PANTALLAZOS
Los amores difíciles
Las Ventas sin billetes se vuelca con El Juli, le da las dos orejas de “Faraón” su último toro y en medio de la locura colectiva le saca por la puerta grande...
No fue como en las películas cuando tras tantos afanes, el tipo besa la muchacha y cabalga solo hacia el atardecer, para nunca, jamás. Fue más como en la novela de Calvino en la que los que se aman y se odian por tanto tiempo descubren que el amor eso, que exige, que lacera, que duele, que reconcilia…
Un romance turbulento escrito con lágrimas y sangre en esta arena primada. Un cuarto de siglo transitado desde niño torero, joven torero, hombre torero, a maestro torero. Una carrera forjada bajo la dura férula de una afición dura que prodigó el castigo y mezquinó el premio a un hijo que por más que luchaba no lograba ser como esta plaza de sus sueños quería.
Figura en todas partes, menos ahí. El antijulismo venteño, más que una pose de seudo puristas, fue una profesión de incomprensión e intransigencia. Claro que lo justificó a veces, como lo hicieron a su turno: El Guerra del “No me voy me echan”. O el Joselito que despidieron con un almohadillazo en la cara, veinticuatro horas antes de que lo matara “Islero” en Talavera. O como el Dámaso al que contaban los pases a coro.
Madrid, es iconoclasta, no adula las estrellas y no les perdona las ventajas de las que siempre se han creído merecedoras por su rango, y de las que siempre han abusado. El Juli la gran figura del hasta hoy siglo XXI, no fue la excepción, y menos podría serlo siendo madrileño, vástago de su escuela y encima torero de Sevilla (7 Puertas del Príncipe, plaza del arte), y de tantas plazas. Pues la verdad es que convirtió el planeta de los toros en “territorio Juli”. Con su arrobo de prodigio infantil (Profetizado por Vicente Zabala padre, cuando lo vio a los once años en Chinchón y lo comparó con Gallito), con su dominio de torero de tres tercios, con su poder sobre toros y públicos, con su afición y su hambre irreductibles y con esta madurez en cuya cúspide abandona. Habiendo demostrado hasta la saciedad que no hay nadie qué conozca más su oficio que él, ni que tenga por hábitat natural los terrenos del toro, que lo intuya, se le integre y lo lidie como él. Por supuesto que no ha sido torero perfecto. Eso, por fortuna no existe, no ha existido ni existirá. Qué fue lo que Las Ventas como una madre terrible le exigió tantas veces.
Y esta tarde, ya casi noche. Cuando tras una faena sin fisuras y una estocada honorable tiró al toro de su adiós, la pasión se desbordó como quizá nunca en esta plaza. Y don Eutimio Carrecedo Pastor abrumado por el tsunami de voces y pañuelos que ahogaba el palco, sacó los dos pañuelos y desató el manicomio.
Un romance tan largo y turbulento como este no podía terminar de otra forma. Si yo fuera El Juli no volvería jamás. Para qué.