PARTE 2

La puya actual conspira contra la suerte de varas

Por José Carlos Arévalo
miércoles, 9 de julio de 2025 · 07:07

La situación es realmente lamentable. Casi nunca atribuible a la voluntad del picador, sino al nefasto diseño de la puya reglamentaria, cuya destructiva agresividad se ha centuplicado por dos factores. Uno, el mayor volumen y peso del actual caballo de picar, que sumado a los materiales y tensión del peto actual, permiten al picador hacer la suerte con total impunidad. Y dos, la mayor entrega del toro de hoy, debida a su superior bravura. Pero es, en efecto, la puya reglamentaria el factor que destruye el buen juego de infinidad de toros, en perjuicio del matador y del público. Primero, porque su pirámide triangular permite barrenar con suma facilidad. Segundo porque el tope entre la pirámide y la base cilíndrica de la puya, impone recargas innumerables, necesarias para que el montado asegure su sujeción en la suerte, pero negativas porque sobrestimulan el proceso neurohormonal del toro, y violentan, desequilibran, desigualan sus embestidas o, simplemente, las destruyen. Y tercero, porque la dimensión del puyazo facilita el acceso órganos sensibles y/o vitales que destruyen la noble combatividad del toro bravo.

¿Cómo llegó el tercio de varas a semejante decadencia? Lo expondré brevemente. Cuando en el año 1970, el toro garantizó su edad con el guarismo grabado a fuego a la par que aumentaba de romana, la autoridad no vigiló el desmesurado crecimiento del caballo de picar, incluso la intromisión de razas antitoreras, como percherones, otros caballos de tiro y, finalmente, cruzados con idéntico volumen. Tan aberrante cambio tuvo dos consecuencias. Una, que la suerte de picar fuera la única que se  ejecuta con completa impunidad, lo que explica la animadversión del público,  y la otra, más grave, que la tortuosa puya vigente se convirtiera en un útil depravado, destructor del toro, y causante de su inmerecido desprestigio. Toros menos poderosos y cuajados admitían en los años 60 los tres puyazos que prescribía el Reglamento, mientras que los toros actuales, cada día más voluminosos y más armados, ya no muestran su peligro en el primer tercio. Todo lo contrario, auténticos galafates, bien comidos y mejor preparados que nunca, son perdonados en varas tras un solo puyazo, eso sí, que equivale a tres de los antiguos. A su vez, el toreo de capa se ha quedado sin sitio, el primer tercio ha perdido su contenido etológico y convertido en un sórdido trámite para decepción del aficionado y aburrimiento de los espectadores.

Esta generalizada situación de la actual suerte de varas es más deplorable si se tiene en cuenta que la investigación del utillaje taurino ya cuenta con puyas innovadas, probadas y aprobadas, que resuelven todos los problemas aquí denunciados. Además, se desperdicia una coyuntura favorable, pues se cuenta con una notable nómina de buenos picadores, así como unas monturas domadas para la suerte de picar, que si tuvieran un peso menor -aunque siempre superior del del toro, pues el caballo recibe parado su embestida- permitirían mayor sujeción del montado, al ser más ágiles y prestas a sus órdenes. Si a ello se añade, una sujeción inmediata del picador, debido a que la puya innovada ha eliminado el tope entre la pirámide y la base, resulta desconcertante la renuencia a la mejora de la lidia por parte de los profesionales, e incomprensible  la inacción de las autoridades de la Fiesta.

Paradoja: la ciencia ha demostrado de manera inapelable que la lidia no infiere dolor al toro. Pero exige la clausura de unos útiles obsoletos y la aprobación de los innovados para que su diagnóstico no tenga la menor fisura. Y lo sorprendente es que, de momento, los interesados, autoridades, toreros y picadores se llaman andana.         

Picar con temple y torear de capa

“El temple del torero empieza en el brazo del picador”. No sé si esta afirmación la hizo Ignacio Sánchez-Mejías antes o después de la implantación del peto. En todo caso, el toro de la Edad de Plata, ya más bravo, empujaba al caballo con más entrega que sus inmediatos antecesores. Y a la mayor fijeza de su embestida se incorporaba un atemperamiento mejor calibrado por el picador. Es difícil saber cómo picaban los varilargueros de entonces, la crítica de la época no lo cuenta. Pero el celo de los matadores por ajustar a los mejores demuestra el decisivo papel que jugaban para el buen desarrollo de la bravura en los siguientes tercios. Si Ignacio menciona el temple al hablar de la suerte de varas es porque había picadores que picaban con temple.

