos al fantasmagórico Pentauro y la pretensión de incorporar estudios de Tauromaquia a la FP para aquellos que no superen la ESO, lo que de inmediato ha desatado la correspondiente reacción contraria, entre la hilaridad y el insulto.

Y el ascendente Ciudadanos, de perpetua ambigüedad taurina (como política) pero que hizo gala de aquello de “prohibido prohibir” cuando lo del Parlament catalán, ya saben, y que ahora en boca de su líder , interrogado por si prohibiría o no el Toro de la Vega, se delata: “hay que prohibir muchas fiestas regionales en España”. Me lo expliquen.

Pero, a lo que vamos. Pablo Berger y su “Blancanieves” torera, reconocidos y distinguidos en Francia, por el gobierno de París, lejos geográficamente del sur taurino pero muy cerca cuando del hecho cultural se trata.

En fin, habrá que seguir mirando a Francia.
 

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