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Paco March - 05/01/2016

"A ti, Mario Cabré, torero en el Japón/ actor en Tarragona/ poeta en Asunción"

(Gerardo Diego)

 

Desde hace unos años,  la carta a los Reyes Magos de los aficionados taurinos catalanes (que los hay, a cientos, a miles, y resisten) pide que el Tribunal Constitucional se pronuncie y repare (otra cosa será su cumplimiento) el liberticidio perpetrado en sede parlamentaria un día de julio de 2010. Y, año tras año, sólo carbón.

Y un día de Reyes hace ahora justo un siglo nació en Barcelona Mario Cabré, hombre sensible y culto, actor, poeta, incluso presentador de televisión ("Reina por un día", se llamaba el programa, tiempos de la España gris  y televisión en blanco y negro). También torero.

Mario Cabré tomó la alternativa en Sevilla, en 1943, de manos de Domingo Ortega, y hasta su retirada en 1960 toreó poco, cuando más en 1947 y 1948, dos décadas en las que los amos del toreo, más aún en Barcelona, fueron primero Manolete y Arruza y después Chamaco y Bernadó. Su vida, como él mismo decía, fue un triángulo actor-poeta-torero, que le llevaba a torear en La Monumental y, acabada la corrida, hacer función del Tenorio en el Teatro Romea (del que también, para su ruina, fue empresario).

La familia, abuelos, padres, tíos, vivía en y por el teatro y, de niño, Mario hurgaba en los baúles o "entre cajas" donde encontraba vestimentas, bigotes postizos, pelucas, para jugar a ser actor, inventando mil historias hasta que , con catorce años, viendo jugar al toro a unos niños del barrio, sintió (sentir, verbo de conjugación ¡ay! en desuso)  una nueva afición.

Debutó en público en Las Arenas con el apodo de "Cabrerito" y para que no se enterasen sus padres se vistió de torero en casa de un amigo y fue hasta la plaza en tranvía porque no tenía dinero para un taxi.

Luego, decíamos, llegaría la alternativa y Mario vivió sin renunciar a sus pasiones, en las que el teatro (después, el cine) y el toreo se interferían. Su otra pasión, claro, las mujeres.

Si de toreo hablamos, de Mario Cabré queda el recuerdo para quienes lo vieron de verónicas a pies juntos o compás abierto y mano muy baja, cierto desmayo y gran lentitud. Los documentos gráficos lo atestiguan y las crónicas también hablan de que fue gran estoqueador.

Amó la vida y por eso amó a las mujeres Mario Cabré,   estrellas del cine como la griega Irene Papas o Ivonne de Carlo entre ellas, pero con Ava Gardner realidad y leyenda tejieron un relato al que siempre se vuelve.

En 1950,  el 14 de abril  (día de la República perdida en el 39) llegó a España la Gardner para rodar con Mario, en Tossa de Mar( el pueblo de la Costa Brava que veinte años más tarde tendríael dudoso honor de ser el primero en proclamarse antitaurino ) "Pandora y el holandés errante".  Al pie de la escalerilla del avión fue a recibirla el torero, ramo de flores en mano y en los labios lo único que sabía decir en inglés “Welcome to Spain”. Esa misma noche la escribiría “Llegada”, poema de amor con versos así: "¡Qué hondo escalofrío de raíces/ al verla se ha gravado de improviso". Acabado el rodaje se acababa también el amor, vivido, soñado, compartido o no. Y Mario Cabré escribió: "Los días que se aproximen/no tendrán ni una distancia./Iré creando el futuro/sobre las horas pasadas/ Todo está aquí, fiel e intacto/para un regreso del alma/Siempre contigo y sin mí/como unidad desbordada/No más tú ni yo tampoco/tan sólo un amor que avanza". Y ya nunca volvió a verla.

En 1976 un accidente cerebral del que tardó nueve años en recuperarse sólo parcialmente le apartó de todo y de (casi) todos hasta su adiós definitivo, en 1990,  a un mundo que ya no entendía.

Y, hoy, de vivir, Mario Cabré- pienso- aún lo entendería menos.

No entendería, por ejemplo, que –parece-  sea el económico el principal argumento para defender (sic) la tauromaquia de los ataques de un recrecido y diverso batallón a la contra. Porque, leyes del mercado aparte, el toreo- como la vida, como el amor- o es apasionada entrega  (Bergamín, otro poeta, otro libre, lo sentenció) o deja por el camino la raíz de su razón der ser. Y, también, por supuesto, todas las connotaciones culturales, artísticas y culturales que le son propias.

Y menos aún entendería que un individuo que camufla  bajo gafas de diseño y rentables provocaciones  su mediocridad intelectual y bajeza moral se atreva a llamar (a la cara y con la ventana de la televisión abierta de par en par para que entre su hediondo mensaje) asesino en serie a un torero y este lo encaje como si fuera una bronca del respetable en tarde desafortunada. Por eso, crecido en su ego tabernario, el individuo de gafas de diseño y discurso fascista(por intolerante, falsario y violento) lo repite y –amenaza-seguirá repitiendo, sin que pase nada.

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