PARTE 3
Belleza y función lidiadora de la suerte de banderillas y la dimisión de los matadores
Por José Carlos ArévaloNada en la lidia es gratuito. En la tauromaquia no existe el arte por el arte. Todo tiene una función y su sentido siempre hay que buscarlo en el toro. Ya la primera tauromaquia, la redactada por José de la Tixera a las órdenes de Pepe-Hillo, habla de los tres estados del toro. La evolución de la bravura hace que hoy no sean exactamente iguales a los apuntados por el matador sevillano. Son los siguientes: toro levantado en el primer tercio, atemperado en el segundo y presto o preparado en el último.
De manera que, cansado el toro por el enorme esfuerzo que ha hecho bajo el peto y por el agotamiento que le ha impuesto embestir humillado a los capotes con su sistema respiratorio oprimido, su paso al segundo tercio tiene efectos claramente restauradores. Los tres pares de banderillas que va a recibir le imponen tres galopadas con la cara levantada, lo que devuelve ventilación a sus pulmones, oxigena sus sangre y restaura su vigor muscular. Si a ello se añade que el arpón de los rehiletes, al pinchar su piel, provoca el mismo mecanismo neuroendocrino que la puya, pues regula su estrés, bloquea su dolor y estimula su combatividad, no es de extrañar que, acertadamente, el torero denomine “avivadoras” a las banderillas.
En este sentido, el de banderillas es un tercio de comprobación. Tanto su manera de responder al cite -pronto, distraído, descuadrado-, su fijeza -rectitud en busca del rehiletero o su lista bravuconería al recortar su carrera para taparle la salida y evitar la reunión-, su brío -distancia, movilidad, nobleza o derrote en el encuentro-, así como su conducta en el capote del bregador que lo pone en suerte –embestida larga, humillada, corta, alta, vencida, reponedora-, también diagnostica sus prestaciones para la muleta. En todo caso, sea bueno o malo el toro, si ha sido bien picado -sin lesiones que alteren su estado fisiológico-, el matador sabrá perfectamente con quien se tiene que entender en su definitivo y solitario encuentro: el tercio de muleta y suerte suprema.
Naturalmente, la funcionalidad de segundo tercio puede verse truncada por la agresividad del actual y reglamentario arpón. Un arpón ballenero que, cuando los palos caen traseros suelen producir heridas óseas, causantes de un dolor indomeñable que violenta o destruye la franca embestida del toro. Peor aún son sus consecuencias, si el par se coloca trasero y caído, pues entonces suele interesar la pleura o atravesar el pulmón. Ambos casos resultan irreparables, en el primero, el toro frenará su combatividad y se rajará, y en el segundo sufrirá un neumotorax. La penetración del arpón suele duplicar su tamaño por el apoyo del banderillero al clavarlo.
El matador, para bien y para mal, se puede percatar del buen juego del toro, o de su deterioro, de dos maneras: desde fuera, como un espectador avisado, viendo la lidia, o desde dentro, comprobando por sí mismo el comportamiento del toro. Hasta mediado el siglo XX, eran muchos los matadores que banderilleaban. Y ello se debía a dos razones. La primera responde a una evidencia, en el siglo XIX todos los matadores sabían banderillear porque su formación acontecía cuando formaban parte de la cuadrilla de un maestro como paso previo a su alternativa. Y la segunda viene impuesta por la antigua estructura de la lidia. Hasta bien entrada la Edad de plata, la importancia y dimensión de los tercios era inversa a la actual. Muy largo el primero, con muchos encuentros del toro con el caballo y, en consecuencia, con mucho toreo de capa, pasaportaba a los siguientes tercios un toro muy agotado para la lidia, que lograba mantener su interés aprovechando sus más limitadas y muy diferentes embestidas, generalmente defensivas, que propiciaban un tercio de banderillas largo, de mucha intriga lidiadora. Los pares de poder a poder se reservaban a los toros con sostenida movilidad, los cuarteos se destinaban a toros con menos fuelle, los hechos a la media vuelta se imponían al toro casi parado, los cambios y quiebros procuraban la paralela de las tablas para que el toro recuperara cierta movilidad, los dados al sesgo se ponían al toro refugiado en tablas y la suerte a topacarnero, menos común, se reservaba al toro parado como una estatua.
