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Paco March - 27/02/2016

Hoy 27 de febrero, la Plaza de Toros Monumental de Barcelona cumple cien años…en soledad.

Hacer memoria es hacer historia, escribió José Bergamín, poeta rojo y taurino y la de la Monumental, hoy cerrada,  es memoria viva en  la historia del toreo.

En el primer tercio del siglo XX, la sociedad catalana, su intelectualidad y también el poder político, se debatía entre las ideas del modernismo, con el pintor Ramón Casas, el escritor Santiago Rusiñol, los arquitectos Antoni Gaudí y Doménech y Montaner como principales representantes y los llamados noucentistas, con Joan Maragall y Jacinto Verdaguer a la cabeza y un Eugenio D’Ors que llegó a escribir: "La identidad catalana puede afirmarse por  la abolición de las corridas de toros, por salvajes y españolas".

 Del otro lado, Casas y Rusiñol, junto con un Pablo Picasso recién llegado a Barcelona, hacían gala de su afición taurina, hasta el punto de que Santiago Rusiñol relató así, en sus  "Paginas vividas",  un encuentro ocasional con el torero Rafael El Gallo:

"Hemos tenido la gran honra de comer con El Gallo…le hemos tenido cerca, le hemos podido tocar, sentir, darle la mano, lo que desearía el 80% de españoles y el 98% de los catalanes que llenan, incluso los días de trabajo, las tres grandes plazas de la laboriosa Barcelona. El Gallo es un hombre modesto, simpático, natural, que no habla de filosofía, ni de estética…que es él, El Gallo, un buen torero que se gana honradamente la vida y que ha dicho cosas de Barcelona de las que han de estar agradecidos todos los partidos de la ciudad, tanto los que tiran a la derecha como los que se decantan por la izquierda. Nos ha dicho y nos llena de alegría que hoy en día Barcelona es la ciudad de nuestra España que más exalta su oficio, la que tiene más afición a los toros. Nos ha dicho que quería tanto a este público que deja todo por ir a verlo a él de luces que si no fuera andaluz de nacimiento, querría ser hijo de Cataluña, porque cree que en ningún otro lugar se quiere más a los hombres que valen. Y después de beber sin porrón porque no lo teníamos nos ha prometido que mientras toree y le quede piel por agujerear, piernas para correr, capa y muleta, siempre recordará la tierra que más quiere el toreo, como lo demuestra con las tres plazas. Y nos hemos abrazado. Y llorábamos".

Sí, tres plazas de toros tuvo a la vez Barcelona en esos años:  El Torín, Las Arenas  y la que,  heredera de la del Sport (diseño del arquitecto Manuel J.Raspall ), inaugurada en 1914 y que, reformada por el destacado modernista Ignasi Mas Morell, ampliada hasta 24.000 localidades,  con las cuatro cúpulas, el mosaico y el trencadís que la distinguen,  se inauguró como Monumental  el 27 de febrero de 1916. Ahora hace un siglo.

Aquella primera tarde del nuevo coso hicieron el paseíllo Joselito, Francisco Posada y Julián Sáiz "Saleri II", con toros de Benjumea, dando inicio a una historia excepcional en la que  Pedro Balañá Espinós fue el gran artífice y el primero de una saga que continuaron, con distinta suerte, su hijo y su nieto.

Balañá se hizo cargo de  la Monumental (también de Las Arenas),  como arrendatario, en 1927 y, al poco, Barcelona ya era la primera ciudad del planeta de los toros. Empezó a funcionar lo que se conoció  como "método Balañá", que consistía en repetir al torero que triunfase. Por Las Arenas y la Monumental pasaban todos los grandes diestros de la época. Joselito y Belmonte, Domingo Ortega, Marcial Lalanda, Chicuelo y tantos otros que, a partir de una gestión empresarial modélica, llevaron a la primacía taurina de Barcelona, interrumpida por la Guerra Civil. Y, en los años de la II República, como recuerda Antoni González en su libro "Bous, toros y braus. Una tauromaquia catalana": " Una primera experiencia autonómica que no tendría efectos sobre la Fiesta pero si la única ocasión en que un presidente catalán ha estado en el palco de una plaza de toros. Lluis Companys, junto al presidente del gobierno  central, Martínez Barrio, en La Maestranza de Sevilla en la última corrida de la Feria de Abril de 1934".

