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Paco March - 28/07/2015

Hoy , 28 de julio, se cumple un lustro de la perversión democrática por la que las corridas de toros quedaron prohibidas en Cataluña. Y escribo, digo y afirmo que aquello fue una perversión democrática porque, utilizando herramientas legales (la ILP) y el máximo órgano de representatividad popular (el Parlament), se cercenaron libertades individuales y colectivas en nombre del (en palabras del presidente de ERC, Joan Puigcercós) : "progreso moral".

La libertad individual de acudir a un espectáculo legal; la libertad por la que un ser humano (un artista) es capaz de expresarse, poniendo- además- su vida en juego; la libertad de aquellos que cultural y emocionalmente se identifican con el rito del toreo; la Libertad, en fin.

Y es que (como reflexionaba el profesor de Derecho Constitucional, Víctor V. Vázquez, en su ponencia en las jornadas sobre " Fundamentos y renovación de la Fiesta", celebradas en la Real Maestranza apenas tres meses después de la fecha de la infamia) a partir de aquel prohibido prohibir del mayo parisino: " Frente a lo taxativo de este enunciado, en muchas ocasiones el progreso y la optimización de las condiciones de convivencia en las sociedad liberales no ha venido siempre de la mano de la permisión, sino que en cierto casos ha sido el establecimiento de límites lo que nos ha ayudado a compartir de una manera más cívica y virtuosa el mismo espacio político. Ahora bien, también es propio de las democracias liberales el exigir una mayor carga en la justificación de la finalidad y la racionalidad cuando se trate de medidas que prohíban o limiten aquellas conductas que se encuentren dentro de las que son consideradas como las libertades básicas de la persona".

Cuando ocurrió, algunos levantamos la voz para avisar que aquello tendría efectos secundarios , en forma de recrudecimiento de las consignas animalistas (y su correspondiente repercusión mediática) y consecuencias nada imprevisibles, en forma de cierre de plazas. El sector (como siempre) se llamó andana. Y en esas estamos.

Cataluña sigue sin toros y en distintos pueblos y ciudades del Estado o ya están así o van camino de ello. Y, como en parte ocurrió en Cataluña (aquí se sumaron los convergentes) es la izquierda (sic) rampante , con su nuevas mayorías y viejos tics (entre lo progre y lo autoritario) la que hace de brazo ejecutor. Una izquierda (otro sic) que gobierna ( o lo aparenta) a golpe de gestualidad, aquí me cargo los toros, allá el busto de un rey que ya no reina y más allá cambio el nomenclátor. Una izquierda(más sic) ignorante, intolerante, insultante e irritante. Y cargante.

Sí, todo eso y más. Pero, ya ven, la temporada sigue su curso, cada loco con su tema, y aquí, como en la obra maestra de Juan A. Bardem, repuesta hace unos días en TVE, "Nunca pasa nada". Bueno, sí pasa, para mal. Y , si alguien ( o muchos) no lo remedia, seguirá pasando, para peor.

Sin duda, el de los toros no es el mayor problema que tiene el país( aunque, visto lo visto, a demasiados así se lo parece) pero su salud democrática se mide por su capacidad para (siguiendo con la argumentación de la ponencia antes referida) hacer que los ciudadanos vivan en él sin que el poder y el prójimo les señale con el dedo (antes de metérselo en el ojo).

Es una cuestión de libertad, ya saben.

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