Además, el tercio de banderillas estaba obligado a una cierta extensión que compensara la gran dimensión del primer tercio y la mínima duración del tercero, que se reducía, en realidad hasta la llegada de Belmonte, a unos breves muletazos preparatorios para la muerte. Las faenas de este no eran más largas que las de sus predecesores y coetáneos, pero sí mucho más intensas. Y si Cayetano Sanz, Manuel Domínguez y, sobre todo, Curro Cúchares, habían iniciado la ampliación de la faena con la sarga, en verdad no constaba más que de unos muletazos preparatorios para la estocada. Y aunque esta provocaba un emotivo y culminante final, pues aquel morlaco alto, enhiesto y clavado al suelo como un toro de Guisando, hacía tan peligrosa la ejecución de la estocada que una sola suerte justificaba la existencia de un tercio, en realidad inexistente,
Desde un punto de vista narrativo y artístico, el tercio de banderillas también restaura la emoción y la ética del toreo, siempre basada en que todo lo que se hace al toro exige una situación de riesgo, muy evidente cuando el torero coge los palos y que restaura ipso facto la solidaridad del público con su semejante en peligro. Pues atemperado el animal -aunque no vencido- por las varas y la brega, el banderillero prescinde de los engaños y, con simétrica igualdad, se enfrenta al toro a cuerpo limpio, dos palos contra dos pitones, dos idénticas carreras y un encuentro entre el bípedo humano y el cuadrúpedo animal, entre la movilidad inteligente del torero y la movilidad bravía del toro. La coreografía del tercio es bella, la ética del toreo, inatacable, y la pasión del público, desbordante. ¿Por qué los matadores, casi en su totalidad, han renunciado a protagonizar el tercio de banderillas?
No hay listo que conteste a la pregunta. Sin duda, el hecho de que hasta el sigo XX la formación y carrera del torero tuviera lugar formando parte de la cuadrilla de un maestro explica la destreza con los palos de los futuros matadores. También influyó que en la tauromaquia decimonónica, el desarrollo de la lidia era un cuerpo narrativo descompensado. Dada la extensión del primer tercio y el mínimo desarrollo del tercero, limitado prácticamente a la estocada, precisaba de un tercio de banderillas brillante y robusto, que diera peso, extensión al espectáculo. Y tan importante fue este tercio que las primeras figuras, en su declive llamaban a jóvenes y grandes banderilleros para reactivar su cartel y sus contratos, como hicieron Lagartijo y Fernando el Gallo al contratar al joven Guerrita.
En cierta ocasión me dijo Antonio Corbacho que las banderillas alteran el pulso y el temple de los toreros que después deben torear de muleta. No acepté la respuesta. ¿Le alteraba el temple a Rafael el Gallo, a Joselito, a Gaona, a los Armillita, a los Bienvenida, a los Dominguín?
En el toreo hay evoluciones y derivas. Estas suelen ser involutivas. La deriva hacia el toro de mucho peso abocó al caballo mastodóntico. El caballo mastodóntico derivó en el toro mastodónico. Un tercio de varas funcional en el mejor de los casos, unido a un tercio de banderillas funcional, en el mejor de los casos, dieron lugar a dos tercios de paso -¡dos terceras partes de la lidia!- necesarios pero burocráticos, al servicio del único tercio que otorga las orejas, jerarquiza a los toreros y asume el triunfo o fracaso de los festejos.
Un absentismo inédito del legislador (desde que la tauromaquia pasó al ministerio de Cultura y este la traspasó a las CCAA), más una dejación inexplicable del torero, son la causa de que el toreo, libre de trabas reglamentarias, haya proseguido su evolución y la lidia una opuesta involución. Y es que el toreo es competencia absoluta de los toreros y la lidia, desde siempre, la han legislado y controlado políticos, funcionarios y supuestos expertos.
Y como la reglamentación tauromaquia depende de altas instancias, en el fondo ajenas a la Fiesta, la política de despacho se torna unas veces positiva y otras negativa. No por culpa de políticos y funcionarios, que no tienen ni idea, sino de taurinos avisados y corruptos. Por ejemplo, ¿por qué se impidió que la RUCTL dejará de supervisar las puyas y su posible manipulación? Nadie lo sabe pero así le va al tercio de varas. ¿Por qué cuando Manuel Sales inventó la banderilla colgante, que tantas lesiones oculares ha evitado a los toreros y que facilita un toreo de muleta más reunido, tardó tres años y medio en aprobarse, lo que se logró cuando el Puyero, proveedor de útiles monopolista, tuvo dispuesta la suya? ¿Y por qué las banderillas de punzón, inventadas también por Sales, duermen el sueño de los justos, si evitan las lesiones que sufren todos los matadores en su mano derecha al herirse con el actual arpón de la banderilla cuando tocan pelo al ejecutar la estocada, o las que sufre el toro cuando se le clavan traseras y caídas, las cuales perjudican o destruyen su buen juego? ¿Por la misma razón?
Como no existe motivo aparente, no puedo responder a la enigmática negativa de los matadores a practicar la suerte de banderillas. Es de suponer que por puro mimetismo, si dos o tres figuras volvieran a protagonizarla, otros muchos los imitarían. El mimetismo y la sinrazón son los dos males seculares del toreo.