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Paco March - 26/03/2016

Que Morante  inicie el Domingo de Resurrección su "Morante Tour" divulgando la obra (taurina) de José Bergamín es, sin duda, una gran noticia, más aún en tiempos como estos. El torero de la Puebla, allá donde se anuncie en 2016 (cinco tardes en Sevilla), distribuirá una edición especial de "El Arte de Birlibirloque" prologada por él mismo,  al tiempo que una personalidad relevante recibirá la misma obra en formato de lujo. El primero de ellos, el periodista Carlos Herrera.

José Bergamín, ensayista, dramaturgo, poeta, editor (a sus manos llegó el manuscrito de "Poeta en Nueva York", entregado por García Lorca pocos días antes de ser asesinado), miembro fundacional de la Generación del 27, pagó con el exilio y el silencio su compromiso político. Espíritu libre y, por tanto, contradictorio, su obra, su pensamiento, son, aún hoy (treinta y dos años después de su muerte), desconocidos por una inmensa mayoría de españoles y, en lo taurino, muchos de los que mencionan aquello de "música callada del toreo" (título de uno de sus ensayos, dedicado a Rafael de Paula) apenas van más allá de la cita.

Por eso, ya digo, bienvenida sea la iniciativa de Morante de la Puebla y, ojalá, no sirva de manipulación y falta de escrúpulos por aquellos que no dudan en apropiarse de los muertos para llevarlos a su huerto ideológico, allá penas con la Historia. Ejemplo de ello lo hay demasiado a menudo.

De ese "silencio" impuesto durante décadas sobre José Bergamín, traté en el apéndice que se incluye en el volumen "José Bergamín. Entre literatura y política" (Presses Universitaries de París Ouest.2016), obra colectiva que se acaba de editar y que recoge las ponencias desarrolladas en el Coloquio Internacional que sobre él tuvo lugar en la UAB de Barcelona en abril de 2013, con motivo del XXX aniversario de su muerte.

Traigo aquí un resumen del citado texto. Sólo sea por seguir rompiendo silencios:

"José Bergamín se sintió fantasma y muchos son los que han querido (sin poder) que así fuera. Pero insisten.

Silenciar al incómodo, al rebelde, al que piensa, al que dice, al que escribe. Silenciar la voz y la palabra al que no es del rebaño, al que no se acomoda, al que cuestiona, al que grita desde el alma, al que le duele el corazón, al que tiene sangre (roja) en las venas.

Los silencios son, por definición, siempre ominosos cuando son impuestos. Pero el silencio también puede ser alivio,  sosiego, reflexión. Cuentan que estando  ensimismado Juan Belmonte una tarde contemplando la inmensidad de la dehesa junto a un miembro de su cuadrilla, éste susurró: "Que bonito es el silensio maestro". Y El Pasmo de Triana replicó: "Pues entonces, ¿por qué lo jodes?".

A José Bergamín le gustaba el silencio sonoro del  capote y la muleta de Rafael de Paula y , para que constara en acta, escribió un libro prodigioso: "La música callada del toreo".

En la vida se puede optar por estar callado o alzar la voz y, al tiempo, los que deciden, los que mandan , tienen en sus manos el poder se silenciarte o servir de voceros. A conveniencia.

A los espíritus libres, tal que Bergamín, les aplican el silenciador.

Lo hicieron en vida y lo siguen haciendo tras su muerte, hace ya treinta años.

Por suerte, junto a la difícilmente ponderable tarea de custodia y difusión de su obra por parte de su hijo Fernando , estudiosos y especialistas , alguno de ellos fuera de España  no sólo mantienen en perpetua vigencia un legado ya de por sí vivo por los siglos de los siglos, sino que buscan en él, investigan, divulgan ,  lo explican, lo acercan.

En 1978,  cinco años antes de morir, José Bergamín presentaba un nuevo poemario " Velado desvelo" y en conversación con Juan Cruz publicada en El País (un silencio roto), el poeta sentenciaba: "La muerte para mí no existe. Para el hombre lo que existe es la agonía,  la pelea por la vida en el sentido unamuniano".

En esa pelea, José Bergamín utilizó las armas más nobles, aquellas que dicta el alma, forja el corazón y empuña la inteligencia. Y, por eso, el silencio. El de los otros, hacia él.

A Bergamín le han querido silenciar , pero su palabra, quizás hoy más imprescindible que nunca, truena y resuena, golpea y agita, conmueve y remueve, se alza y nos llama"

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