La labor del picador no es fácil, pica con la mano derecha y torea con la izquierda. Con una larga y pesada vara en la derecha, cuya “muerte” (ligera curvatura) debe estar equilibrada con la alzada del caballo, ha de medir la velocidad del toro en su ataque, que no siempre va en línea recta, para que al lanzarla caiga  arriba, ligeramente detrás del morrillo, zona que permite la penetración de la puya sin afectar huesos ni órganos vitales. Mientras, con la brida en la mano izquierda, impone a su montura una colocación ligeramente sesgada, de forma que reciba al toro en la parte delantera del estribo, para que su brazo tenga más fuerza y los aplomos del caballo se afirmen mejor. E inmediatamente, debe calibrar la intensidad del puyazo en función de la fuerza del toro, contener  su empuje si es bravo y atacarlo con el caballo más que con la vara si es manso y rehusa, manejar la brida con autoridad absoluta para mantener al toro en la suerte o facilitar su expulsión  Pero lo que lamentablemente nunca se ha precisado es que la puya debe entrar en el toro de un solo golpe, pues como nos han revelado los científicos, la recarga insistida para lograrlo implica una super estimulación hormonal que violenta al toro, descompone sus embestidas, estimula derrotes, reacciones que de hecho inhiben el “bienestar” al que accede el toro bien picado: neutralización del dolor, moderación del estrés y estimulación de la agresividad, tres respuestas hormonales provocadas por la puya al atravesar la piel (repito, no la carne) del toro.

Siempre hubo buenos y malos picadores. Los primeros picaban con temple. Es decir, inferían el puyazo con autoridad y en buen sitio, y mantenían la puya firme, sin barrenar, sin recargas insistidas, con absoluta limpieza. Obviamente, la implantación del peto facilitó una ejecución más limpia de la suerte, y aunque la puya era superior a la actual y tenía los mismos y aberrantes defectos de diseño, no era tan ofensiva porque la pequeñez del peto y la fragilidad, nula doma y poco peso del caballo (y eso que era de raza española, la de los caballos valientes), impedían las agresiones tan destructivas de la puya actual, manejada impunemente desde una poderosa montura inexpugnable. Entonces la vituperada carioca, inventada algo antes por Rafael Atienza, era una meritoria manera de picar al bravucón impidiéndole la huida. Y con razón se daba mérito al picador que salía al tercio en busca del toro manso. No es lo mismo hacerlo con un flaco, viejo y frágil caballo que con los mastodontes bien domados de nuestros días.

 

Philippe Gil Mir

 

Por supuesto, la reglamentación del peto redujo el número de puyazos. De los seis u ocho encuentros, en la Edad de Oro, se pasó a los tres o cuatro de la Edad de Plata. Pero aquellos, más simbólicos que efectivos, con puyazos peor señalados aunque más inocuos, dieron paso a una suerte mejor ejecutada, que permitió verificar con mayor precisión la bravura o su defecto, al ganadero para su selección, al torero para prever el comportamiento del toro en los siguientes tercios y al público para evaluar mejor las condiciones del toro.

Pero ni la afición ni la crítica, salvo poquísimas excepciones, supieron ver la mejora de la lidia aportada por el peto. Es más, entonces se empezó a hablar de “toros de paja”, que no eran otra cosa que los mismos toros de antes, pero más atemperados en la suerte de varas. Y sin embargo, nadie relacionó la deslumbrante depuración del toreo de capa (la verónica de Gitanillo, de Laserna, de Domínguez, de El Soldado), ni la consumación del toreo ligado en redondo con la muleta impuesto por Chicuelo, con la acertada afirmación de Sánchez-Mejías. En efecto, el temple en el toreo empieza en el brazo del picador.

A veces, la historia es coherente, como si el azar se convirtiera en predestinación. No puede ser casual, pero lo es, que Domingo Ortega, que fue al temple lo que Chicuelo al toreo ligado en redondo, llegue a la Fiesta exactamente al mismo tiempo que la protección del peto al caballo. El historiador taurino aducirá que el temple nace antes, cuando a finales de la segunda década del siglo XX se empieza a demostrar, con Belmonte y Chicuelo, que el toreo puede templar al toro bravo y no al manso, pues la bravura se atempera con el temple, pero no el genio, que es intoreable.

No le falta razón al historiador. Es cierto que el toreo de Belmonte, Chicuelo, Cagancho, Antonio Márquez, Pepe Ortíz, El Niño de la Palma es anterior a la llegada del peto, pero el temple se convierte en la clave central del toreo con la llegada de Domingo Ortega... y con la llegada del peto.

Quizá Ortega y Gasset no era lo que se entiende por un aficionado a los toros, pero sí fue su espectador más perspicaz. Dijo que en la corrida lo ajustado es lo justo. O sea, que en la lidia del toro el equilibrio entre los contrarios legitima ética y estéticamente el hecho taurino. Pues bien, mediada la Edad de Plata (1928), el peto equilibra la suerte de varas, ni a favor del toro ni del picador y su montura. Se equilibra la dimensión, brillantez e importancia de los tres tercios. Se respeta al picador, se salva al caballo y se valora por igual el toreo de capa y el de muleta.