La Monumental fue, durante la Guerra Civil, improvisado hospital de campaña y ya en los últimos meses,  parque móvil militar. Se arrancaron maderas y asientos para hacer hogueras que aliviaran del frío y , acabada la contienda fraticida, la plaza acometió una reforma que permitió volver a dar toros en ella. Tardes memorables, como la del 22 de junio de 1941 en la que Manolete, Pepe Bienvenida, Pepe Luis Vázquez, el ganadero Manolo González, su mayoral y el propio Pedro Balañá dieron la vuelta al ruedo tras la muerte del quinto toro.

 En 1947 Balañá, que ya era el gestor de plazas de media España, compró la Monumental  por 15 millones de pesetas. El mismo año, moría Manolete en Linares y la Barcelona taurina se sintió huérfana pues el "califa" cordobés era su gran ídolo y aquí había toreado nada menos que en  72 tardes.

De tal conmoción tardó en recuperarse la afición catalana hasta que en 1954 la aparición de Antonio Borrero "Chamaco·, un muchacho de Huelva cetrino y enjuto, la convulsiona. Pasión en el ruedo y en las calles, en los tendidos y en las tertulias. Toreó Chamaco 24 novilladas  ese año en Barcelona, la Monumental llena cada tarde, hasta cinco en una misma semana. Aquel chico humilde se ganó el corazón de los aficionados y cautivó a la alta sociedad catalana, que no dudó en abrirle sus salones.

Los años de Chamaco (en competencia astutamente promovida por Balañá con Joaquín Bernadó,  de Santa Coloma de Gramanet y en las antípodas estilísticas del torero onubense) fueron de una efervescencia taurina  sin precedentes en Barcelona. Chamaco y Kubala, toros y fútbol, se repartían el fervor ciudadano y los aledaños de la fuente de Canaletas eran escenario de encendidas discusiones.

De Chamaco a El Cordobés, años del primer turismo, devaluación del espectáculo, muerte del patriarca Balañá en 1965…inicio de la decadencia.

La Monumental siguió siendo plaza de temporada , la grandes figurastoreaban y triunfaban en ella pero con los años se acrecentó una paulatina distancia entre la ciudad y el toreo, que no pasaría  desapercibida para los poderes políticos de la recuperada democracia y el autonomismo restaurado.

Una interesada asimilación entre toros y "fiesta española" junto al incipiente movimiento "animalista" se plasma en la Ley de protección de los animales aprobada por el Parlament en 1988. Después llegaría la prohibición de las plazas de toros portátiles pero, paradójicamente,  en un efecto acción-reacción y coincidiendo con los JJ.OO. de 1992, los festejos taurinos no sólo aumentan en la Monumental sino que proliferan en cosos como los de Tarragona, Girona y Olot, entre otros.

En 1998 la aparición de José Tomás, su toreo conmovedor y repetidos triunfos, revitalizan a los aficionados, muchos regresan a la Monumental tras años de no acudir a los toros y, a su rebufo, la Fiesta mantiene sus constantes vitales pese al acoso político y el silencio y/o manipulación mediático, que aumentan tras la declaración, en 2004, de Barcelona como " ciudad contraria a las corridas de toros", en bananera votación de su Ayuntamiento. A su vez, el Parlament, incluye una modificación en la Ley de protección animal por la que se prohíbe la entrada a los toros a los menores de 14 años (sic).

La Monumental aguantó mal que bien,  siempre con José Tomás como  referente, tantos embates, hasta que una ILP debidamente subvencionada y ampliamente publicitada,  que demandaba la prohibición de las corridas de toros (no así los correbous ) en nombre de sensibilidades animalistas y desde una autocomplaciente superioridad moral, fue votada mayoritariamente a favor en sede parlamentaria en julio de 2010 y puso fecha de caducidad al toreo en Catalunya: 1 de enero de 2012.

Un año de gracia, el de 2011, que la Monumental vivió entre la incredulidad y la rabia. Una temporada que concluyó en la Feria de la Mercè, con dos corridas a plaza llena y emociones desbordadas. Tardes de gran toreo, gloria y llanto. Los toreros a hombros, desde la plaza al hotel, por las calles de la ciudad en fiestas y  el gentío en el ruedo, guardando en los bolsillos arena como quien recoge pepitas de oro.

Desde aquella última tarde, la de la torería otoñal de Juan Mora, el asombro que es José Tomás y las lágrimas de Serafín Marín (de Montcada y Reixach), la Monumental permanece vacía y cerrada, pero no sola,  pues la acompañan su historia y quienes en ella se reconocen.

Un recurso interpuesto ante el Tribunal Constitucional hace ya cinco años y aún pendiente de fallo, podría volver a abrir la Monumental al toreo, pero a nadie se le escapa que tal posibilidad es, hoy  por hoy, territorio de los sueños.

La Monumental cerrada  aguarda su destino y se recrea en la memoria.

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