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Paco March - 25/03/2015

Hubo un tiempo, hace un siglo, que Barcelona (una parte de ella al menos) fue una ciudad canalla. La Barcelona de Plaza Catalunya hacia abajo, las Ramblas, el Barrio Chino (lo que ahora llaman asépticamente el Raval) y el Paralelo.

En el Paralelo, que va de la Plaza España al puerto (como las Ramblas lo hacen de Plaza Catalunya también al mar y, sí, en paralelo a ellas) florecieron teatros, cafés cantantes o no y un trasiego de gentes del día a la noche ¡ay la noche!.

Noches iluminadas, luces blancas, o verdes o rojas y todas a la vez y, entre ellas, como si Pigalle se hubiera cambiado de país , El Molino, que primero fue Moulin Rouge, para no disimular. Vedettes, plumas, la Bella Dorita ...y también la gran Carmen Amaya.

Siguió la Historia y sus avatares y en la Barcelona del diseño y lo guay, el Paralelo y con él El Molino languidecieron, abandonados a su (mala)suerte). Cerrado El Molino en 1997, sólo su fachada y las aspas rojas giratorias daban fe de su presencia hasta que en 2010 un grupo de intrépidos/as decidió apostar por él. Se mantuvo la esencia (y las aspas y el neón rojo y...) y se supo cambiar el interior, con la firma de Fernando Salas.

Y ayer 24 de marzo Fernando Salas estuvo en El Molino.

La convocatoria venía de la mano de la Federación de Entidades Taurinas de Catalunya, dispuesta a que la voz del toreo siga alzada en una Catalunya que hace oídos sordos y se trajo bajo al brazo la película "Bajo Tauro y Orión", con los Esplá como protagonistas.

Hasta Barcelona, vinieron el productor José A. Hergueta y el protagonista, un Luis Francisco Esplá maestro de tantas cosas. Del toreo, la primera.

Bajó Esplá de su refugio en la "República independiente del Realet" y llegó hasta una Barcelona (la taurina, claro) que como tantas tardes hizo en la Monumental se le rindió.

Lleno El Molino "hasta las aspas", desde la pantalla del fondo de ese escenario que ocupan habitualmente vedettes y coristas, imágenes y palabras nos llevaban a Benidorm, a Alicante, a Paquito (el abuelo) a Paco (el hijo) , Alejandro (el nieto) y también Juan Antonio (hijo, hermano y tío). Luis Francisco y Alejandro, padre que se va, hijo que llega, seguidos por la cámara durante cuatro años, retirada de uno, alternativa del otro, recelos, consejos, broncas, miedos, risas , memoria, presente, futuro.

Acabada la proyección era tiempo de la palabra y ahí, como en el ruedo, Esplá es el amo. La palabra de Esplá sabia y erudita, jamás pretenciosa y hueca. Como se torea se es.

El discurso de Esplá, en el ruedo y fuera de él. La palabra de Esplá en su día y en el Parlament para hablar del toreo, de su porqué, de su verdad ( la del toreo, digo) y que- faltaría más- no fue escuchada por esos pocos que deciden sobre la libertad de todos.

Esplá y la liturgia del rito del toreo sin mixtificaciones como única justificación del mismo, Esplá y la gestión de los terrenos y los miedos, Esplá y los colores, Esplá y los encastes, Esplá y la Barcelona de sus inicios , apenas un veinteañero que brinda un toro a Dalí en la Monumental, esos primeros ochenta que si en Madrid fueron movida aquí evocaban tímidamente al canallismo del Paralelo de cuando la Guerra del 14.

No es fácil, no, encontrar en la Barcelona de ahora una sala que acoja al toreo, sólo sea para hablar. Por eso, tenía que ser en El Molino.

Un espacio de libertad, nada menos.

¡Viva El Molino!. Y Esplá.
 

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