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Paco March - 15/09/2015

Las fiestas con toros, en sus distintas formas, van unidas al ser humano desde la noche más o menos oscura de los tiempos. Y, ahora, quizás más que nunca (los nuevos medios de comunicación ayudan a ello y mucho) vive una encrucijada que se antoja decisiva. De cómo se sepa lidiarla dependerá el inmediato futuro y, por ello, su pervivencia.

Hoy, 15 de septiembre, en España, parece como si el mundo se parase, allá penas con guerras, hambres, derechos humanos, corrupciones varias… hoy sólo se mira a Tordesillas y su Toro de la Vega para encarnizar de forma artera, manipuladora, cínica y mentirosa lo que , al fin y al cabo, no es otra cosa que la forma en que un pueblo castellano tiene desde tiempo ancestral de celebrar sus fiestas. Y en la que, sí, muere un toro. Vaya por dios.

Como aficionado taurino urbanita, que vive en una comunidad autónoma en la que, como a otros muchos, se ha prohibido ejercer su libertad individual para poder disfrutarla, la fiesta del Toro de la Vega me pilla lejos, geográfica y culturalmente y, gustos al margen, como de ella sólo conozco lo que veo y leo, la opinión que me merece tiene la misma solidez argumental que si lo hiciera sobre el sumo japonés, un suponer. Más allá , claro, de que el toro esté ahí.

La Tauromaquia, el arte del toreo, la corrida moderna a partir de los padres fundacionales, no tiene más allá de dos siglos y es la decantación última de todos los juegos con toros que desde el toro cretense y aún antes forman parte de la historia y la cultura no sólo de España sino de Francia, Portugal y varios países de la América Latina. Y en ella me identifico. El resto de tradiciones taurinas, desde los correbous al mismísimo Toro de la Vega, las contemplo y valoro, me gustan más, menos o nada y , desde luego, ni se me ocurre dar lecciones a nadie sobre sus bondades o maldades. Entre otras cosas, porque eso de la superioridad moral no deja de ser una chabacanería, revestida con ropajes pseudoculturales y humanistas de tres al cuarto.

Visto lo visto, lo que cuenta es el ruido. Y, ese ruido, como se pudo constatar por enésima vez en la manifestación animalista del pasado domingo en la Puerta del Sol en la que destacaban dos pancartas, una contra el Toro de la Vega (objeto de la convocatoria) y la otra pidiendo la abolición de la tauromaquia, lo que busca es aniquilar todo aquella expresión popular (sí, popular, porque la corrida en la plaza también lo es) en la que haya un toro de por medio. Pero el ruido, para que sea más ensordecedor, debe contar con amplificadores de la mayor potencia posible. Y es ahí donde los medios de comunicación y redes sociales juegan su papel fundamental.

Que todas las televisiones abran en titulares con “Rompesuelas”; que en todos los debates y tertulias que inundan las parrillas Tordesillas y su toro sea tema central y objeto de juicios sumarísimos y que en la prensa escrita (papel o digital, da lo mismo) se multipliquen sesudos editoriales, columnas de opinión y viñetas e incluso el tema irrumpa en la campaña electoral catalana, es la evidencia flagrante de que la batalla tiene muchos frentes y un único objetivo: acabar con una tradición incómoda, la tauromaquia, pues precisamente en ella se suman valores incómodos para aquellos que sólo los conocen en el Ibex 35. Y, para adornarse, hablan de empatía, palabra mágica que lo mismo les sirve para un barrido que para un fregado. Curiosa empatía la suya que sólo aplican al toro bravo.

Pasaran los días, pocos, y ya serán otros los temas sobre los que fijar la pornográfica mirada de los mass media. Hoy, 15 de septiembre , tocaba “Rompesuelas”.

Pero lo que no cesa es el enfermizo hostigamiento contra la Tauromaquia. Es hora ya de la respuesta contundente.

Y no lo vislumbro.
 

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