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Paco March - 16/10/2015

Nació en Cardiff y setenta y nueve años más tarde ha muerto en Madrid. Noel Chandler descubrió, por casualidad, España y los toros cuando un amigo le trajo aquí mientras esperaba en África para hacer el servicio militar y desde entonces supo que estos serían su lugar en el mundo y su pasión.

Alto ejecutivo de una multinacional, Noel era capaz de viajar de punta a punta del globo sólo por ver una corrida de toros, ida y vuelta, como una vez desde Singapur a Ronda: toreaba su gran amigo Antonio Ordóñez.

Más de tres mil corridas de toros en sus retinas y su alma, muchos toreros en su corazón de aficionado, desde el citado Ordóñez y sus nietos Francisco y Cayetano a José Tomás (cada una de sus tardes en Barcelona, ahí estaba Noel en La Monumental, también en la última, compartiendo el llanto y la rabia), pasando por Paco Camino, Antoñete…

Pero, sin duda, son Pamplona y los sanfermines el sitio de referencia. Más de cincuenta años sin faltar ni una sola vez, con la memoria de su gran amigo e iniciático corredor estadounidense MattCarney presente en su piso de la calle Estafeta entre recuerdos que inundan las paredes, carreras, toros, alegría y pañuelico rojo. Primero en la calle, ante el toro, hasta que los años y las fuerzas aconsejaron verlos desde el balcón, lugar de privilegio al que invitaba a amigos de distintas culturas convocados por un anfitrión singular y entusiasta.

Sí, Noel Chandler ejemplifica como pocos la universalidad de una Fiesta a la que el añadido Nacional le viene estrecho y suena oportunista. Son necesarias gentes como Noel, que buscan y encuentran en la tauromaquia motivos para vivir desde parámetros que nunca entenderán quienes se empeñan en manipularla, desde dentro o a la contra.

Noel fue (sigue siendo en los corazones de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo) un apasionado de la vida y la amistad y, por eso, el toreo estaba en el centro.

Las Ventas, La Maestranza, Ronda, La Monumental (ojalá), México…en ellas ya no estará Noel. Tampoco en Pamplona, en la capilla del santo, ni en el encierro, el sorteo, la plaza, la iglesia los churros, los vermuts, las comidas, las cenas…en una gloriosa celebración de amistad y vida, una vez desafiada la muerte ante las astas.

Pero sí, seguro, cada mañana de encierro cada tarde de toros, Noel ocupará su localidad en el balcón del más allá, en la andanada del cielo. Y sonreirá.
Aquí, hoy, le lloramos.

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