Ese mismo equilibrio se trató de mantener, pero se hizo mal, cuando en los 70 creció el toro y en consecuencia creció el caballo, pero éste creció más, mucho más. El desequilibrio era factual, no legal. Y entonces, el “legislador” de la corrida cometió dos errores. Primero, no tuvo en cuenta que  el toro había evolucionado, que su bravura era superior y se auto castigaba más en varas, y después pensó que con reducir el tamaño de la puya, corregía el fatal desequilibrio, pero ignoró que el mal no solo procedía de su tamaño, sino de su aberrante diseño, cuya fuerza destructora aumentó exponencialmente a medida que la bravura del toro crecía de manera sorprendente y a la par que aumentaba el volumen y peso del caballo.

Tras esta desventurada coyuntura, el tercio de varas, vital para la lidia, entró en barrena. El   “legislador” redujo el número de varas, el toreo de capa perdió su sitio, el quite se hizo por primera vez al toro, ya no al picador y a su montura, sino a un toro cada vez más grande y poderoso que, sin embargo, perdía siempre, infaliblemente, la partida ante el acorazado inexpugnable  al que se había  subido el picador para hacer la única suerte del toreo que se practica con absoluta impunidad, lo que explica que sea el único trance de la lidia en que el público deja de identificarse con el torero, su semejante en peligro, y se solidariza con el toro, en el ruedo la encarnación de un peligro abisal, una manifestación de la naturaleza en fase agresiva, el animal mítico que mide y evalúa al hombre. Sí, tenía razón el filósofo Ortega y Gasset cuando dijo con toda la razón que en la corrida de toros lo ajustado es lo justo.   

Viene todo esto a cuento de la importancia de todo cambio que altere el equilibrio entre los distintos componentes que configuran la lidia. De ahí el inmovilismo de sus profesionales, que ante cualquier avance siempre aducen que no se debe tocar lo que funciona bien. Mas por desgracia, muchas cosas que presuntamente funcionan bien, de hecho funcionan muy mal. Por ejemplo, los útiles de la lidia.

La solución: la puya innovada

Hace dos años presencié una prueba de la puya innovada de Manuel Sales en la plaza de tienta de Zacarías Moreno. Se lidiaron cinco toros de Sánchez-Arjona (Coquilla y Domecq) y uno de Torrealta (Ibarra y Domecq), que dieron mucho juego. Borja Lorente picó los seis toros. Los cinco primeros fueron toreados por alumnos de tres escuelas de Madrid y el último por un novillero valenciano, Miguel Polope. La prueba dio los siguientes resultados:

-Los seis toros recibieron 17 puyazos

-En cada toro, los alumnos de las tres escuelas hicieron tres quites.

-Cada toro de Sánchez-Arjona tuvo tres faenas de muleta, una por cada alumno y escuela. -Todos los toros embistieron vivaces pero atemperados, desinhibidos y con ritmo.

-Hubo un toro que tuvo ciento diez muletazos, embistiedo con el mismo son de principio a fin.

-Al de Torrealta, que recibió dos puyazos, le hizo un quite su matador y luego una larga faena.

 

Foto: Philippe Gil Mir

 

Observaciones:

-El caballo, fuerte pero no de excesivo volumen y altura, sirvió al picador en los seis toros sin acusar desgaste ni desfallecimiento. Los toros empujaron con fuerza pero no derribaron. -Se demostró que el peso del caballo debe ser superior a la romana del toro. La autoridad de la mano izquierda del picador y la boca obediente del equino dieron seguridad y acierto a la suerte.

-La eliminación del tope entre la pirámide y la base de la puya permitió que esta entrara al instante, lo que procuró la automática sujeción del picador en la suerte. Y cuando la puya cayó baja, su corrección fue inmediata y la penetración de la puya, idéntica a la primera.

-El picador mantuvo siempre fijo el puyazo. No hubo nunca la acción de barrenar que, por otra parte, habría impedido la pirámide cuadrangular de la puya innovada. 

-Los toros sangraron en la suerte de varas. Pero la sangría nunca llegó a la pezuña.

-Los seis toros fueron picados con temple. Los seis dieron un excelente juego. El tercio de varas atemperó y estimuló sus embestidas, incansables en los dos tercios siguientes.

Después de la deficiente ejecución de la suerte de varas en el pasado San Isidro, con la muerte de un toro en banderillas, con los mastodónticos caballos exhibidos, sin duda tolerados por la monumental romana de los toros lidiados, ingenuamente me pregunto: ¿A qué espera el legislador para autorizar  la prueba reglamentaria de la puya innovada?

Observación: En el pasado San Isidro, Borja Lorente picó al toro “Brigadier”, de Pedraza de Yeltes, posiblemente el toro de mayor alzada, romana, envergadura que se haya lidiado en Las Ventas. Ah,  y con dos cuernos descomunales, en proporción. Le pegó tres puyazos con temple, en buen sitio y sin barrenar. Bravísimo y encastado, su matador, Isaac Fonseca, le hizo una grandiosa faena premiada con una mezquina oreja.