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Paco March - 07/05/2017

Antonio Ferrera pide poetas, porque sólo desde la concisión poética se puede explicar lo visto en La Maestranza en la penúltima de una Feria de Abril que es ya (a falta del cierre con la de Miura) la Feria de Ferrera.

Dos años de oscuras tinieblas e incertidumbres que acabaron en los primeros días de marzo en Olivenza y que en Sevilla se han convertido en luminosa certeza. Dos tardes distintas, Victorino y El Pilar, en las que Ferrera ha opositado a la cátedra del toreo, sendas lecciones magistrales, de poder y entrega una, de temple y compás la otra.

De la de Victorino Martín se ha cumplido una semana y aún se recuerda, por lo que tuvo de verdad, de poso de torero cabal. De la de El Pilar… ¡ay de la de El Pilar!

Se alborota el corazón, se desasosiega el alma cuando, ante el teclado, buscas palabras para explicar la belleza. Sí, pura belleza el toreo alado de Antonio Ferrera. Con el capote, mecido, enroscado y con la muleta, caricia, pulso, cadencia, temple, mucho temple. Despacio todo, despacio, despacito...

Después de las verónicas del saludo,  que según se sucedían iban ganando en intensidad, con el torero dejándose ir tras la tela rosa apenas sujetada por las yemas de los dedos, llegó el quite. Sí quite, porque Antonio quitó al toro del mismísimo peto del caballo y lo hizo, sin solución de continuidad, con un farol que puso luz, más luz, sobre la luz sevillana. Y llegó otro y ya fue la locura. Pero quiso el destino jugarle una mala pasada a quien ya ha sufrido más de una y llegó en forma de lesión del toro en el tercio de banderillas.

En el Palco (tan puesto a caldo estos días, no siempre con razón y menos aún con respeto) hubo sensibilidad: para con el toro, que fue devuelto, y con el torero, que tuvo otra opción para el triunfo. Y la aprovechó.

La faena de muleta fue un prodigio, así, como suena. Porque prodigio es conducir las embestidas como si estas se sucedieran imantadas. El torero girando sobre los talones y el engaño ¿qué engaño, si todo era tan verdad? ante los ojos del toro que lo seguía como si sólo hubiera nacido para eso. Sí, el toro bravo nace para la corrida (algunos siguen sin querer enterarse), y al toro bravo se le torea, no siempre en divina forma, claro.

Antonio Ferrera toreó en Sevilla con la exquisitez de un orfebre, roto de sentimientos. A cada pase entregaba un pedacito de su ser más íntimo y quien lo contemplaba (incluso desde la distancia física y emocional del televisor) no tenía otra que dejarse llevar, paladear el toreo, gozar de aquella obra de arte que transcurrió en un crescendo de armonías, una sinfonía de claridad sonora.

Se rompió el hechizo por un momento a la hora final.Por dos veces el toro, ya ante su inmediato destino fatal, violentó la escena y se llevó a su matador por delante, afortunadamente sin otra consecuencia que dejar lo que iba para triunfo de clamor en una vuelta al ruedo que lo fue de agradecimiento mutuo: el del torero al público y el de éste a quien acababa de escribir, sobre el albero maestrante, uno de esos relatos que explican mejor que nada la vigencia del rito del toreo.

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