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Paco March - 27/07/2016

Joan Puigcercós, entonces portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en  el Parlament puso la guinda al voto de su grupo a favor de la prohibición de las corridas de toros sentenciando: "es por el progreso moral". Ocurría el 28 de julio de 2010 (mañana se cumplen seis años) y el supuesto progreso moral- ¿qué progreso? ¿qué moral?-  que alcanzaría Catalunya una vez erradicada la bárbara y española (sic) costumbre del toreo,  ni está ni se le espera, a no ser que se entienda como tal que los expoliadores del Palau de la Música sigan cultivando flores en los jardines de sus mansiones; que la prolija saga pujoliana campe a sus anchas; que la sanidad, la educación, los servicios sociales, sufran el mismo deterioro que en el resto de esa España que "nos roba" (lo poco que dejan lo que  roban los de aquí, claro); que el camelo del independentismo como panacea de todos los males haya calado entre un amplio (pero no mayoritario) sector de la población; que…

Aquel 28 de julio de 2010, fecha para los anales de la ignominia, el diputado de IC-V Francesc Pané se sintió poeta,  soltando: " el botón rojo (no a la prohibición) es la sangre, el botón verde(sí a la prohibición) es la cultura y la vida". Apelaba Pané a la cultura para enfrentarla a la tauromaquia , algo tan querido por las huestes antis y su estúpido  y repetido mantra de "la tortura no es cultura"  fundado en el aberrante silogismo entre tauromaquia y tortura. Aquel día del que mañana se cumplen seis años, el portavoz de Ciutadans (Ciudadanos, o sea), Albert Rivera (el mismo que se dejó sacar a hombros de la Monumental y ahora, ya en más altas misiones, mira para otro lado o directamente apoya iniciativas contra la Fiesta de los toros) hizo un discurso ambivalente (ese es su estilo, esa su miseria, ese su drama) apelando a la libertad pero dejando en el aire el compromiso por defenderla. Aquella mañana del verano de 2010, el portavoz convergente Josep Rull (ahora ya todo un conseller) hizo meritaje para prosperar en su partido, utilizó su mejor sonsonete de sermón dominical y repitió idénticos fariseismos que los antes mencionados Puigcercós y Pané, mientras que Rafael Luna,  del PP , que anunció el voto de su grupo contra la prohibición, quiso dejar claro que la supuesta defensa de los animales no era otra cosa que un ataque a España,  tan parcialmente cierto como interesado , claro.

Ese 28 de julio de 2010 del que mañana se cumplen seis años, en Catalunya gobernaba un tripartito de izquierdas (sic) que se aguantaba con los alfileres del juego político en la peor acepción de ambas palabras, juego y político. Y el presidente no era otro que el socialista José Montilla, en otro tiempo ocasional espectador de las corridas de toros en la Monumental. El  encargado de explicar el sentido del voto del PSC (ni sí ni no, sino todo lo contrario) fue David Pérez, algo así como "nuestro hombre en el Parlament" pero que llegado el momento de la verdad realizó una faena de aliño, pusilánime, rectificando terrenos y echando el pasito atrás. Eso sí, todo camuflado en el subterfugio de la libertad de voto. Ni taparse supo.

Así las cosas, el resultado, voto más voto menos, estaba cantado: 68 a favor del "progreso  moral" ,  55 de "la sangre" y 13 en el limbo.

Lo que había empezado con una ILP promovida por un argentino que hizo del Parlament territorio conquistado y de sus graciosas señorías perritos amaestrados y que recogió 180.000 firmas (en todo el mundo mundial, oiga) con la misma validez y conocimiento de causa taurino entre uno de Extremadura y otro de Tasmania, acabó con una tradición que se remonta al mediterráneo cretense en un territorio, Catalunya, que contó con plazas de toros en toda su geografía; tres en su capital, Barcelona, en la primera mitad del siglo XX; con una plaza Monumental santo y seña del planeta de los toros…

Con todo eso quiso acabar el Parlament hace ahora seis años y contra eso se rebeló (ya antes) la afición catalana, mientras el taurinismo oficial seguía al pairo.

Sí, cuando la Catalunya taurina daba señales de alarma, (casi) nadie fuera reaccionó. Cuando la Catalunya taurina agonizaba, la España taurina miraba con compasión, se palpaba el bolsillo y allá penas. Y cuando quiso reaccionar, mal y tarde, ya la suerte estaba echada. O no.

O no porque desde esa Catalunya taurina , en la que aficionados (militantes, diría), peñas, entidades y una Federación que las agrupa, en la que primero Juan Segura Palomares y después el llorado Luis Mª Gibert se movilizaron (entre la indiferencia y/o mirada compasiva de muchos) la respuesta fue una ILP a nivel nacional (otra vez la mirada compasiva, las reticencias, vencidas poco a poco y, cierto es, con apoyos estructurales y económicos fundamentales para hacerla viable)  y más de medio millón de firmas (en España, sólo en España), de ellas 160.000 recogidas en la Catalunya de la prohibición, que tramitada en el Congreso de los Diputados quedó convertida en la Declaración de la Tauromaquia como Patrimonio Cultural.

Una Declaración que, en principio, blinda la Fiesta de los toros, instando a su protección y apoyo pero que, visto lo visto, no parece asustar al Reich Animalista, crecido, ufano y amparado por organizaciones políticas y medios de comunicación que han hecho calar su propaganda hecha de manipulaciones y mentiras en un sector de la población cada vez mayor y que amenaza las distintas manifestaciones de la Tauromaquia, en los ruedos y en las calles, la reglamentada y la popular, en comunidades, ciudades y pueblos de toda la geografía nacional.

A la perversión democrática del Parlament (porque perversión es utilizar instrumentos democráticos para atentar, precisamente,  contra la democracia y la libertad) de la que ahora, mañana 28 de julio,  se cumplen seis años seis, el Partido Popular reaccionó con la interposición de un recurso ante el Tribunal Constitucional. De ello han pasado más de cinco años y el fallo ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo... aunque dicen que para septiembre quizás…

Ojalá septiembre traiga ese fallo que, de ser en el sentido que la lógica (la ley) marca, debe suponer el derecho a que La Monumental de Barcelona vuelva abrir sus puertas al toreo y que allí donde la Fiesta está amenazada no pase de ahí.

Otra cosa será que se anuncie una corrida, una temporada, en la Monumental. Que haya empresario dispuesto a ello- ¡hola Balañá!- y que las argucias político-administrativas lo permitan. Más aún cuando del desafío a la Ley "española" (y al TC, más) se ha hecho santo y seña.

Quizás sólo nos quedará la victoria moral. Pero incluso por ella hay que seguir luchando. Todos.

 

 

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