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Paco March - 24/09/2014

Tarde de La Mercè 2014, en casa, recién regresado de una convocatoria fallida ante La Monumental pero que, al menos, ha servido para que #Barcelonatorera haya sido eso que llaman trending topic o así. Miro el reloj , son las 19, 40 hs y en mi memoria aparece la imagen de Morante pidiendo el sobrero a esa misma hora ( al menos, quiero que sea sí ) del mismo día, hace tres años, cuando la penúltima.

Sí, era la penúltima tarde de toros en La Monumental y roto el paseillo ocurrió algo nunca visto (se repetiría al día siguiente): el público, que colmaba la plaza, aumentó la intensidad de la ovación que no había cesado desde que los toreros pisaron el ruedo . Salieron a saludar los matadores, Morante, El Juli y Manzanares y, con ellos, las cuadrillas al completo , devolviendo el aplauso a los aficionados . Unos segundos, más de un minuto, en que todos agradecían a todos por estar allí.

La corrida, con todas las emociones desatadas, transcurrió con éxito para El Juli y Manzanares y bronca para el de La Puebla, al que ni siquiera perdonaron en el quite del perdón. Pero el genio , saltándose reglamentos ¡ menudos son los genios ! pidió el sobrero que el usía (y sus compañeros) tuvieron a bien conceder.

La que formó.

El juanpedro salió comiéndose el capote que Morante le presentaba rodilla en tierra. El toro saludó al caballo , el quite fue un prodigio y el tercio de banderillas, con los tres matadores en él, desató la locura.

Cuando José Antonio Morante Camacho, "de La Puebla" en los carteles, tomó la muleta resultó el acabose. Por el tejadillo de las andanadas, sobre sus cuatro cúpulas de trencadís, asomaban los espíritus de Rafael El Gallo ( el que llegó a decir: "si no fuera andaluz de nacimiento me hubiera gustado nacer en Barcelona porque es el lugar del mundo que mejor entiende mi oficio") , de Joselito o Pepín Martín Vázquez que contemplaban el asombro mientras los que antes le había mentado a la madre ahora se rompían en el aplauso. Fue dejando Morante un reguero de pinturas, de esculturas, de emociones, en forma de trincherillas, naturales , redondos, cites, idas y venidas a la cara del toro que en sí mismas eran la esencia misma de la torería.

La foto de mi fila en el tendido 10, un sol y sombra que esa tarde fue la luz más pura del toreo pese a la negrura del inmediato horizonte, la tengo en la mente , la retengo en el alma: Luis Mª Gibert, ya tocado por la enfermedad , exultante, junto a su esposa, Elvira Checa, cuyo pasodoble "Puerta Grande" explica muchas cosas; sus hijos; mi familia y , a mi izquierda (siempre en la izquierda) Fernando Bergamín, hijo de José, albacea de su obra y él mismo poeta silente, que enronquecido por la emoción, sólo acertaba a abrazarse con quien tuviera al alcance mientras agitaba su sempiterno sombrero.

Sí, hoy hace tres años que, a la misma hora en que escribo, Morante pidió el sobrero.

Y se paró el mundo.
 

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