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Paco March - 07/10/2016

Si sólo el rumor luego no confirmado (y desmentido) de que, por fin, el Tribunal Constitucional iba a hacer público su fallo sobre la prohibición taurina catalana y, además, en sentido favorable a su derogación, ha generado reacciones, a favor y en contra (sobretodo estas), tan airadas (eufemismo que no hace justicia a su virulencia y magnitud), no quiero imaginar la que se avecina si, como parece, en un par de semanas ( o cuando sea) ya es oficial.

Sin gobierno ( o en funciones) España y con un Govern catalán instalado en el deliro secesionista, todas las resoluciones del Alto Tribunal que tienen que ver con Cataluña (que son las más, instalados como están unos y otros en perpetuos desafíos) provocan de inmediato el efecto (quizás buscado) acción-reacción y, el de los toros, es un tema que, debiendo ser menor, desata pasiones incontroladas.

En Cataluña, ya saben, llevamos seis años de prohibición y cinco sin toros (descontando el año de gracia que sus graciosas señorías nos concedieron), un tiempo en el que la política catalana ha emprendido un viaje a ninguna parte a partir de una hoja de ruta (así les gusta llamarlo, qué cosas) en la que el meollo del asunto está en la desconexión (independencia, o sea) del Estado español, presentado como una casa del terror de la que salen todos los males que nos afligen. Y, siendo así, reforzando hasta límites enfermizos una obsesión que, astutamente, empezó a larvarse en los primeros años del pujolismo, las corridas de toros (sí, la corrida, que no los correbous, que ellos, como los del anuncio, no son tontos) no sólo quedan fuera de esa Historia reinventada  a conveniencia sino que, en sí mismas, se identifican con muchas de las maldades de los "opresores".

Si, como decimos, el hecho taurino en Cataluña ya venía padeciendo el hostigamiento continuo (prohibición de plazas portátiles, prohibición de entrada de los menores, declaraciones municipales...) de políticos y medios de comunicación al servicio del poder, a partir de la prohibición la losa de silencio sobre él (apenas rota por- hay que decirlo- La Vanguardia) sólo se levantaba para informar (sic) de la cada vez más efervescente actividad de los antis, aquí unas agresiones en un correbou, allá el Toro de la Vega.

Pero, a la vez, la resistencia taurina en Cataluña (no siempre acompañada, a menudo ninguneada, criticada incluso  por "los nuestros" en el resto de España) no sólo se mantuvo firme sino que sacó adelante , por empecinamiento personal del entonces presidente de la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña FETC, el recordado Luis Mª Gibert, una ILP taurina que recogió seiscientas mil firmas en todo el territorio nacional  (un tercio de ellas en Cataluña) y que en su tramitación parlamentaria convirtieron ( precisamente los que decían apoyarla) en otra cosa que, visto lo visto luego en otras comunidades y ayuntamientos, poca eficacia disuasoria ha tenido. 

Eso sí, en 2012 se creó una rimbombante Comisión de Trabajo para el Fomento y Protección de la Tauromaquia de la que, salvo alguna reunión, comida de trabajo y presencia en los callejones de las plazas nunca más se supo. Por el contrario, desde la UCTL (que tanto colaboró en el proceso de la ILP) se ha seguido trabajando y más recientemente la Fundación del Toro de Lidia está propiciando iniciativas en diversos ámbitos,  la más reciente de las cuales, la presentación hace tres semanas ante el TC de veintidós mil firmas instando a esa resolución largamente esperada parece haber surtido efecto, o, cuanto menos, ha coincidido en el tiempo con la inclusión en el orden del día del plenario.

¿Y la afición catalana?. Bien gracias. O no.

De aquellos cuarenta mil (somos más, muchos más de los que ellos quieren y dicen) que llenamos la Monumental en las dos corridas de la última Mercé , algunos ya no están (el mencionado Gibert;  el biólogo Jaume Josa;  Jesús Rivas, tantos años hombre para todo de la empresa; aficionados anónimos con toda su vida en los tendidos de la Monumental...),  otros siguen, manteniendo esperanzas y memoria, heridos pero en pie, acudiendo al reclamo de la tauromaquia a cuantos actos se convocan (que son muchos), desde las peñas y entidade,s agrupadas en una FETC que también se empeña en la tarea y en permanente actividad. También hay, claro, quien, harto, aburrido o por cualquier otro motivo (el hostigamiento uno de ellos) ha pasado página. Aunque ese, estoy convencido, volvería si la ocasión llega.

Si la ocasión llega...ese es el meollo, esa la gran pregunta.

Los hay, de entre "los nuestros" también, que ya se han apresurado en proclamar que de eso nanay, que jamás de los jamases, la Monumental (pensar en otras plazas, como la de Tarragona, es ya quimera) volverá a abrir sus puertas al toreo en el caso de que el Constitucional nos asista.

Unos, ellos, los otros, con su argumentario  habitual, un corta y pega de lugares comunes, mentiras, manipulaciones y pretendidas superioridades morales, en las que el animalismo es sólo la cortada. Y , en "los nuestros" , parece que la duda sobre la (llegado el caso) voluntad empresarial en dar toros se alza incluso sobre las previsibles tratabas político-jurídico-administrativas, algunas de las cuales ya se insinúan.

Por partes. Siguiendo su habitual forma de proceder en cuantas resoluciones del TC afectan a Cataluña, el Govern, por boca primero de su ConselleraNeusMunté y después, vía twitter,  por el mismísimo "quinto Beatle", el President Puigdemont, ya ha avanzado (poniéndose la venda antes de la herida) que no acatará la sentencia. Después ha sido el Ayuntamiento de Barcelona el que ha recordado la normativa municipal contra los espectáculos con animales, aunque, curándose  en salud,  reconoce que ya lleva un año trabajando con un gabinete jurídico por si tal normativa queda en nada ante un Ley principal.

También, faltaría más, los animalistas, con Anselmi a la cabeza, han sacado la ídem, aunque con un nerviosismo hasta ahora disimulado, como demuestra la convocatoria exprés de una concentración, hoy viernes por la tarde, ante la Monumental.

En cuanto a las dudas más o menos razonables de "los nuestros" sobre el guapo (perdón Balañá) que abra la plaza, lo único que se me ocurre es que, llegado el caso, se verá y que de poco sirve, más bien al contrario, la negación apriorística.

Lo que sí, apuntábamos de inicio, está ahí, es la tormenta perfecta (el caso Forcadell le insufla más virulencia) y nos van a llover hostias (ojalá no físicas) como panes. Nuestro paraguas será, debería ser, la Ley. También el coraje y la unidad.

 

 

 

 

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