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Paco March - 08/07/2015

Hace 30 años, Luis Francisco Esplá cortó un rabo en Pamplona. Antes y después otros toreros lo hicieron y- seguro-, lo harán,  pero quiero traerlo aquí para otras consideraciones.

El toreo necesita, puede que más que nunca,  de tardes así. Tardes en las que, más allá, mucho más allá de esencias, discusiones bizantinas, gritos, triunfalismos,  claveles y gin tónics, el ritual taurino deviene en fiesta, fiesta de las emociones a rienda suelta, fiesta de verdades  y héroes, fiesta de la bravura...Como dijo ayer mismo el propio Esplá en la presentación de un libro en Barcelona y se recoge en Burladero: " El torero busca la excelencia por el camino de la perfección". Y eso- sigue Esplá- "como también ocurre con los valores está reñido con el rumbo de la sociedad actual".

Esta tarde del 9 de julio de 1985 en Pamplona, "tarde memorable" del torero alicantino, tituló Joaquín Vidal en El País, el toreo se aproximó a esa excelencia siempre buscada, sino desde los más estrictos cánones sí como catarsis total en la que el oficiante- Esplá-, el toro- un precioso ejemplar de José Luis Osborne- y el público, la plaza toda, sin distinción de sombras y soles, se confabularon con un sólo objetivo: la alegría.

"El gran espectáculo, en eso convirtió Luis Francisco Esplá  nada menos la corrida de Pamplona" sigue Vidal.. Sí , Esplá supo como sólo él sabía, convertir el rito en espectáculo sin perder ni un ápice de verdad por el camino, antes al contrario, realzando episodios de la lidia que habitualmente o no aparecen o son anecdóticos, casi un trámite.

"Desde que el toro pisó la arena todo había sido un derroche de torería y un espectáculo de primer orden.: los lances de recibo, la forma impecable e inspirada con que llevó la lidia, los capotazos tan bellos como eficaces para poner en suerte al toro; entre otros, un recorte de puro clasicismo; los quites, por navarras y por faroles".

Hubo dos momentos de clímax total: el primero cuando el torero pidió al servidor de banderillas la boina roja que lucía. Con ella en la mano ligó dos naturales, uno con la boina y el otro con las banderillas. Dejó la boina sobre la arena, buscó otros terrenos y, de poder a poder, cuadró en la cara del toro, justo en el lugar donde estaba la boina. El segundo llegó a la hora de la suerte suprema: se distanció mucho del toro, citó a recibir, una, dos, tres veces y al arrancarse el osborne hundió la espada en el morrillo, cayendo el animal rodado a sus pies.

Pamplona fue una fiesta por la Fiesta, una fiesta propiciada por un torero único y un toro bravo. Pero quiso el destino que un año después, un manso de Pablo Romero, que hirió brutalmente a Victoriano Cáneva,  picador de la cuadrilla de Esplá, fuera el causante de un desencuentro que duró muchos años entre el torero y ese mismo público que lo había elevado a los altares paganos de los héroes taurinos.  Esa es, también, su grandeza.

La plaza de toros es lugar del milagro, ya puede hundirse el mundo a nuestro alrededor que si lo que en ella pasa nos pasa,  apenas nada importa. Aunque sólo sea un instante fugaz, una sucesión de instantes que te golpean, te sacuden, te conmocionan. Si esos instantes se suman y coinciden en una misma tarde, como la memorable de Esplá en Pamplona, ya sólo nos queda vivir para contarlo. Y por eso lo cuento.

PACO MARCH

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