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"No hay billetes”, emociones y buen toreo con una Maestranza entregada
La Feria de San Miguel arrancó con un “No hay billetes” colgado en las taquillas y una Real Maestranza pletórica de ganasLa Feria de San Miguel arrancó con un “No hay billetes” colgado en las taquillas y una Real Maestranza pletórica de ganas. Fue una tarde de emociones intensas, en la que el gozo de ver los tendidos hasta la bandera convivió con el silencio sobrecogedor que precedió el paseíllo, en memoria de Mª del Mar Tristán, figura entrañable de la Banda del Maestro Tejera. Su pérdida, sentida por la afición sevillana, dejó una sombra de luto en el Coso del Baratillo. Dirigió la banda junto a su padre, José Manuel Tristán, quien hoy, con el alma rota, guio los acordes de una plaza que supo rendirle el tributo más respetuoso: el silencio.
En el ruedo, la sustitución de última hora de José María Manzanares abrió paso a la entrega de un torero en sazón: David de Miranda. El de Trigueros no desaprovechó la oportunidad y mostró su gran momento. Fue en su segundo toro cuando selló una faena de firmeza y temple frente a un astado deslucido y complicado, al que le arrancó una oreja de mucho peso que bien podría haber sido aún más si la condición del toro lo hubiera permitido. El cuarto de la tarde encontró en Juan Ortega a un intérprete de los de su tiempo: clásico, pausado y de sabor sevillano. Su faena plena de torería ante un toro cambiante, al que supo sacar partido con elegancia. Cortó una oreja que supo a oro, en una faena que caló en los tendidos por su autenticidad. Uno de los momentos más emotivos fue, sin duda, la despedida de Salvador Núñez, el legendario picador, que dijo adiós a su profesión en el ruedo que tantas veces lo vio triunfar. La Maestranza se puso en pie al escuchar “Amparito Roca” sonar en su honor, mientras las lágrimas del varilarguero resbalaban sobre la arena. Sevilla, fiel a su historia y sensibilidad, despidió con respeto y cariño a una figura de la suerte de varas.
La nota amarga de la tarde la puso la fea cogida de Francisco Javier Araujo “Plata de Ley”, que fue alcanzado de forma dramática tras colocar un par de banderillas en el sexto. La escena de sus compañeros llevándolo en volandas a la enfermería heló los corazones de los presentes, recordando la dureza de esta profesión. Ese mismo sexto toro fue el que permitió a Pablo Aguado firmar una faena llena de sutileza, de gusto, de esa torería suya tan sevillana. Antes, ya había emocionado con un brindis dedicado a su picador Salvador Núñez, que la plaza entera respondió con una cerrada ovación. Su obra ante el último de la tarde fue un compendio de suavidad y compás, que solo se vio empañada por un inoportuno pinchazo que le privó de premio. La primera de San Miguel fue una tarde de contrastes: alegría, emoción, despedidas y sustos. Pero, sobre todo, fue una celebración del toreo en su más amplia expresión: arte, valor, memoria y pasión. La Feria ha comenzado.