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Paco March - 15/09/2014

Dos genios , dos artistas, llegaron (cada uno en su momento de la Historia) a Arles en busca de la luz. La cegadora luz de la Provenza.

Primero fue Van Gogh, en febrero de 1888 y allí se quedó durante quince meses de inspiración y trabajo febriles que produjo más de trescientas obras. Ni siquiera el paisaje nevado que recibió al genio holandés a su llegada pudo disuadirle , pronto empezó a pintar al aire libre y en sus cartas a Paul Gauguin le insistía a reunirse con él y así formar, junto a otros, una comunidad de artistas. Gauguin aceptó la invitación y entrado el otoño se instaló en la Casa Amarilla, donde Van Gogh había dispuesto una habitación para él. De esos meses juntos es , por ejemplo la obra de Gauguin en la que retrata a Van Gogh mientras pinta "Los Girasoles". Pero, antes de acabar el año, una violenta discusión entre ambos ( se cuenta que Van Gogh amenazó a su amigo con una navaja de afeitar, con la que luego él mismo se cortó una trozo de oreja) provocó la separación . De la estancia de Van Gogh en Arles, de esas trescientas obras, curiosamente ninguna ha quedado en la ciudad, pero sí su recuerdo , presente en La Casa Van Gogh, muy cercana al Anfiteatro y el Coliseo, las Arenas taurinas.

Y a ese Coliseo, a esas Arenas taurinas, acudía con frecuencia, mediado el anterior siglo, otro genio, Pablo Picasso que las frecuentaba ( lo mismo que otras plazas de la zona, de Vauvert a Ceret, de Nimes a Frejus, tan cerca de esa España a la que no volvió), muchas veces en compañía de Jean Cocteau o del mismísimo Luis Miguel Dominguín.

La relación de Picasso con Arles venía de muchos años atrás, cuando pintó, en 1912, la serie "Las Arlesianas", que siguió veinticinco años después y ya en 1958 los ocho retratos de su mujer Jacqueline de arlesiana. Un año antes, el Museo Reattu de Arles había dedicado una exposición al genio malagueño , un vínculo que Picasso selló en 1971, dos años antes de morir, regalando 57 dibujos.

Picasso saciaba su sed de España yendo a los toros y Arles , su Coliseo, le vio repetidas veces en sus barreras, junto a Luis Miguel, muy cerca de los toreros en el callejón, respirando en su alma aires que a sus pulmones no podían llegar.

En Arles, en su Feria septembrina del Arroz, es tradición de hace una década, la Corrida Goyesca. Un lujo.

Las Corridas Goyescas es lo que tienen, el delicado equilibrio entre lo bello y lo bufo, entre la tradición y la opereta. De todo ello hay cumplidos ejemplos que no traigo aquí para no molestar. Arles , su Goyesca, responde a lo bello y a la tradición.

El respeto (incluido, fundamental, al toro) es máximo y, de ahí, su belleza , acicalada siempre por afamados artistas que ponen su creatividad ( y su ego, que ya sabemos que los artistas son muy suyos) al servicio de la causa, sin osar violentarla. Cada año el reto es mayor, pues cada año requiere nuevas aportaciones a esa escenografía, a esa tramoya, a ese decorado inmerso en el ya de por sí imponente Coliseo.

Y esta Goyesca recién sucedida de 2014, era aún más especial pues en ella el torero de la ciudad, Juan Bautista, conmemoraba sus quince años de alternativa en desafío consigo mismo y seis toros de distintos encastes.

El óvalo (el ruedo) era arenilla dorada con brillos de latón y se ofrecía al espectador como un mágico efecto (luego, lidiado el primer toro, la polvareda obligó a regar y se diluyó el efecto). Esa fue la aportación del arquitecto Ricciotti. La del modisto Christian Lacroix se concretó pintando de blanco barreras y burladeros y cubriendo el espacio entre barreras y gradas con tejidos pintados en blanco y negro, que podían tener (para el que así lo viera) ecos del "Guernica" picassiano. Por su parte el pintor Claude Vaillat creó para el matador un capote de paseo con fondo blanco y policromía en su motivos y, también sendas cortinas desplegadas en el arco de entrada y en presidencia. Además , junto a la habitual Orquesta Chicuelo, un Coro de Voces arlesianas y la soprano Cecilia Arbel, que intervinieron en momentos puntuales de la lidia.

De lo sucedido en el ruedo, en esos seis toros del sólo de Juan Bautista, hay cumplida información (y rara unanimidad positiva) en todos los medios.

Concluida la corrida, con el torero llevado a hombros por las escalinatas que bajan del Coliseo a la calle, mientras la multitud le aclamaba, entre la gratitud y el reconocimiento, y después, ya en la anochecida de la ciudad en fiestas, los bares, las terrazas ¡esas terrazas de Arles!, los restaurantes ( la mayoría, con motivos taurinos adornándolos) , las bodegas (en una de ellas, en un antiguo Templo, la de "Los Andaluces" homenajeó a Juan Bautista por- dijeron- enaltecer los valores del toreo) y la vista del Ródano que cruza la ciudad , a uno, desde la euforia, ya sólo le quedaba abandonarse a la ensoñación y, en ella, se aparecían Van Gogh y Picasso , uno sin oreja, el otro en su barrera, pañuelo en mano pidiéndola (la del toro) mientras el rostro severo de Julio César parecía hacer un guiño de complicidad. 

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