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Paco March - 05/09/2016

Acabó la corrida, se habían cortado ocho orejas y un rabo y ningún torero salió a hombros, pero la puerta grande de la plaza de Valladolid se abrió de par en par al Paseo Zorrilla para que fuera el TOREO el que gritara su verdad a los cuatro vientos. Fue el mejor homenaje al compañero caído, a Víctor Barrio, recordado en cada brindis a la viuda, a la plaza, al cielo.

El toreo, tan maltratado, desde dentro, desde fuera, se dio un homenaje, a plaza llena. Claro que algunos (con nombres y apellidos, Antonio Lorca en El País como abanderado) siguen empeñados en su particular cruzada, hecha de mentiras y un enfermizo afán de vengador justiciero y su pastelera madre y, a las pocas horas, ya vomitaban su bilis. Pero, una vez mencionados en su segundo de gloria (no merecen ni un minuto) volvamos a lo que de verdad importa.

Y lo que importa, lo que importó a todos, en el ruedo y en los tendidos, fue que durante dos horas y media la fiesta de los toros se explicó desde sus múltiples matices, aquellos que la otorgan sus verdaderos y centrales protagonistas: toro y torero.

La causa, ya se  sabe, era en homenaje y tributo a Víctor Barrio, muerto en la plaza de Teruel aún no hace dos meses por una de esas "birriosas" criaturas que el susodicho (y otros) identifican como los toros que se lidian en los ruedos de España. Pues no.

Durante la corrida se vivieron muchos pasajes de esos que quedarán por tiempo en el recóndito lugar del alma de quien lo contempla y, al suceder, se emociona, aplaude, jalea, dice ole.  Seis toros , cinco ganaderías, dos de ellos (Domingo Hernández  y Cuvillo premiados con la vuelta al ruedo) presentación acorde con la divisa y la plaza.

Padilla en banderillas, Padilla de rodillas…El aprecio de las gentes, el pundonor sin tacha.

José Tomás (la plaza llena, el abono agotado) deletreando el toreo más puro, sin alardes, la naturalidad y el compromiso, en el cite, en el embroque, en el ajuste, en la quietud. Vertical, inquebrantable.

Morante, inspiración, barroquismo, gracia alada, hondura salerosa, arcano de viejas tauromaquias que resucitan en tal o cual lance, este o aquel adorno. Repajolera gracia, embrujo.

El Juli poderoso, mandón, ambicioso. Toreo ligado, rotundidad en las formas, también con la espada. A su manera

Manzanares sin suerte, con entrega.

Y Talavante apoteósico, desatado. Capote de inspiración, muleta de mago, valor a espuertas. Talavante se arrodilla como si no hubiera un mañana, un aquí estoy y no me muevo. Clavadas las zapatillas, sueltas las muñecas,  inspiración, locura. 

El final estuvo a la altura. Nadie quiso salir a hombros aunque ganado lo tuvieran José Antonio, Julián y Alejandro. Cada cual buscó el triunfo y el triunfo fue de todos.

Andando se fueron, el capote de paseo colgado sobre el brazo, tras ellos las cuadrillas, en un paseíllo a la inversa, mientras el gentío les daba las gracias, el toreo se engrandecía y, allá arriba, en el cielo infinito de los héroes y las gentes de bien, Víctor Barrio, uno de los suyos, aplaudía.

 

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